lunes, agosto 30, 2004

Una noticia para los que usamos blogger

Me lo contó Jesús el otro día y hoy lo leo en Libertad Digital. Sólo me falta el aprender un poco más... todas las instrucciones en inglés. Esto, sin embargo, lleva una temporada mejorando. Ya no hay que saber poner las etiquetas, salvo las de imagen que no se pueden poner con Firefox 0.9.3 Ya se pueden poner también distintos tipos y tamaños de letra, alineación, etc.

Ah, el link donde lo dice todo!

sábado, agosto 28, 2004

viernes, agosto 27, 2004

I.E.S. "Benjamín de Tudela"

I.E.S. "Benjamín de Tudela"

Trabajaré aquí Dios mediante Lo pongo aquí para qu elo vean los amigos

jueves, agosto 26, 2004

La Virgen de Kazan

La ha entregado el Papa. Es el icono cuya copia suelo regalar a los novios para su boda.


Aquí y aquí viene la historia y otra foto


miércoles, agosto 25, 2004

Blogs católicos

!Lástima que casi todos estén en inglés!
entraremos a mirar de vez en cuando por si hay alguna novedad. Ya conocía en del Hernán y mi homónimo.

A ver cuándo este mío tiene alguna altura. No puedo estar en misa y repicando... llevar también el de CIAS me lleva un rato y el portal católico Eltestigofiel y Hazteoir.org ... demasiadas cabezas pra la misma boina.

TODO MODERNO Y MUY SIGLO XIX

Me parece muy interesante este artículo en abc de Ignacio Sánchez Cámara:

EL presidente del Gobierno ha anunciado la elaboración de «leyes modernas y laicas» para acabar con «tanta imposición de moral y actitudes carcas». Y lo ha hecho el 23 de agosto de 2004. La fecha no es irrelevante. Suponemos que el vocablo «moderno» no significa aquí otra cosa que «progresista», es decir, más bien nada. Porque si se le confiere su sentido originario, la cosa puede ser inquietante, ya que no todos los productos de la Modernidad son buenos o inocuos. El socialismo es moderno; pero también el capitalismo. La democracia liberal es moderna; pero también el comunismo y el fascismo. Por lo demás, «laico», según el Diccionario de la Real Academia, posee dos acepciones. La primera significa «que no tiene órdenes clericales»; la segunda, «independiente de cualquier organización o confesión religiosa». Como quiera que es cosa extravagante y absurda una ley que haya recibido las órdenes clericales, debemos, al menos por exclusión, ceñirnos a la segunda acepción. Las leyes que promoverá el Gobierno serán independientes de cualquier confesión. Cosa tan constitucional como pertinente. Sólo que no conviene llevarla hasta el extremo de que si alguna confesión religiosa, como es habitual, proscribe el robo y el homicidio, las leyes los permitan para subrayar su independencia de lo clerical. Que también cabe el exceso de lo bueno. La unión de lo moderno y lo laico viene muy al caso, sobre todo si se recuerda, lo que es mucho más que una anécdota, que Descartes, el padre de la Modernidad, de la de verdad, no de la de los modernos a la violeta, peregrinó al santuario de Nuestra Señora de Loreto para agradecer el descubrimiento del método que revolucionó el pensar y creó la filosofía moderna. Lo de la «imposición de moral» ya es más complicado, pues no parece que los proyectos de ley que se nos anuncian carezcan de sentido moral, que sean amorales, sino más bien que responden a una determinada concepción de la moral, acaso mayoritaria. Pero entonces, se tratará de imponer una moral frente a otras, no de suprimir toda imposición moral.

En realidad, todo esto tiene un aroma rancio, vetusto, algo cutre, más cercano al de cuarto cerrado de enfermo que al de campo abierto. Suena a años sesenta, pero más bien del siglo XIX. Un espadón liberal del ochocientos bien podría blandir la modernidad y el laicismo, pero hoy suena a vieja retórica, a una superada España galdosiana. Y creíamos que España había consumado la transición, la democratización y la modernización, y escalado a las primeras posiciones del mundo en desarrollo y bienestar. A lo que habían contribuido, creíamos, incluso los Gobiernos socialistas. Pues resulta que no, que todo está por hacer. El uso del vocablo «carca» no hace sino confirmar la impresión de añeja decrepitud, de pereza intelectual, pues es sinónimo de «carcunda», y carcunda era la designación que recibían los absolutistas en las luchas políticas portuguesas de comienzos del siglo XIX. Como vemos, el lenguaje del futuro: moderno, laico, carca. Casi propio de Martínez de la Rosa. No en vano el socialismo surgió en el siglo XIX, y uno siempre vuelve a sus orígenes.

Ortega y Gasset escribió un ensayo titulado «Nada moderno y muy siglo XX», con el que quería explicar tanto su pretensión de superar la Modernidad como su idea de que ésa era la tarea del siglo XX. Ser del nuevo siglo era dejar de ser moderno, precisamente por haberlo sido ya. Hoy existen progresistas que nos exhortan a emigrar dos siglos atrás. Son todo modernos y muy siglo XIX.

domingo, agosto 22, 2004

sábado, agosto 21, 2004

Favores de San Josemaría

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Estuve mirando los favores porque aparece la nena de Rocío Molina del foro de HO. Impactante, habíamos seguido todos su preocupación.
La querríamos tal y como naciera
El 13 de agosto nació mi cuarta hija, Blanca. Durante el quinto mes de embarazo los médicos le vieron en las ecografías un edema de 6,5 mm de grosor y nos preguntaron a mi marido y a mí si queríamos hacer la prueba de amiocentosis para averiguar si era un problema cromosomático, si nacería con síndrome de down u otros síndromes. Como la amiocentosis conlleva un riesgo de aborto del 2%, decidimos que no me sometería a la prueba y querríamos a mi hija tal y cómo naciera. Rezamos mucho a Don Alvaro y a san Josemaría y, en unos meses, el edema disminuyó a 3,5 mm. Al nacer la niña se había reabsorbido totalmente; mi hija es normal y está muy sana y gordita. Le agradecemos mucho el favor a Don Alvaro del Portillo, porque tanto mi familia como la de mi marido le han hecho muchas novenas.

Tres semanas en el corazón de África

EL COLEGIO MAYOR GOIMENDI (PAMPLONA) PARTICIPA EN EL PROYECTO ‘UGANDA 2004’

¿Es un viaje de placer? No. Es un destino solidario: el que han emprendido una quincena de universitarias de Pamplona. Tres semanas intensas de julio en Uganda. Durante este tiempo han participado en un campo de trabajo en colaboración con otras estudiantes de Kampala (Makerere University). Lo ha organizado el Colegio Mayor Goimendi, obra corporativa del Opus Dei.

02 de agosto de 2004

Las estudiantes trabajaron en un colegio para huérfanos del SIDA. En un colegio y desde un colegio se pueden hacer muchas cosas. Marta Unceta, Belén Borell, Beatriz Ballesteros y M. Pilar Encabo, entre otras, dieron clases de apoyo escolar y realizaron actividades manuales y de ocio con los niños de la institución ugandesa.

Uno de los aspectos principales del proyecto se refiere al área sanitaria; no en vano, algunas de las voluntarias son estudiantes de Medicina. Con la colaboración de las universitarias del país llevaron a cabo actividades de sensibilización frente al SIDA e impartieron sesiones de educación para la salud: desde cómo curar una herida hasta como hacer un torniquete.

