domingo, abril 10, 2005

luto en roma


La tristeza de las fieras
«La lluvia ha empezado a remitir, cansada quizá de su propia monotonía; sobre el cielo del Vaticano, un lepanto de nubes entran en batalla y después se dispersan, como empujadas por una brújula que discrepa del norte»

El viento que soplaba la tarde del viernes sobre Roma trajo al fin la lluvia, una lluvia sin dramaturgias ni estrépito, paciente y cursiva como la caligrafía de un amanuense. Después de escribir la crónica para ABC, salí a la calle a comprar tabaco. Roma tenía ese aspecto desolado y clandestino de las arquitecturas soñadas por De Chirico. Dirigí mis pasos hacia Villa Borghese, un bosque enjaulado que la oscuridad erizaba de miedos; detrás de sus tapias, la fronda amortiguaba la lluvia, exhalando un olor pútrido y dulcísimo. Me pareció oír, de repente, elevándose sobre las copas de los árboles, una algarabía en la que creí distinguir el barritar de un elefante, tal vez también el rugido de un tigre, que como cualquier borgiano sabe esconde en su piel la escritura de Dios. Asalté a un romano que avanzaba por la acera con las manos resguardadas en los bolsillos, fugitivo de la lluvia como yo mismo, y le pedí que se detuviera un instante, para escuchar aquel rumor en el que se congregaba el vertiginoso atlas: «Son las fieras del zoológico», me tranquilizó, antes de proseguir su camino. Durante unos minutos permanecí quieto, tratando de descifrar aquel lenguaje confuso que convertía Villa Borghese en una nueva arca de Noé: en su música subyacía un estribillo lúgubre, con algo de réquiem desorganizado y algo de responso bronco.

Como las fieras del zoo, yo tampoco logré conciliar el sueño. A la mañana siguiente volví a Villa Borghese; la lluvia que no había cesado de arañar las ventanas de mi cuarto seguía descendiendo sobre Roma, litúrgica como un hisopo. En el Giardino Zoologico, los cuidadores de las fieras no salían de su estupor. Giuseppe, un veterinario de melena recogida en una coleta y brazos membrudos, seguramente ejercitados en el forcejeo con los gorilas, me habla con una voz apabullada por el asombro: «No han pegado ojo en toda la noche. Pero no estaban encabritados, ni siquiera intranquilos. Tan sólo tristes, como si hubieran enviudado de repente».
Frente a nosotros, un par de jirafas se acuclillan en el suelo, como avergonzadas de su cuello fisgón, que quizá les permita otear desde aquí la cúpula de San Pedro; más allá, los chimpancés se hallan reunidos en un corro silencioso, tapándose pudorosamente el rostro, como asistentes a un velatorio que prefieren mantener incógnitas sus facciones, para que nadie espíe el curso de sus lágrimas; el pelaje rayado de las cebras tiene una tonalidad mustia, grisácea, casi presidiaria; la mirada de las gacelas ha extraviado su barniz y su vivacidad; los búfalos mugen y escarban la tierra con sus pezuñas, con los cuernos a media asta; las aves han olvidado su canto ecuménico bajo el ala; los elefantes, que anoche dirigían el concierto quejumbroso, bambolean la trompa a izquierda y derecha, como si quisieran tañer una campana, y contemplan a los escasos visitantes con infinita lástima. «Llevo quince años trabajando con ellos y jamás había visto nada parecido», me asegura Giuseppe. Pero no se atreve a explicar con argumentos sobrenaturales la razón de tanta tristeza.

Aleteo de palomas
Dejo atrás el silencio funeral de Villa Borghese y emprendo una larga caminata de casi dos horas hasta San Pedro. Roma se agrieta con la lluvia, Roma «mata a sus habitantes cuando llueve» escribió Rafael Alberti, en alguno de aquellos poemas que escribió en su casa de Montserrato, 20. La ciudad tiene ese aire devastado de los caserones acribillados de goteras; las fachadas de los palacios, de un color de canela herrumbrosa, parecen a punto de desmigajarse. Busco las callejuelas más recoletas, huyendo de los coches que me bautizan con el agua de los charcos, para mejor disfrutar de mi soledad; en una de estas callejuelas me tropiezo con media docena de monjas polacas, Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, la misma congregación de Sor Tobiana Sobodka y de las otras cuatro hermanas que acompañaron al Papa en su agonía. Visten hábitos negros, que se alzan levemente para evitar que se mojen; de sus tocas sobresalen unos plastrones almidonados, deliciosamente anacrónicos, que acompañan su carrera con un aleteo de palomas despavoridas. A fuerza de insistirles, consigo que se detengan cuando ya estoy a punto de echar los bofes; todas ellas son muy jóvenes, más jóvenes –o menos gordas— desde luego que yo, a juzgar por sus condiciones atléticas. La que parece capitanear el grupo se llama sor Faustina, en honor de la mística Faustina Kowalska, predilecta de Juan Pablo II e impulsora de la devoción a la Divina Misericordia. Sor Faustina aún no habrá alcanzado la treintena; tiene las mejillas sonrosadotas, la sonrisa pizpireta y unos ojillos de azogue, inquietos y de un color que no acierto discernir, entre el azul veronés y el siena.