Las estudiantes también realizaron atención domiciliaria. Una de las partes del proyecto más preparadas fue la de las visitas a enfermos, en colaboración con el Medics Club de Uganda. Esta institución dispone de una clínica móvil en uno de los suburbios de Kampala, que se desplaza para ofrecer asistencia médica en las viviendas de los más necesitados.

Construir un criadero
Aprovechando la colaboración de las universitarias, el colegio quiso adelantar los trabajos de rehabilitación que se realizan periódicamente. Las jóvenes pintaron, limpiaron e hicieron sencillas tareas de albañilería. También participaron en la construcción de un criadero de pollos para el autoabastecimiento del alumnado del colegio.

Han sido días de intenso trabajo en los que no han faltado momentos difíciles. Natalia, alumna de cuarto de Medicina, comenta que estuvieron dos días sin poder beber: “fue duro, además sentíamos en el cuerpo los efectos secundarios del tratamiento contra la malaria”. De todas formas, el balance ha sido positivo. El contacto y la cooperación con personas necesitadas, además de ser un modo de practicar la virtud cristiana de la caridad, ayuda a cuestionarse los modelos de vida que, a menudo, imperan en los países más desarrollados.

“Este campo de trabajo –señala Natalia- es lo más impactante que he hecho en mi vida. Yo iba a ayudar, pero lo que he hecho es recibir; recibir la sonrisa de los habitantes del poblado que, ante las contrariedades –falta de agua, de luz...- jamás perdían la sonrisa. Se me ha alterado totalmente la escala de valores y me he dado cuenta de lo que realmente es importante”.

Otro aspecto que sorprendió a las estudiantes navarras es el sentido religioso que impregna la cultura del país. Las familias con las que coincidieron mostraron interés por conocer el Opus Dei y la vida de san Josemaría Escrivá de Balaguer.

Las empresas Conda, Sling y el Departamento de Enfermería Comunitaria y Materno Infantil de la Universidad de Navarra han colaborado también el proyecto ‘Uganda 2004’.

jueves, agosto 19, 2004

El túnel de Piqueras



Una perforación con 250 kilos de dinamita enlaza desde ayer La Rioja y Soria por el túnel de Piqueras

El paso subterráneo, de 2.400 metros, acortará en 15 minutos el trayecto Las obras acaban en otoño del 2005
Las provincias de La Rioja y Soria se conectaron ayer a través del túnel de Piqueras con la última voladura que se produjo en el interior de la montaña, exactamente a las 12.37 horas del mediodía. Cuatro explosiones, de unos 250 kilos de dinamita goma-2, terminaron por perforar los cuatro metros de frente que separaban los dos extremos del proyecto.

Desde la inauguración oficial de las obras en febrero del 2003 se habían abierto 1.000 metros desde la boca norte (la riojana) y 1.400 por la parte de Soria. Según informó ayer el director de la obra, Rafael Rodríguez, «los trabajos llevan un leve retraso de un mes debido a que encontramos más filtración de agua de la prevista», pero se intentará corregir en próximas intervenciones para su conclusión en noviembre del próximo año. Además, destacó las ventajas de esta nueva infraestructura por el ahorro de tiempo que va a suponer atravesar Piqueras: ahora se permite circular por él a una velocidad máxima de 50 kilómetros por hora, en 20 minutos. Luego, los 2.430 metros de túnel, prácticamente en línea recta, podrán ser recorridos en tres minutos, gracias también a la reducción de desnivel y las curvas de este complicado tramo.

En cuanto a la creciente sensibilidad y aprobación de nuevas directivas para la seguridad del tráfico, Rafael Rodríguez explicó que «probablemente deberán modificar el proyecto inicial que no cuenta con salida de emergencia». Ésta es una medida de mejora que todavía se está estudiando y, en caso de aprobarse, implicaría invertir 7 millones de euros más. «Pero cualquier tipo de celebración es todavía muy prematuro», advirtió, «pues quedan por realizar la solera, el revestimiento de la bóveda con hormigón y los remates finales».

C. DE MIGUEL./LA PÓVEDA (SORIA)

miércoles, agosto 18, 2004

Basta de pornografía


VOCES: Se dice que dijo



El gran problema de algunos medios de comunicación y de sus respectivos proveedores de noticias es que se han transformado en fabricantes de rumores; que han pasado de medios de comunicación a medios de entretenimiento y que, en última instancia, siguen el falaz razonamiento de que en el entretenimiento cabe todo y todo es lúdico. Ahora los payasos dicen noticias, los periodistas se hacen los chistosos y los conductores de los medios electrónicos se vuelven científicos sociales.

Los medios de comunicación estrictamente son voceros encargados de transmitir y acercar la realidad que nos afecta; por naturaleza no sólo comunican, sino que enjuician, deliberan, eligen y contribuyen en la construcción mental de aquellos que conforman su audiencia.

Ciertamente los medios han adquirido un gran poder. Se han vuelto los dueños de la información y de la conciencia social y, para algunas personas, la mayor autoridad crítica sobre toda cuestión de orden nacional e internacional. Su participación política indudablemente se ha acrecentado, sobre todo por su influencia en la opinión pública. Y hasta se han vuelto juez y parte de cualquier suceso que sea de su interés, sin importar si implica a cualquiera de los poderes institucionales, a cualquier organización, incluyendo a empresas, o a personas en lo particular. De alguna manera esos medios han convertido a la sociedad en rehén de sus caprichos tendenciosos, mientras que ofrecen imágenes y palabras que se supone muestran la realidad tal cual es.

De tal suerte que igualmente pueden hacer creer a esa sociedad que la justicia puede ser dirimida con base en sondeos de opinión y que el comentario superficial de conductores de radio y televisión puede estar mejor fundado que cualquier proceso jurídico. Así, de manera irresponsable, desinforman, no investigan, no se apegan a la legalidad y forman criterios epidérmicos.

Algunos de los responsables de los medios de comunicación, bajo una errónea idea de entretenimiento y escándalo, manipulan la verdad informativa y deforman la realidad de manera por demás irresponsable. Permiten que los llamados profesionales de la comunicación comiencen sus notas diciendo «se dice que dijo», cuando su obligación ética y social les reclama investigar la fuente primaria de la información o, por lo menos, una segunda fuente; y, adicionalmente, bajo el supuesto derecho de los periodistas de no estar obligados a revelar sus fuentes, pueden inventar lo que sea y atribuirle a quien sea responsabilidades de actos nunca cometidos, sin importar los daños irreparables que puedan causar al afectado. Es evidente: se olvidan o no quieren recordar que en una democracia todos se hacen responsables de sus actos, incluso los periodistas.

Pero en este proceso desinformativo existen corresponsabilidades. Desde anunciantes hasta la audiencia misma, pasando por todos los responsables de la comunicación e incluyendo a algunos patrocinadores, quienes fomentan la generación de una cultura por demás pobre y lejana de llevar al hombre al bien común. Sin su patrocinio, la supervivencia de los medios es imposible, sin importar si hablamos de medios impresos o electrónicos. El pago por publicidad es determinante para la vida de los medios. Y así como los empresarios pueden presionar para la salida o entrada de un programa, pueden presionar para la correcta dirección informativa.

La responsabilidad social del empresario no se reduce a los accionistas, los empleados, la comunidad cercana o el medio ambiente. También se extiende a todos los ámbitos donde tiene influencia, y uno de ellos es el de los medios de comunicación. De los empresarios depende que los medios no sólo informen, sino que formen positivamente a la sociedad y que divulguen información cuya única tendencia sea generar una cultura de superación y consenso. Porque también los medios son proveedores de educación y porque, después de todo, también esos medios se encargarán en su momento de someter a juicio el actuar empresarial.

Agustín Llamas Mendoza

La manía de ser normal

La manía de ser normal


Esmerados y siempre atentos por ir contra la normalidad, aunque en algunas ocasiones por cultivarla, el artista y el intelectual suelen ser casos patológicos. En un mundo homogeneizado, estos sujetos salen de la realidad, con la cual se sienten inconformes, e intentan trasformarla. El resultado: mil y un manías.

Joseph Roth, el autor de La leyenda del santo bebedor, no tomaba antes de escribir. Empero, era un borrachín empedernido. Bebía fuerte todos los días, pero ateniéndose a un estricto horario. Isak Dinesen seguía una dieta de espárragos, ostras, champaña y poco más. Bukowski no escribía si no estaba suficientemente bebido... Pero dejemos el alcohol para otro momento, extravagancias las hay de todo tipo.

Se cuenta que Hemingway escribía a lápiz sobre papel cebolla y cada día anotaba cuidadosamente el número exacto de palabras que había escrito. Kafka trabajaba casi a oscuras, en penumbra, siempre con tinta azul o morada. Miller necesitaba el ruido de una máquina de escribir para inspirarse. El filósofo Walter Benjamin se ufanaba de tener una letra casi microscópica. Su ambición nunca realizada fue escribir cien líneas en una cuartilla. Y qué decir de Marcel Proust. Entiendo que el escritor estuvo encerrado durante años en su casa, prácticamente no salía de una habitación tapizada de corcho, con las ventanas tapadas con densas cortinas de terciopelo que impedían el paso de la luz y el aire... ¿Será cierto?

Al menos sí sabemos que Stanley Kubrick, el famoso director de Naranja Mecánica, poseía el título de piloto aficionado aunque tenía un miedo patológico tanto a volar como a la velocidad. Total que los artistas e intelectuales parecen cultivar con afán eso de las manías.

Leonardo y Miguel Ángel fueron célebres por sus desplantes ante sus patronos y mecenas. Al parecer, la excentricidad tiene un fértil campo en estas personas.

ENTRE INADAPTADOS Y POETAS MALDITOS

Las facultades de filosofía están llenas de jóvenes desgreñados cuando afuera se usa el pelo corto; o viceversa, de muchachos de corbata, cuando la coleta está de moda. Los cafés de Saint Michel en París, de la Village de Nueva York y de nuestro nacional Coyoacán están regados de parroquianos que juegan al poeta maldito, sea lo que esto fuere.

La normalidad no es un valor entre los intelectuales y los artistas. En el capitalismo, la estandarización es un requisito. Se nos educa para ser funcionales, para servir y encajar en el mercado laboral --recordemos a Pink Floyd y su portesta: Another Brick in the Wall.

En una sociedad de producción en serie, incluso lo medios que usamos para distinguirnos están sistematizados. La gente resalta por su marca de ropa (Milano, The One, Polo, Armani, Grypho, Moschino...), por la loción que usa (Agua de Colonia Sanborns, Old Spice, Carolina Herrera), por el bar que frecuenta (El Barón Rojo, El hijo del Cuervo, El Acanto). Lo vio Marcuse: la libertad se reduce a fumar una marca de cigarro con preferencia a otra.

Hoy, el intelectual se sabe excluido de la carrera del mercado. Cuando uno profesa la cultura y las artes, hace un voto de pobreza. Nada de veleros en Valle, vacaciones en Saint Tropez, o Châteaux Pétrus en las comidas. Los hombres y mujeres de letras pagan un precio muy caro al elegir su destino. En compensación, se saben distintos del resto; y escapando a la confusión con los demás mortales, se afanan en distinguirse del individuo funcional. El protocolo de la humildad no rige para ellos.

A pesar de todo, la sociedad mira con indulgencia esos alardes de distinción. A los intelectuales y artistas les está permitida la excentricidad porque entienden que el afán de originalidad es concomitante a la creatividad.

La inspiración y la creatividad del genio desbordan la vida profesional e inundan todos los compartimentos de la vida. Somos condescendientes con sus peculiaridades porque sabemos que unos creadores perfectamente acoplados al mundo carecen de capacidad de innovación.

Sólo quien sale del mundo, quien no se siente parte de él, puede modificarlo. Sólo quien no se encuentra conforme con los hechos fabrica nuevas realidades.

LA MANÍA DE SER NORMAL

El intelectual es un inadaptado. La ironía de Sócrates azota a los conformistas y a los funcionarios de su tiempo. Platón descalificó a los comerciantes, forjadores de su amada Atenas, y a Aristóteles se le atribuye un tratado sobre la melancolía donde se hace la primera descripción clínica de una depresión. Lo audaz es que, según este texto, los grandes genios son proclives a dicha enfermedad. Tal parecería que el talento está condenado a la patología.

Durante la Edad Media el panorama cambia. El artista se convierte en artesano y deja de firmar sus obras. La personalidad del artista no deja impronta en el cuadro o la escultura. También el académico se incorpora a una sociedad de gremios. Teólogos y filósofos se amalgaman con una clase social y renuncian a sus extravagancias, reservadas para unos pocos ermitaños.

En el Renacimiento aflora nuevamente el derecho a la excentricidad. La obra de arte se considera una extensión de la persona que se revela en un afán de individualidad. El camino hacia el romanticismo está abierto. El tiro de gracia a la normalidad será el psicoanálisis. Difuminando los límites que separan lo normal de lo anormal, termina por reservar la anormalidad para aquél que no se siente normal.

A pesar de los avatares de nuestra civilización, artistas e intelectuales conservan sus prerrogativas que no pocas veces se convierten en manías. Todos las tenemos --quien más, quien menos--, pero los intelectuales las cultivan y coleccionan con esmero. Son su denominación de origen, su marca registrada. Por muchos años, los científicos han documentado algún tipo de conexión entre manía, depresión y salidas creativas.

En la década de los setentas, Nancy C. Anderson de la Universidad de Iowa, terminó el primer estudio riguroso de este tipo. Ella examinó a 30 escritores y entre ellos encontró una extraordinaria incidencia de alcoholismo y desórdenes del comportamiento: 80% había experimentado al menos un episodio de depresión grave y 43% relató una historia de hipomanía o manía.

En 1992, Arnold M. Ludwig, de la Universidad de Kentucky publicó una extensa revisión biográfica de mil cinco artistas famosos del siglo XX. Descubrió que en este grupo la tasa de psicosis, intentos de suicidio y abuso de estimulantes era dos veces mayor que en las personas comunes y corrientes.

Quizá la manía más excéntrica --y paradójica-- del intelecutal es cultivar la normalidad. Cuando comencé a estudiar filosofía un maestro se dedicó a instruirme en la conveniencia de jugar fútbol «para ser normal».

La gente común y corriente vive sencillamente, sin esmerarse por comportarse como «un tipo común y corriente». Por fortuna, más tarde me topé con otro profesor que, no preocupándose de sus manías, sí se afanaba por ayudar a los demás. Un tipo generoso y amable, siempre excéntrico. En los últimos años de su vida había decidido que sólo el café helado de vainilla de cierto restaurante le podía dar las fuerzas para escribir. Para fortuna mía, el cafecito aquél era muy bueno.

Héctor Zagal Arreguín

Formar e instruir, nunca una sin la otra

Uno de los dramas más frecuentes y nocivos en la educación superior es que un profesor no tenga metas claras. Pero, ¿qué es carecer de ellas? ¿Saben los profesores con certeza en qué consiste su papel y qué se espera de ellos? Analizar el binomio instruir-educar ayuda a contestar estas preguntas.