En la cima del monte Terminillo
Habla un inglés un poco comanche, pero compatible en cualquier caso con mi inglés arapajoe: «Ayer estuvimos con la madre Tobiana, que nos ha entregado una carta para nuestra comunidad de Cracovia —me secretea—. Sor Tobiana está muy afectada por la muerte del Santo Padre, pero encuentra alivio recordando sus anécdotas. Al Papa le gustaba improvisar excursiones, cuando sus obligaciones se lo permitían; y Sor Tobiana tenía que correr detrás de él con el maletín de los medicamentos. En cierta ocasión lo estuvo buscando durante horas por las dependencias de Castelgandolfo, adonde se suponía que tendría que haber regresado, una vez concluida una audiencia general en el Vaticano; pero llegó la noche y el Santo Padre no aparecía. Luego supieron que había hecho desviar su helicóptero hasta la cima del monte Terminillo, porque deseaba sentir el crujido de la nieve en las plantas de los pies. A la mañana siguiente, Sor Tobiana no se privó de soltarle una reprimenda; y el Santo Padre, cabeceaba en señal de arrepentimiento». Las compañeras de Sor Faustina estallan en una risa que calificaría de picarona si no fuese epíteto un tanto profano; juntos nos hemos refugiado en un portalón, para que la lluvia no les desgracie el almidón de las tocas. Sor Teresa, otra monja del grupo, toma entonces la palabra: es la más bella de todas, con unos pómulos patricios y unas pestañas que conmueven el aire cuando parpadea; al contrario que Sor Faustina, mantiene la mirada clavada en su interlocutor, una mirada de un azul aún más puro que el aire que se respira en la cima del Terminillo. Presume de ser amiga de Sor Fernanda, la encargada de aprovisionar la despensa papal y también de servir su mesa: «Él quería a toda costa que le preparasen los platos típicos de la cocina polaca, incluso cuando los médicos le empezaron a recomendar una dieta más estricta. A veces se tropezaba con Sor Fernanda en los pasillos de su residencia, cuando ella regresaba de hacer la compra, y le pedía que le mostrara la cesta. Cuando se tropezaba con las viandas que le recomendaban los médicos, el Papa fruncía la boca con un mohín de desagrado».

Peregrinos supervivientes
Las veo marchar desde el portalón, tentado de acompañarlas en su paseo premioso, tentado de seguir reflejado en los ojos de Sor Teresa, que aún se vuelve para despedirse de mí, sosteniéndose la toca con unas manos ojivales. Sigo mi caminata hasta San Pedro, donde las hordas de turistas empiezan a causar estragos; en algunos descubro ese gesto ahíto y un poco soplapollas que se les queda a los lectores más crédulos de Dan Brown, tras digerir su hartazgo de paparruchas.

Entre los peregrinos supervivientes, descubro un grupo de kikos gaditanos que esta noche tomarán el autobús de regreso a casa: ni siquiera ellos, que son unos atletas del entusiasmo, logran sustraerse a una tristeza que ablanda sus facciones y desvencija sus andares y lastima su voz, erosionada de tantas vigilias; tendrán tiempo suficiente para reponerse antes de volver al tajo en Ámsterdam, donde el nuevo Papa se reunirá con la juventud, tomando el testigo de Juan Pablo II.

La lluvia ha empezado a remitir, cansada quizá de su propia monotonía; sobre el cielo del Vaticano, un lepanto de nubes entran en batalla y después se dispersan, como empujadas por una brújula que discrepa del norte. Me recuesto sobre el obelisco de la plaza y siento ganas, como los tigres de Villa Borghese, de lanzar un rugido lastimero, suplicando al cielo que me conceda el don de descifrar la escritura de Dios. Pero hoy el mundo es un borrón de tinta desleída que no acierto a leer. No estoy encabritado, ni siquiera intranquilo. Tan sólo triste, como si hubiese enviudado de repente.

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