Desde el siglo XVII hasta nuestros días, las universidades han dividido sus cátedras: por una parte profesores-instructores –la mayor parte de los miembros del claustro– y sólo unos cuantos profesores formadores de criterio y carácter, que suelen dar materias humanísticas. Sería el caso de los profesores de ética, filosofía social u otras ramas de la filosofía. Parece que los profesores-instructores no educan y que los profesores-educadores en realidad no instruyen.

La universidad ideal, realmente interesada en la excelencia académica, debe tender a que cada profesor instruya y eduque. Una excesiva especialización --instructores por un lado y por otro educadores-- no resulta eficaz en la práctica.

Aun las clases de humanidades más abstractas fracasarían si no dotaran a los alumnos de ciertos conocimientos prácticos, si no fuesen capaces de resolver problemas con esos conocimientos. Es decir, el ejercicio intelectual de resolver problemas o, lo que es lo mismo, la capacidad de aplicar los conocimientos teóricos a la realidad, forma parte de lo que llamamos instrucción: suministrar conocimientos técnicos, con frecuencia destinados a su inmediata aplicación en el ámbito laboral.

Educar, en cambio, es formar criterio y carácter, conceptos nada fáciles de definir.

PARA FORMAR CARÁCTER Y CRITERIO

El carácter es la capacidad de mantener un esfuerzo continuado frente a dificultades interiores o exteriores de quien obra, por fuerte que sea el desgaste y la contradicción que implique.

Son dificultades exteriores las que presentan otros agentes con los que el sujeto debe interactuar; interiores, las que repercuten fundamentalmente en la afectividad, como el desaliento, la soledad, el miedo, el recuerdo de fracasos anteriores, dificultades de convivencia con profesores o condiscípulos, desconfianza en las propias capacidades, etcétera. También pueden ser escollos interiores la enfermedad, la falta de claridad para resolver problemas de alguna materia del currículum escolar, proclividad a distraerse por una exuberante memoria o imaginación inoportunas, etcétera.

El profesor también batalla con dificultades materiales de distinta índole: una crisis económica, problemas familiares, falta de recursos o condiciones materiales mínimas para impartir adecuadamente una asignatura, alumnos indisciplinados o poco interesados en la materia, burocratismo sofocante para iniciativas que la hagan más llevadera, falta de tiempo para preparar adecuadamente la clase...

Los alumnos perciben el carácter del profesor que se esfuerza por superar esos problemas y carencias, y desgraciadamente también las negligencias o esfuerzos tibios e insuficientes. La primera formación que puede dar un profesor a sus alumnos para templar su carácter es el testimonio de su esfuerzo personal.

Para la formación universitaria específicamente, el criterio es el conjunto de valores y finalidades de índole moral, presentes en la aplicación de los conocimientos teóricos. Abarca también una serie de aprendizajes para desempeñarse en el ámbito laboral; desde cómo entrevistar a una persona respetando su dignidad, pero sin dañar a la empresa que quiere contratarlo, cómo castigar a un empleado que ofende a un colega, cómo resolver un conflicto de intereses, cómo cobrar a los futuros clientes, cómo aconsejar a un empleado cuyo matrimonio naufraga, y mil situaciones más.

Muchas llevan implícito un problema de justicia y por tanto de dignidad humana, otras requieren solidaridad, otras misericordia, otras habilidad para acabar con una situación de abuso, etcétera.

VALORES Y TESTIMONIO DEL PROFESOR UNIVERSITARIO

¿Cómo facilitar al auténtico profesor universitario la comprensión de sus metas? ¿Qué pasa si prescinde de las labores básicas de instruir y educar?

Podemos afirmar que un profesor que no instruye adecuadamente a sus alumnos, al nivel de sus conocimientos más o menos incipientes y de acuerdo a lo que exige la materia en cuestión, perderá toda autoridad moral para tratar de formarles el criterio y el carácter.

La instrucción puede parecer poco importante si la comparamos con la formación de esas dos habilidades, pero es pura apariencia. ¿De qué sirve a una persona tener criterio y carácter si no sabe cómo realizar el trabajo específico que se le confía?

Lo mismo ocurre a quien tiene instrucción pero no carácter, de nada le servirá saber qué debe hacerse en cada momento si a las primeras dificultades se desalienta. O a una persona bien instruida en alguna profesión y con carácter, pero sin criterio: creará conflictos, no sabrá cómo jerarquizar las múltiples tareas a que ha de abocarse un equipo de trabajo, ni distinguir entre una desviación leve de una grave.

¿Falla el criterio?, habrá carácter para cosas como corrupción, arrogancia, prepotencia, mercantilismo... ¿Falta carácter?, quiebra de propósitos, incapacidad para luchar, desánimo o rechazo de un proyecto a las primeras dificultades. Fáciles explosiones cuando no se le da la razón, fáciles depresiones o tristezas a las primeras dificultades y, sobre todo, no es una persona confiable. No se le pueden encargar tareas delicadas que exigen fortaleza de ánimo y tesón.

No se forma el carácter con sermones ni exhortaciones, sino con la exigencia del profesor y el ejemplo de su propia conducta. Baste decir que en ocasiones resulta positivo hacer una alegoría entre el educador universitario y los padres, educadores por excelencia. Un padre o madre, que exijan a sus hijos cosas que ellos no hacen, crean reticencia o, mejor, repugnancia hacia esas metas que quieren inculcarles. Es la famosa frase de Emerson: «lo que eres no me deja oír lo que dices».

Algunos profesores son impuntuales, otros entregan tarde los resultados de los exámenes que aplican, o bien, explotan llenos de cólera ante un suceso de ordinaria administración en las aulas, como que dos alumnos conversen, uno se duerma, otro salga del salón… Si el profesor pierde la serenidad y se deja llevar por la ira, el ejemplo para los alumnos será de falta completa de templanza, es decir, de autodominio.

Puede ser poco equitativo, al calificar exámenes beneficiar a quienes le simpatizan y reprobar a los que le resultan antipáticos; con lo que falta a la justicia y al orden. Se puede decir tanto sobre cómo repercute esto en los alumnos que más valdrá dejarlo para otro momento.

Hay un elenco de actitudes o virtudes (como las denominaban los griegos y romanos de la antigüedad y también los pueblos orientales) que desde hace muchos siglos se consideran claves en la formación del criterio y el carácter de los alumnos: orden, justicia, fortaleza, ecuanimidad, templanza, etcétera. A sus opuestas podríamos denominarlas «actitudes que destruyen un esfuerzo educativo integral». Analicemos algunas:

1. Populismo

Actúa así el profesor que desea resultar simpático a toda costa a los alumnos, al director o a otros profesores. Con esta actitud casi siempre se vulnera algún deber de justicia y de profesionalismo, por ejemplo:

a) Criticar frente a los alumnos a otros profesores, directivos, o políticas y reglamentos de una universidad, para aparecer ante ellos como un profesor valiente y libre, simpático y ubicado siempre del lado de los alumnos. Ordinariamente coincide que esta clase de profesores son incapaces de comunicar esas críticas a los directivos o a los colegas tan mal juzgados, porque no les interesa arreglar el entuerto que fulminan con sus diatribas. Semejante actitud implica falta de lealtad y justicia para con la institución y sus colegas.

Esos profesores piensan que nadie descubrirá su doble discurso con colegas y directivos, a quienes adulan cuando están presentes y critican a sus espaldas, porque se creen grandes diplomáticos, pero se equivocan. En una universidad, aun de grandes dimensiones, toda crítica termina difundiéndose con todo y autor.

b) Acordar algunas decisiones con los alumnos contrariando la normativa de la institución, sus políticas, prescindiendo de acuerdos previos o de las personas responsables. Ejemplo: cancelar clases por motivos inconsistentes, cambios de fechas en exámenes, excepciones a quienes gritan más pidiendo misericordia en las calificaciones etcétera.

c) Vulgaridad. Cuando al profesor no le importa bajar el nivel intelectual de la clase con su vocabulario, chistes de mal gusto o expresiones altisonantes. Estos profesores deforman el honor y dignidad de las funciones universitarias. Actitudes así no se dan jamás en los clásicos o en los grandes líderes políticos. Es indispensable distinguir el humor que podemos emplear en un aula universitaria del usual de una taberna.

2. Apasionamiento

Por supuesto, es conveniente que un profesor ponga pasión en su clase, pero desastroso que se deje llevar por emociones para premiar o condenar de antemano intervenciones y evaluaciones de sus predilectos o sus proscritos. Es dejarse llevar por simpatías o fobias, por resentimientos, suspicacias y, en ocasiones, por una personalidad emocionalmente desequilibrada.

También incurren en estos defectos quienes tienen reacciones desmedidas de cólera o un entusiasmo artificial para agradar al auditorio. Ciertamente en ocasiones además de que se debe actuar en justicia castigando, es lógico que también se experimente afectivamente gran antipatía por el alumno en cuestión. Sin embargo, la razón es la que debe medir el acto de respuesta, no el apasionamiento.

3. Debilidad

Hay profesores que por falta de carácter no se atreven a mantener el orden en clase o a exigir en los exámenes un esfuerzo progresivo de los alumnos al nivel de una cátedra universitaria. Puede decirse que se manifiesta un exceso de benevolencia cuando la mayoría del grupo saca calificación máxima y no existe ningún reprobado. Es signo inequívoco de debilidad del profesor. También cuando el profesor permite el «copiadero» y no se esfuerza para vigilar la honestidad de los alumnos al contestar exámenes. Esta falta de carácter trasmina de alguna forma a los alumnos, quienes se acostumbran a salir del paso con esfuerzos mediocres y empiezan a ver con naturalidad que el profesor se haga de la vista gorda frente al fraude.

4. Violencia

Es falta de carácter que el profesor se deje dominar por la ira u otro tipo de susceptibilidades. También puede ser una idea equivocada de la excelencia académica el caso de los profesores que reprueban a más de la mitad del grupo. Algo anda mal, sobre todo si no ocurre lo mismo con otros profesores que saben exigir.

El profesor excesivamente exigente se reprueba a sí mismo, demuestra que ni aun los alumnos que hacen un esfuerzo razonable han entendido su materia o pueden seguirle el paso que, por excesivo, representa también una injusticia. Nadie da lo que no tiene. Ordinariamente esta violencia se origina en la falta de experiencia académica con su correspondiente inseguridad personal. Algún profesor que no domina su clase quiere salir al paso de cualquier crítica a base de violencia: reprobar a la mayoría.

La inseguridad, además de provenir de un escaso dominio de la materia, puede tener su fuente en otros factores: fracasos anteriores o timidez excesiva acompañada de carácter revanchista. Alguien tiene que pagar la tensión que vive el profesor inseguro.

La violencia es un precedente nefasto para que los alumnos asuman actitudes ecuánimes y equilibradas en el trato con sus compañeros y más adelante en su vida profesional. Es notorio cómo muchos de los que la sufren, en lugar de evitarla cuando deben conducir grupos humanos, repiten exactamente el esquema del profesor violento, en ocasiones reforzado.

5. Impuntualidad

La impuntualidad se da en la asistencia a clase o en la entrega de calificaciones. Precedente pésimo que envía una señal equivocada sobre la falta de justicia que implica, parece que todo da igual o que quien tiene el poder puede ser impuntual. No le obligan los deberes de justicia que cualquier líder tiene con sus colaboradores.

La impuntualidad también es falta de carácter, casi siempre refleja una personalidad caprichosa o blanda. Muchas dificultades se evitarían en la vida profesional si los estudiantes hubieran sido formados en la puntualidad.

El mal se agrava cuando la impuntualidad versa sobre la entrega de calificaciones, ya que entonces el alumno no sabe qué debe hacer para el examen final, si su estudio fue suficiente o si ha comprendido bien la materia. Si supiera que no lo es, podría haber reforzado su estudio con más tiempo o con una metodología más adecuada.

El impuntual siempre tiene una causa que lo justifica. Muchas veces parece disco rayado. La mayoría de los habitantes del D.F. atribuye su impuntualidad al tránsito, sin considerar que otros, que siempre llegan a tiempo, circulan en la misma ciudad y con las mismas dificultades. Los casos de excepción son explicables, en cambio, resulta grotesco que un impuntual sistemático atribuya su pésimo hábito al tránsito o a otra causa.

6. Clases mal preparadas

Incurre en este detestable vicio quien deja todo para el último minuto. Le suele suceder al que después de un esfuerzo serio de preparación, acompañado de un razonable éxito al impartir la cátedra, se confía y, en el curso siguiente, no dedica un esfuerzo similar y se limita únicamente a los apuntes del curso anterior. También incurre en esta anomalía quien consulta un solo libro sin intentar enriquecer ese esquema acudiendo a otros textos. Hay profesores que, sin darse cuenta, repiten de generación en generación este dislate, incluso sus alumnos saben por sus compañeros del año anterior qué chistes cuenta y en qué momento.

Los alumnos se percatan perfectamente cuando el profesor repite un libro. Muchos llegan a clase con el texto y en vez de atender al profesor se ponen a leerlo, y con razón, ya que lo encontrarán más amplio y sin las lagunas que deja toda exposición oral.

Conocí a un profesor que todos los años destruía sus apuntes y volvía a preparar cada clase, amén de que consultaba siempre nuevos textos y sobre todo artículos de revistas, donde suelen aparecer los avances de las ciencias o las artes.

Quien se comporta de manera rutinaria ha renunciado a la excelencia y aspira a una áurea mediocridad, se trata de un profesor desordenado y por tanto muy irregular en la calidad de su clase. Estos vicios dejan en los alumnos la idea de que se pueden hacer las cosas sin calidad y que las medianías son suficientes para tener éxito en la vida.

7. Egolatría

Este defecto, muy relacionado con el apasionamiento y la inseguridad, consiste en un deseo casi enfermizo de aparecer como uno de los mejores profesores de la institución de que se trate, aunque la falta de experiencia o la excesiva juventud justifiquen que no sea el primero. Preocupados en exceso por su prestigio, ordinariamente sus poses y actitudes suelen ser ridículas y mueven más a la risa que a la admiración.

Al ególatra no le interesa saber si sus alumnos están aprendiendo, sino salir muy bien evaluado al final del curso. Más que educar, busca ser halagado o temido. No sabe rectificar cuando un alumno le hace ver que cometió una equivocación, o decir «no sé», porque le parece indigno de un catedrático.

Por lo general, tampoco acepta recomendaciones de la dirección de la Escuela o Facultad donde imparte clases, le repugna ser criticado; mientras que un hombre inteligente y funcional, al revés, teme no detectar sus defectos y agradece las observaciones que le hagan las autoridades universitarias para mejorar su clase.

El ególatra piensa que los alumnos no sospechan sus limitaciones; sin embargo, siempre se dan cuenta que el profesor no sabe y consciente o inconscientemente prefieren a un hombre sencillo que las reconozca abiertamente.

Este tipo humano, por otra parte, es víctima indefensa frente a la adulación y piensa que se desdora si reconoce méritos en quienes imparten la misma materia. Suele menospreciar a profesores más jóvenes o mejores que él, y le resulta traumático enterarse de que alguno salió mejor evaluado que él.

A un profesor equilibrado y maduro le da gusto saber que los jóvenes vienen empujando con calidad académica, y lejos de molestarse felicita a la institución que ha sabido seleccionarlos.

También el ególatra suele tener reacciones desproporcionadas, con frecuencia anda «sentido» con algún funcionario o profesor a quien no perdona cosas que casi siempre carecen de importancia.

Un profesor maduro tiene buen humor, acepta críticas e incluso suele resolver situaciones tensas y de agresión con facilidad, en razón de su ecuanimidad. Recuerdo el caso de la película Paper Chase, en que un alumno desesperado porque el profesor siempre encuentra puntos flacos cuando lo interroga, decide investigar la mente de su profesor para evitar sus trampas dialécticas. Llegado el caso, no lo consigue; furioso ante el revés y a riesgo de ser expulsado, insulta al profesor: «usted es un hijo de…», quien responde: «es lo único razonable que usted ha dicho en esta clase».

El ególatra jamás asistirá a un curso de perfeccionamiento didáctico o a oír expertos de su especialidad, ya que en su notoria autoridad y patente superioridad cree que perdería el tiempo o dejaría una mala impresión entre sus colegas o entre los alumnos, quienes deben pensar que nadie sabe más que él.

A esta clase de profesores sólo les interesa oír su propia voz, nunca fomentan el diálogo, ni ponen casos para discutir con los alumnos. Utilizan como tapadera su «libertad de cátedra». No se atienen a ningún temario, disfrutan narrando anécdotas en las que ellos son el personaje victorioso, violan los reglamentos porque «son para profesores normales no para gente de su talento».

En el fondo, también es un caso típico de quien esconde su inseguridad tras la arrogancia, autoritarismo, poco respeto a los alumnos, a su tiempo y a la justicia en las calificaciones. Cuando reprueba a un alumno no da razones, su explicación es «porque lo digo yo». Un exceso muy extendido que representa una grave injusticia.

EDUCAR EN LA CORTESÍA, EL ORDEN, EL RESPETO Y LA JUSTICIA

Estas virtudes requieren reflexión y estudio para encontrar en cada una el término medio, pero también exigen que el profesor las viva, las ponga en práctica y demuestre con su conducta que cree en dichos valores.

Por ejemplo, un profesor que no permite que el salón esté sucio al comienzo de la clase y ruega a los alumnos que le ayuden a limpiar y ordenar, recogiendo papeles, enderezando las sillas…, o el que antes de marcharse borra el pizarrón por respeto al profesor que le va a suceder, ambos dan una lección útil para sus alumnos en el futuro.

Estas personas buscan inculcar respeto hacia la cátedra universitaria, por eso no permiten a los alumnos presentarse con vestuario estrafalario o con sombreros o gorras, les pide que se descubran como una forma gráfica de demostrar el respeto. Ese lenguaje, del que toda organización universitaria tiene que echar mano si quiere cumplir su función educativa, no se expresa con palabras sino con símbolos.

También forma en la justicia el profesor que explica por qué pone una mala nota. En una época como la que vivimos, la sociedad siempre exige la justificación de las decisiones que toman quienes ocupan cargos de gobierno. Ordinariamente sólo los prepotentes contestan «porque lo digo yo».

El profesor que vive la cortesía y el respeto no abusa de la ironía, si la utiliza es siempre sin ofender a nadie; llama la atención con moderación, sin gritos ni aspavientos. Jamás grita en clase, domina con la vista a su auditorio y se gana su respeto y afecto.

Si realmente desea ser un educador, no se mantiene indiferente ante nadie, salvo que el número de alumnos imposibilite dar seguimiento a cada uno. Cuando no se da ese caso y sólo presta atención a los más atentos, los más estudiosos o simplemente los más simpáticos, deja de ser verdadero educador, en principio debería hacer algo similar a lo que un padre de familia: atender más a los que tienen más problemas.

Tal vez, ante un alumno arrogante quepa la actitud de ignorarlo hasta que modifique su postura, pero lo normal es que esté pendiente de todos y encuentre una palabra de ánimo o de exhortación para los que se van rezagando.

Un profesor que educa en el orden se atiene al programa, examina justamente sobre lo que advirtió que sería materia de examen. El que desprecia el orden y la justicia suele hacer preguntas que nadie puede contestar para afirmar su autoridad.

El profesor educador mantiene una actitud de escucha ante lo que piensan los alumnos de la materia, sus dificultades y perplejidades. Sabe escuchar y también mandar a otro momento las cuestiones que se desvían del tema de clase, pero, ni las desprecia ni contesta de manera destemplada que esa pregunta no viene a cuento.

Trata de comprender las preguntas y, cuando no sabe la respuesta lo dice con sencillez, ofrece estudiar a fondo la cuestión y pide a los alumnos que hagan lo mismo para establecer un diálogo en la clase siguiente y encontrar la mejor respuesta al problema.

Para ser querido y respetado no se rebaja ni se comporta como un alumno más. Deja clara su autoridad y misión conductora sin caer en el extremo opuesto de tratar con olímpico desprecio a los jóvenes. Lo normal es que surja una corriente recíproca de simpatía y afecto entre un profesor que respeta las virtudes mencionadas y sus alumnos.

DOS EJEMPLOS

Un profesor de Historia del Derecho preguntó a sus alumnos las razones por las que evaluaban tan bien a otro colega, le contestaron: «porque ese profesor nos amaba».

Yo pregunté en una ocasión a un profesor de Derecho Administrativo qué hacía para que sus alumnos estudiaran y lo respetaran tanto. Su respuesta fue: «realmente no sé cómo explicarlo, ya que hago lo que todo profesor hace en su clase». Pero uno de los presentes, que fue su alumno, intervino: «Yo sí sé por qué todos aprecian su clase. Es porque usted siempre fue puntual, vino al cien por ciento de sus clases, su exposición siempre estaba perfectamente preparada y era exigente y justo».

http://www.istmoenlinea.com.mx/articulos/27306.html

lunes, agosto 16, 2004

Praderas de manzanilla

No sabía que esta chica hubiera estado en mi tierra. Este tipo de planta es desconocida fuera. Ya no hay enmi pueblo, ¡no tengo pueblo! ¡cómo va a haber! El sabor amargo de la infusión que tan poco me gustaba de niña y que lo disfrazaba con un poco de limón. Pero mamá todavia consigue tomar todos los días la manzanillita. Le compraré el abc para que lo lea.


La manzanilla es una flor que no huele hasta que la deshaces con los dedos, o le pasas el cortacésped por encima, es decir, que da olor cuando ya no existe.

En cuanto veo como ayer por la mañana la manzanilla plenamente florecida, aunque sea sólo en un pequeño rodal, me acuerdo de Laguna de Cameros y de sus praderas en verano cubiertas de manzanilla, y de un pastor y de un perro, caminando por ellas. Pero recuerdo todavía mejor la casa que fuera una antigua posada, con nombre de pez, tal vez se llamaba sencillamente «El pez», y que aún conservaba su distribución primera, con cocinas en las habitaciones. En lo alto, en lo que era un desván o un sobrado, casi en penumbra, tan solo alumbrada por la luz de un ojo de buey, descansaba la manzanilla sobre las hojas de los periódicos, para secarse la flor lentamente con el aire de la sierra. Aquella imagen me impresionó aún más que la del campo y el pastor y el perro, y ahora pienso que tal vez lo que yo quise hacer de mi vida, estaba en ese desván, y que no ha consistido más que en tratar de poner una flor sobre las hojas del periódico.

Ojalá, cuando yo desaparezca de estas páginas, consiga dar el olor que da la manzanilla.

Mónica Fernández-Aceytuno

domingo, agosto 15, 2004

El tiempo y la hora en Logroño


La Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos

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"Y apareció en el cielo una mujer vestida de sol,
con la luna bajo sus pies y 12 estrellas a
su alrededor. Más impresionante que un ejército
en orden de batalla". (Apocalipsis, 12).




EL RELATO DE UN SANTO

Un santo muy antiguo, cuenta así cómo fue la muerte de la Santísima Virgen.

Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo morir.

Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuando ya había empleado todo su tiempo en enseñar la religión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado a tantas personas tristes, y había ayudado a tantos enfermos y moribundos, hizo saber los apóstoles que ya se aproximaba la fecha de partir de este mundo a la eternidad.

Los apóstoles la amaban como a la más bondadosa de todas las madres y se apresuraron a viajar para recibir de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sacrosantas manos su última bendición.

Fueron llegando,y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas veces los habían bendecido.

Para cada uno de ellos tuvo palabras de consuelo y de esperanza. Y luego, como quien se duerme en el más plácido de los sueños, fue Ella cerrando santamente sus ojos, y su alma, mil veces bendita, partió para la eternidad.

La noticia cundió por toda ciudad, y no hubo un cristiano que no viniera a rezar junto a su cadáver, como por la muerte de la propia madre.

Su entierro más parecía una procesión de Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima protectora en el cielo, para interceder por cada uno de los discípulos de Jesús.

En el aire se sentían suavísimos aromas, y parecía escuchar cada uno armonías de músicas suaves.

Pero Tomás, Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Cuando arribó ya habían regresado de sepultar a la Santísima Madre.

Pedro -dijo Tomás- no me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi madre amabilísima y darle un último beso en esas manos santas que tantas veces me bendijeron.

Y Pedro aceptó.

Se fueron todos hacia su santo sepulcro, y cuando ya estaban cerca empezaron a sentir, de nuevo suavísimos aromas en el ambiente y armoniosa música en el aire.

Abrieron el sepulcro y en vez del cadáver de la Virgen, encontraron solamente... una gran cantidad de flores muy hermosas. Jesucristo había venido, había resucitado a su Madre Santísima y la había llevado al cielo.

Esto es lo que llamamos la Asunción de la Virgen (cuya fiesta se celebra el 15 de agosto).

¿Y quién de nosotros, si tuviera los poderes del Hijo de Dios, no hubiera hecho lo mismo con su propia Madre?

El 1o. de noviembre de 1950 el Papa Pío XIII declaró que el hecho de que la Virgen María fuera llevada al cielo en cuerpo y alma es una verdad de fe que obliga a ser creída por todo católico.

Antes de esta declaración habían llegado a Roma memoriales del todas las Universidades Católicas del mundo y de todos los obispos del orbe, pidiendo que el Papa declarara Dogma de fe que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo.

En los 3,000 colegios de la Familia Salesiana se rezaban cada día, desde hacía muchos años, tres Gloriapatris, por orden de San Juan Bosco, para que el Papa declarara el Dogma de la Asunción.

De sólo España habían llegado a Roma ya 727,000 firmas pidiendo la declaración del dogma de la Asunción.

San Alfonso Rodríguez vio un 15 de agosto cómo fue la recepción de la Santísima Virgen en el cielo el día de su llegada, y quedó extasiado, inmensamente emocionado.

San Esteban, Rey de Hungría, celebraba con mucha solemnidad la fiesta de la Asunción de María el 15 de agosto, y ese día fue llevado por Dios a la eternidad.

San Juan Berchmans, y San Estanislao de Kostka, jóvenes jesuitas, deseaban ir a celebrar en el cielo la fiesta de la Asunción. San Juan Berchmans murió el 14 de agosto, y San Estanislao en la mañana del 15, con el rosario en la mano y pronunciando los santísimos nombres de Jesús y María, y fueron a celebrar la gran fiesta de Asunción al cielo.

Santa Teresa dice que vio un día de la la Asunción cómo fue la llegada de la Santísima Virgen al cielo y que desde entonces quedó con el inmenso deseo de sufrir y trabajar con conseguirse un puesto en el paraíso.

"Que hermoso es tener una madre que no se me va a morir". (P. Ortúzar).

sábado, agosto 14, 2004

En el portal católico El Testigo Fiel

Me encantó esta noticia que reproducen de Aci:

Internos de penal peruano ceden sus alimentos a damnificados del sur del país

LIMA, 14 Ago. 04 (ACI).- El Obispo del Callao, Mons. Miguel Irizar, visitó a los internos del penal de máxima seguridad “Miguel Castro Castro”, quienes le hicieron entrega de cuatro toneladas de víveres correspondientes a cuatro días de su alimentación en el penal, que serán donados a los damnificados por la intensa ola de frío que azota el sur del país.

La donación fue hecha en el marco de la campaña “Abrigando al Sur” que llevan a cabo el Obispado del Callao, la Municipalidad Provincial, la Región y Multimercados Minka.

La aportación de los internos del penal incluye productos como arroz, frijoles y azúcar, entre otros.

En representación de los internos, el Presidente del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), Wilfredo Pedraza, entregó la donación a Mons. Irizar, quien destinará los productos a través de Cáritas diocesanas de las zonas afectadas.

El Prelado compartió unos momentos con los internos del penal animándolos a no perder la esperanza, y agradeció el gesto que debe servir de ejemplo para todos. “Nadie puede sentirse excluido y no dar la mano al que sufre”, señaló el Obispo.




miércoles, agosto 11, 2004

La revolución francesa y el matrimonio

Del nuevo Estado revolucionario francés emanaron formas particulares de contemplar instituciones tradicionales como la familia. La invasión de terrenos antes reservados al ámbito de lo puramente personal o privado fue una constante durante los años de la Revolución, quedando muchos de los rasgos o aspectos de esa invasión incorporados a la legislación francesa y al derecho internacional.

El matrimonio, institucionalización religiosa de la unidad familiar, se secularizó, siendo considerado un contrato civil. A partir de este momento, el Estado interviene en las uniones matrimoniales mediante un representante que garantiza la legalidad de la unión, sin cuya presencia la ceremonia carece de validez. Igualmente, el Estado reglamentó el matrimonio estableciendo los requisitos necesarios para poder contraerlo, los aspectos formales y legales del mismo y las consecuencias de la unión para la futura prole.Además de sobre el matrimonio, otros aspectos relacionados con el ámbito familiar se vieron afectados por la inmiscusión del Estado en los asuntos privados. Así, por ejemplo, se regularon los procesos de adopción, se otorgaron ciertos derechos a los hijos naturales, se legalizó el divorcio y se restringieron los poderes paternos, en especial la facultad de desheredar a los hijos. Siguiendo a Lynn Hunt, en el capítulo correspondiente de la "Historia de la vida privada" (dirigido por Ariès y Duby), los niños, al decir de Danton, "pertenecen a la República antes que a sus padres".

La creación de tribunales de familia dio un paso más en este sentido. Su finalidad última era procurar una vía de intervención de la familia por parte del Estado, imponiendo su control sobre el familiar o el eclesiástico.Pero, ¿por qué ese afán por controlar y reglamentar hasta ámbitos tan puramente privados? Desde luego, la finalidad de los revolucionarios y su nuevo orden social era procurar la felicidad de los individuos, garantizar la igualdad y fabricar una nueva sociedad basadas en principios de libertad y equilibrio. No se les escapaba que, para lograrlo, debían realizar profundas transformaciones en un orden, el antiguo, que ya llevaba demasiado tiempo en vigencia.

Los cambios, pues, habrían de tener efecto a medio o largo plazo, es decir, empezando a trabajar por la base de la sociedad -la familia y los niños- mediante las herramientas adecuadas -las leyes y la educación-, para, mediante la creación de un individuo totalmente nuevo lograr una sociedad transformada. Se hacía necesario, pues, intervenir hasta en los más íntimos y recónditos rincones de la sociedad para poder cambiarla, más aun teniendo en cuenta la fuerza de la tradición y la resistencia al cambio de instituciones y estructuras firmemente asentadas. Una sociedad de individuos libres y felices, pensaban, sería necesariamente libre y feliz. Así, el Estado debía garantizar y velar por la libertad individual, interviniendo en contra de instituciones que la coartaban o limitaban, como la familia o la Iglesia, aun a costa de mostrarse a sí mismo paternalista o tiránico.

lunes, agosto 09, 2004

Esposa, madre, profesional y santa



Gianna Beretta Molla

Preguntas sobre los fines del matrimonio

En una conversación se sacó el tema. Creo que Hervada lo explica bastante bien y me ahorra el mecanografiar el texto del libro: Diálogos sobre el amor y el matrimonio. Un clic en el título

sábado, agosto 07, 2004

De C.S Lewis

¿Qué significa eso de que tengo que amar a mi prójimo como a mí mismo?; ¿concretamente, cómo me amo a mí mismo?

Si lo pienso un poco, encuentro que no tengo exactamente un sentimiento de cariño o afecto por mí, y ni siquiera gozo siempre de mi propia compañía. Así es que aparentemente "Ama a tu prójimo" no significa "siente cariño" por él o "encuéntralo atractivo". Eso es obvio, en realidad, porque no se puede sentir cariño por una persona haciendo un esfuerzo.

¿Pienso bien de mí mismo, creo que soy un sujeto agradable? Bien, temo que a veces sí lo hago (y, sin duda, ésos son mis peores momentos), pero ésa no es la razón de que me ame. De hecho, es al revés: podré decir que "me soy agradable porque me quiero a mí mismo" ; pero nunca diré que "me quiero a mí mismo porque me agrado". Así es que amar a mis enemigos aparentemente tampoco significa creerlos agradables. Y eso es un enorme alivio; porque a veces imaginamos que perdonar a nuestros enemigos significa darse cuenta de que, después de todo, realmente no son tan malas personas, cuando es evidente que lo son.

Demos un paso más. En mis momentos más lúcidos no sólo no me creo un hombre agradable, sino que sé que soy bastante odioso. Algunas de las cosas que he hecho me producen horror y disgusto. Así es que aparentemente se me permite abominar y odiar algunas de las cosas que hacen mis enemigos. Y ahora que lo pienso, recuerdo a algunos maestros cristianos que me decían hace mucho tiempo que debo odiar las acciones de un hombre malo, pero no odiar al hombre malo; o, como ellos lo decían, odiar el pecado pero no al pecador.

Durante mucho tiempo pensé que ésta era una distinción tonta que se quedaba en sutilezas: ¿cómo se podía odiar lo que un hombre hacía y no odiar al mismo hombre? Pero años después se me ocurrió que había una persona a quien yo le había estado haciendo eso durante toda mi vida: yo mismo.
Por más que me repugnara mi propia cobardía o soberbia o codicia, seguía queriéndome. Sin la menor dificultad. De hecho, la razón exacta de que yo odiara esas cosas es que amaba al hombre: justamente porque me amaba, me dolía encontrar que era la clase de persona que hacía esas cosas.
Por eso, el cristianismo no quiere reducir ni en un átomo el odio que sentimos por la crueldad y la traición. Debemos odiarlas. No debemos retractar ni una sola de las palabras que hemos dicho contra ellas.
Pero el cristianismo sí quiere que las odiemos de la misma forma en que odiamos algo en nosotros mismos: lamentando que esa persona lo haya hecho, y esperando que -si de alguna manera es posible- de algún modo, alguna vez, en algún lugar, pueda sanar y hacerse humana nuevamente.

Es fácil engañarse sobre esto. La verdadera prueba es ésta:
Supongamos que uno lee en el diario una historia de atrocidades inmundas cometidas por nuestros "enemigos". Supongamos que después surge algo que indica que esa historia podría no ser completamente verdadera, o no tan mala como se la presentó.
Lo primero que uno siente, es ¿"gracias a Dios que ni siquiera ellos son tan malos", o un sentimiento de desilusión, e incluso una decisión de aferrarse a la primera historia por el simple placer de creer a nuestros enemigos lo más malos posibles? Si lo segundo, es de temer que se trate del primer paso en un proceso que, si lo seguimos hasta el final, hará demonios de nosotros. Uno empieza a desear que el negro sea un poquito más negro. Si damos rienda suelta a ese deseo, más tarde desearemos ver el gris como negro, y luego ver el blanco mismo como negro. Finalmente, insistíremos en ver todo -Dios y nuestros amigos, incluso nosotros mismos- como malo, y no podremos parar de hacerlo: nos quedaremos fijos para siempre en un universo de odio puro.

De C.S Lewis

miércoles, agosto 04, 2004

Conciencia y disciplina de partido

Con motivo de algunos problemas surgidos en la política de nuestro país, se ha levantado la cuestión moral del caso que hay que hacer a la disciplina de partido en su relación con la conciencia.

Desde el punto de vista moral está claro que el criterio último de moralidad es la conciencia personal, lo que no significa que yo y mi conciencia podamos hacer lo que nos dé la gana, sino que, si somos creyentes, hemos de intentar hacer lo que Dios espera de nosotros, y si no somos creyentes, lo que nos piden los valores que profesamos, como pueden ser la honradez y la honestidad.

Para un católico tratar de hacer la voluntad de Dios supone, ante todo, formar su conciencia. Para ello cuenta con la ayuda que nos proporciona la revelación de Dios, las enseñanzas de la Iglesia y los conocimientos científicos. Lo que sí debe tener muy claro es que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5,29) y que el actuar contra su conciencia es una inmoralidad que no puede justificarse bajo ninguna razón, aunque sea la disciplina del partido.

Por ello si un diputado desobedece la doctrina clara de la Iglesia en un tema importante y con más razón en todos, por supuesto no es un buen católico y en casos muy graves ni siquiera es católico, por lo que habría que pedirle que no tenga la hipocresía de presumir de ello. En cambio como lo que nunca sabremos es si actúa o no contra su conciencia, no podemos juzgarle por ello, porque como dice el viejo dicho latino: "de internis, neque Ecclesia", es decir de lo que pasa en mi interior, nadie puede juzgarme, aunque sí podemos pensar desde fuera si su actuación es buena o mala desde el punto de vista de la moral católica y también de la moral civil.

Pedro Trevijano

lunes, agosto 02, 2004

Nuestra Señora de la Esperanza en El testigo Fiel



Dios te salve María,
llena eres de gracia
El Señor es contigo,
bendita tu eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén