sábado, octubre 27, 2018

A San José


A Vos, bienaventurado San José, acudimos en nuestra tribulación y después de implorar el auxilio de vuestra Santísima Esposa, solicitamos también confiadamente vuestro patrocinio. 
Por aquella caridad con que la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, os tuvo unido y por el paterno amor con que abrazastéis al Niño Jesús, humildemente os suplicamos que volváis benigno los ojos a la herencia que, con su sangre, adquirió Jesucristo, y con vuestro poder y auxilio socorráis nuestras necesidades.
Proteged, oh providentísimo Custodio de la Sagrada Familia, a la escogida descendencia de Jesucristo. Apartad de nosotros toda mancha de error y de corrupción.
Asistidnos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas. Y, como en otro tiempo librásteis al Niño Jesús del inminente peligro de la vida, así ahora defended a la Iglesia santa de Dios de las acechanzas de sus enemigos y de toda adversidad, y a cada uno de nosotros protegednos con perpetuo patrocinio para que, a ejemplo vuestro y sostenidos por vuestro auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir, y alcanzar en el Cielo la eterna bienaventuranza. Amén.
LEÓN XIII.

viernes, septiembre 28, 2018


A Santa Teresa de Jesús


Si horas de lucha hay en la vida 
yo encuentro siempre quien me levante 
y oigo en el alma tu voz querida: 
NADA TE TURBE, NADA TE ESPANTE. 

Cuando se escapa lágrima ardiente 
con un gemido que el alma abrasa, 
es un consuelo tu voz clemente 
que me repite.- TODO SE PASA. 

mirando al cielo he dicho a veces 
Santa Teresai ¡Ven en mi ayuda! 
Y tu enseguida, te compadeces, 
segura exclamas: DIOS NO SE MUDA 

Y entonces sigo de mi destino 
el curso firme con la esperanza 
que iluminando va mi camino, 
pues LA PACIENCIA TODO LO ALCANZA. 

Nadie insensible queda al tratarte, 
amor tan grande, ciencia tan alta, 
hay que inclinarse al escucharte: 
QUIEN A DIOS TIENE NADA LE FALTA. 

Con la moderna filosofía 
tu voz serena, dulce, contrasta, 
invade el alma de poesía 
y en ella vibra: ¡SOLO DIOS BASTA! 

Infanta Dª Paz de Borbón

martes, septiembre 11, 2018

Somos estupendos


Somos estupendos
AGUSTÍ ALTISENT, monje de Poblet
Los catalanes nos sentimos fácilmente vulnerables y sabemos reímos poco de nosotros mismos. Lo cual es malo. Con nuestra patética proclamación del hecho diferencial y nuestra inclinación al dulcísimo sentimiento de sentirnos víctimas, como dijo Pía, vamos con los ojos en blanco como mártires involuntarios: sólo nos falta la palma. Otros hispanos, con sus defectos peculiares también, andan más sueltos de sí mismos y tienen mejor salud. U n día le conté a un navarro aquello de: “¿‘El pensamiento navarro’, ‘El pensamiento navarro’?... Si es navarro, no puede ser pensamiento” -de Unamuno- y se rió a carcajadas (aunque no por navarro sino por listo). Eso deberíamos saber hacer nosotros en lugar de tomamos tan en serio. Cierto: en todas partes cuecen habas y a una señora de Olite que me decía “Navarra es lo mejor del mundo”, hube de señalarle que lo mejor del mundo es el mundo. Pero los catalanes, aprendiendo, ganaríamos mucho sin perder lo nuestro. Como todos.
Pero antes de continuar presentaré mis credenciales. Mis antepasados por línea paterna y materna están documentados en el siglo XII en el mismo pueblo del Urgell donde nacieron mis dos abuelos varones; en casa nadie sabía nada de política, pero hablábamos sólo catalán: si un día yo les hubiera escrito en castellano habrían pensado que me había vuelto loco; y si he publicado unas 4.000 páginas de historia, 3.500 son en catalán, que es mi lengua. Soy, pues, un pura sangre. Pero ni me siento importante ni, mucho menos, desgraciado o avergonzado. Cataluña me cae pero que muy bien: perfectamente natural y hecha a la medida (o yo a la suya), y aunque Coriolano dijo que “hay un mundo en cualquier parte”, yo tengo que vivir aquí para ser feliz.

Y regreso al tema. Mientras los catalanes no sepamos sonreímos un poco más de nosotros mismos estaremos tensos y seremos poco simpáticos. Quien no sabe sonreírse de lo suyo elásticamente vivirá pocos años, no tendrá libertad interior y padecerá úlcera de estómago. Ha habido catalanes que han sabido hacer eso y han hallado eco: Santiago Rusiñol con “Els jocs floráis de Camprosa” y “L’auca del senyor Esteve”, por ejemplo.
Los Rusiñol, si son equilibrados, son higiénicos. Y hacen falta. ¿Hacemos un test? Les contaré un chiste: el catalán que se enfade, en mi opinión tiene que ir al psiquiatra y al director espiritual, porque es excesivamente inseguro y se da por atacado enseguida; que es decir: no es inteligente ni humilde. Pero, mucho cuidado: quien no siendo catalán se ría con malicia de los catalanes por ese chiste sin caer en la cuenta de que él tiene también el tejado de vidrio, que vaya a confesarse (que es más barato que ir al psiquiatra e imprescindible para toda clase de salud) y se acuse de no ver la viga en su ojo.
 Y va. Un catalán va a Tierra Santa y en el lago de Tiberíades quiere alquilar una barca para dar un paseo. Pregunta por el precio y le dicen lo equivalente a 4.000 pesetas. El hombre: “Pero, ¡por favor! Escolti, home, escolti! ¡Nosotros, en Banyoles, paseamos en barca por 400 pesetas!” El barquero: “Bien, pero tenga en cuenta que aquí Jesucristo caminó sobre las aguas”. El catalán: “No me extraña, al precio que ponen ustedes las barcas”.
 De todos modos, esos chistes sobre catalanes, ingleses o maños son como las caricaturas: acentúan ciertos rasgos y generalizan, lo cual es siempre inexacto y un tanto injusto; pero así, quienes los inventan y los creen característicos de un grupo, hacen que cobren más fuerza. Una caricatura no es un retrato.
 Nunca ha sido sagaz enfadarse o ponerse serio cuando alguien se sonríe de uno. Lo más eficaz, a falta de una respuesta aguda y rápida que sea para el otro como un puñetazo en la boca (que no recomiendo; el puñetazo, quiero
decir), es mirarle irónicamente en silencio o triplicarle nuestro defecto y reírse con él. Eso último desarma: nadie lucha contra un “sí”. Y si una parte de la esencia de España es pelearnos como buenos hermanos, también “quien sonríe al que le roba, le roba algo al ladrón”, como dice un personaje de Shakespeare.
Cuentan que, si una anciana va a cruzar la calle con el semáforo en rojo, si es en Vallado-lid la avisan de que no puede cruzar; si en Andalucía, la avisan y luego la acompañan; en Barcelona le gritan "Avia! No badií”. En este último caso el catalán es brusco, sí, pero en un punto está mejor que los demás: parte de la base de que uno tiene que aprender a espabilarse porque la vida es dura y hay que estar alerta.


Finalmente, para que no falte algo de examen ascético para castellanos, recuerden que Unamuno, escribiendo a Maragall, le decía: “Son intratables. En lugar de cerebro tienen testículos”. Que también es bastante exacto; aunque no molesta si uno sabe hacerse el muerto y opina lo del “Abel Sánchez”: “Prefiero no obedecer que mandar”. Quedan, entre otros, los vascos: no recuerdo que Unamuno dijera algo acerca de ellos. Si realmente no dijo nada es porque eso es enormemente complicado. No hay quien lo entienda.

LV 26-3-1992 

domingo, septiembre 09, 2018

Jonás, el dormilón

La Biblia es divertida. Vean, por ejemplo, la historia de Jonás. Un día, en su vida de un cualquiera, se filtró la voz de Dios. «Levántate —le dijo—, ve a Nínive y predica que sus maldades han llegado hasta mí». Es decir: «Apestan. ¡Diles que estoy harto!». Nínive era una gran metrópoli, sin duda con gente muy buena, pero también con muchos opresores de los débiles, adúlteros, ricos que derrochaban mientras mucha pobre gente se moría de miseria... La ciudad resplandecía tanto por su lujo como por su corrupción.
Jonás debía ser buena persona cuando Dios le encargó predicar penitencia, pero, cobardón y más listo que el aire, pensó: «¡Menuda papeleta! Si les digo eso, me matarán». Y, piernas, para qué os quiero, huyó a Jafa y allí embarcó para Tarsis. Pero Dios le persiguió: desencadenó una tempestad en el mar y el barco corría peligro de hundirse. La tripulación se asustó, echaron la carga al mar «y cada uno clamó a su dios», dice la Biblia. Pero Jonás, tan fresco: dormía en el fondo de la cubierta hecho un tronco. El capitán le vio y acercándose gritole: «¿Qué haces, dormilón? Levántate y clama a tu Dios. Quizá él se dará maña a favor nuestro y no naufragaremos». Todos los dioses tenían que probarse para ver cuál de ellos funcionaba en el caso, según aquel capitán ecléctico.
Pero entre los marineros corrió la voz de que todo se debía a que a bordo había un culpable. Y echaron suertes. Y apareció que el culpable era Jonás. Le interrogaron y él les dijo que era hebreo, que veneraba al Dios de cielo y tierra; y confesó que huía de Él. Y puesto que el mar se embravecía más y más, él mismo pidió que le echaran al agua para que se calmara. Así se hizo y, en efecto, el furor de las aguas cesó. Pero entonces a los marineros les entró el miedo de Dios, el Dios de Jonás; le ofrecieron un sacrificio y le hicieron una promesa. Y Dios, que en la Biblia interviene en todo manualmente, «hizo que hubiera un gran pez para engullir a Jonás» y, durante tres días y tres noches, Jonás permaneció enterito dentro de las entrañas del pez, desde donde dio gracias a Dios por haberle salvado; y «Dios dio la orden al pez y éste —al punto— vomitó a Jonás sobre la playa», dice la Biblia.
Habrá adornos novelescos (aunque, ¿dónde hay cosas más pintorescas e increíbles que en lo que tenemos cada día ante los ojos?) que Jesús pudo utilizar como símbolo de su muerte y su resurrección. Pero la narración es deliciosa e instructiva, con su poesía sencilla y alegre y su religiosidad llena de humor.
Vuelto Jonás a la libertad, Dios le ordenó de nuevo que fuera a Nínive, ciudad inmensa, a predicar. Jonás entonces gritó allí, en su nombre, por las calles: «¡Dentro de tres días, Nínive será destruida!». Y los ninivitas, atemorizados, le hicieron caso; el rey proclamó un ayuno y obligó a todos a renunciar a su mala conducta (que es lo esencial de la penitencia) porque —decía—: «¿Quién sabe si Dios no recapacitará y abandonará sus planes y nos salvaremos?».
Y, en efecto, Dios vio que habían cambiado de vida y les perdonó. ¡Pero entonces el ofendido fue Jonás! Y clamó a Dios: «¿No lo decía yo? ¡Por eso huí de ti! ¡Sabía que eres clemente y misericordioso y que yo podría hacer un mal papel!». Y le pedía a Dios que le quitara la vida. ¡Había hecho el ridículo ante los ninivitas! Y le dijo a Dios que tenía un disgusto de muerte justificado y, enfurruñado, salió a las afueras de Nínive, se hizo una cabaña y se sentó a la sombra, esperando qué ocurriría con la ciudad. Pero Dios quiso mostrarle la rectitud de su proceder divino. Hizo crecer una higuerilla junto a la cabaña para que le diera sombra y Jonás pudiera echarse durante la siesta. Eso alegró mucho a Jonás, que al parecer gustaba de sestear. Pero al día siguiente Dios hizo que un gusano picara la higuerilla y el arbusto se secó. Cuando salió el sol y la atmósfera se puso calurosa, Jonás quedó tan aplanado que pidió a Dios la muerte. 
«¿Crees realmente —le preguntó Él— que tienes un disgusto de muerte justificado?». Jonás, que todo se lo tomaba por lo trágico, respondió que sí. Y Dios le echó en cara: «Pues no tienes razón alguna para ello. Mira: a ti te duele que haya muerto la higuera que no te ha costado nada y ha salido en una noche. Y yo, ¿no tenía que dolerme por la gran ciudad de Nínive, donde hay tantos habitantes y un ganado tan considerable?».
Así termina esta historia. Sin duda Jonás continuó con su vida de un cualquiera, pero ya no tuvo más tristeza por el bien de los demás. Seguramente se alegraba de que Dios fuera clemente y misericordioso con todos; y esta alegría le hacía feliz como si de sí mismo se tratara.
Porque del bien de los demás sólo puede separarnos la tristeza; si nos alegramos de él, lo gozamos como si fuera nuestro. Quien lo prueba lo sabe.
Agustín Altisent
Monje de Poblet
LV. 28-5-91
Imagen de kisspng


sábado, septiembre 08, 2018

Morir será incómodo pero la maqueta habrá tenido el Vº Bº de Dios

Retomo el blog, con el P. Altisent de Poblet.

Mi muerte
AGUSTÍ ALTISENT
Hay que quitarle hierro a la muerte: es un acto importante de la vida, sí, pero no es ningún drama. Se ha hecho demasiada literatura sobre ese trance. De niño y adolescente moría poquísima gente (que yo conociera; lo demás ocurría muy lejos): la muerte afectaba a dos o tres personas de los mayores. Total: la muerte era un pequeño asunto de los demás y afectaba a gente diferente como contratada ex profeso.
En mi muerte personal, no pensé hasta muchos años después, muy pasada la edad en la que entré -es un decir- en el uso de la razón. Entonces pensé en la muerte instintivamente, en forma de tic y a propósito de trivialidades. Un día, por ejemplo, me sorprendí pensando: «Qué lata. Ahora que he descubierto esta manera rápida de atarme los zapatos voy a tener que morirm». Luego murieron familiares muy queridos. Era muy triste; me saltaban grandes lagrimones.
La vida continuó. Más adelante observé otro grave fallo en la organización: fueron falleciendo parientes y amigos entrañables ¡casi de mi edad! ¡Eso tampoco nos lo habían dicho! Preparar la eternidad y vivir de este modo lo que me quedaba de vida, tratando de ayudar a los demás con alegría, eran unas vacaciones. Naturalmente: no por eso dejé de gozar de este mundo como está mandado y que Dios ha hecho también para nuestra felicidad.
Hoy sigo aproximadamente igual. Sólo que no veo tan rápido eso de mejorar: Dios lleva la batuta y es lento (seguramente por listo), no me necesita para hacerme bueno (aunque me haga el honor de necesitarme un poco para ello) y Él decide los modos y los tiempos. Pero sigo queriendo ser poroso a su acción en mí. Total: en lo que no llego a mejorar, trato de aceptarme como soy (que ya es pena; y vergüenza expiatoria). Eso sí: vivir me entusiasma. ¡Todo me gusta! Y pienso en mi muerte con naturalidad: igual que por la mañana me levanto al sonar el despertador, cuando toquen a morirme me moriré.
¿He de preocuparme por la muerte venidera? Por ahora no me lo parece. ¡Si Dios lo organiza todo...! (Lamento ya mis pecados futuros y acepto todo lo de doloroso que me traiga la vida, incluido, al final, el estrecho desfiladero: desgarrarme por dentro en soledad durante unos días, los tubos metidos por todas partes que no le dejan a uno morir en paz, la UVI...) Mirado en conjunto, morir será incómodo, no lo niego, ¡pero la maqueta habrá tenido el Vº Bº  de Dios! Por lo demás, trato de vivir con la alegría de un niño que juega, atento a las peripecias del juego, pero olvidado de todo lo demás porque en casa tiene el plato en la mesa.
Alguna vez me había preocupado no saber cuándo y cómo, pero ahora pienso que eso es una tontería: Dios me mandará la muerte cuando y como sea mejor para mí; una muerte adecuada y puntual. Él está de mi parte, mi muerte será una criatura suya y a Él le va un poco de su honor en que yo salga bien. Será, por lo tanto, una muerte escogida, cuidada, una muerte a domicilio (aunque fuera en carretera) portes pagados. Por descontado, Dios no tratará de pescarme en un mal momento. ¡Ni sabría hacerlo! ¿Iba a despilfarrar de este modo la crucifixión de su Hijo? Esta convicción hace que, si me ocurre pensar en los traqueteos de carrocería previos al tránsito, me quede tranquilo: podrán sí, entonces, chirriar mis nervios, pero será como si me lavaran con agua hirviendo, jabón reseco, estropajo áspero y frotando fuerte para quedar como nuevo y entrar pimpante en la sala de fiestas. Donde, por cierto, tengo ya tantos familiares queridísimos que me ovacionarán alegremente, que pronto tendré más ganas de ir allí que de quedarme. Lo cual facilita muchísimo.
En cualquier caso, mi muerte no será un “prét-á-porter” de talla general: estará hecha ex profeso, pensada para mí. Y no me digan: “Claro, usted dice misa cada día y está en gracia de Dios”, porque oír misa está al alcance de todas las fortunas y el estado de gracia se recobra en un instante. Y sobre todo tienen que entender que yo -como todos los santos incluidos- no hallo la paz más que mirando, más allá de mi conciencia, la misericordia de Dios, que es él quien tiene la última palabra.»
AGUSTÍ ALTISENT

LV  07 junio 1992



lunes, septiembre 02, 2013

Las hermanas Caridad Álvarez y Esther Paniagua, en proceso de beatificación


En octubre de 2004 recogí en esta entrada el asesinato de dos monjas españolas, una de ellas del colegio donde estudié. Hoy leo que están en proceso de beatificación por martirio:


Madrid (Lunes, 02-09-2013, Gaudium Press) Las Hermanas Caridad Álvarez y Esther Paniagua son dos de los 19 misioneros martirizados entre 1994 y 1996 en Argelia, cuyo proceso de beatificación avanza de manera grupal. Según la Hermana María Paz Martín, religiosa agustina misionera, su intención de permanecer en el territorio en medio de la violencia "no se explica con la Sociología o la antropología. Solo es posible cuando se ha hecho un hueco en el corazón para el amor de Dios".



Hermanas Caridad Álvarez y Esther Paniagua, en proceso de beatificación. Era el verano de 1994. La Embajada de España en Argel aconsejó a todos los españoles residentes en el país regresar a sus tierras debido a la situación de violencia. Ante el peligro especial que corrían los religiosos, el Arzobispo de Argel, Mons. Henri Teissier, contactó alas comunidades para que éstas discernieran sobre su permanencia en el territorio.

La Hermana María Jesús Rodríguez, superiora provincial de las Agustinas Misioneras visitó las tres comunidades de la ciudad para considerar con las religiosas la decisión en oración. "El 6 y 7 de octubre de 1994 hicimos ese discernimiento. Fue un momento muy fuerte de experiencia de fe. Nos acompañó el Arzobispo de Argel y rezamos en un ambiente sereno", resaltó la religiosa en declaraciones difundidas por la agencia ACI. "Todas ellas eran muy conscientes del peligro que corrían, pero todas libremente y a nivel individual decidieron quedarse en Argelia".

Las valientes mujeres explicaron a su superiora que decidían esto libremente por fidelidad al Evangelio, amor por el pueblo argelino y su intención de compartir la misma suerte de la comunidad local. "En ningún momento querían morir, eran amantes de la vida, pero también amantes de su pueblo y decidieron permanecer allí", explicó la superiora. Esta decisión fue consultada de nuevo desde España periódicamente, para establecer si alguna de las religiosas había cambiado de parecer. La respuesta era siempre negativa. "Pero, ¿y si os pasa algo?", preguntaban. "Pues si nos pasa algo, seguimos estando en las manos de Dios", era la respuesta de las Hermanas.

El día de la prueba

La Hna. Esther Paniagua servía en un hospital local y el día 23 de octubre recibió la visita del embajador de España, quien le insistió que las religiosas debían abandonar el país. "Nos contó que el embajador quería haberla sacado en el coche blindado y ella dijo que no, que volvería a casa a pie, como siempre". A su regreso a casa portaba un libro titulado: "Tu entrega por amor".

Ese mismo día, la Hna. Caridad Álvarez recibió una sugerencia similar, esta vez de parte de la entonces superiora, pero ella rechazó la propuesta. "'Es mi fidelidad a la misión", expresó la religiosa. "Les he dicho en casa que si me sucede algo, quiero que me entierren en Argelia".

Por la tarde, las tres religiosas de la casa se dispusieron a asistir a la Eucaristía en el vecino monasterio de las Hermanas de Foucault, junto con la Hna. María Jesús Rodríguez. "Para ir a la capilla decidimos hacerlo según las normas de seguridad que la embajada nos había dicho: 'Salir siempre de dos en dos'", recordó la Hna María Jesús. "Por eso primero fueron Caridad y Esther y cinco minutos después salimos Lourdes y yo. Íbamos a unos 100 metros de distancia".

Cuando las religiosas dieron vuelta en la esquina y quedaron fuera de la vista de sus compañeras religiosas, ocurrió la tragedia. "En ese momento sonaron dos disparos. Instantes después la gente comenzó a correr y una señora nos metió en su casa", relató. "Oímos llorar y supimos que un cristiano había muerto. Subimos al tejado de la casa, desde donde se veía la capilla de las Hermanas de Foucauld y vimos los cuerpos de Cari y Esther tirados en el suelo".

La Hna Caridad estaba tocando a la puerta de la casa de las Hermanas de Foucault y el agujero de la bala aún se conserva en la puerta. Junto a ella, cayó la Hna. Esther. Sus vidas, terminadas por odio a la fe, se ofrecieron junto a las del Obispo de Orán y su chófer en 1996, los siete monjes cistercienses de Tibhirine y otros ocho mártires

Su historia hace parte del testimonio de fe hasta las últimas consecuencias que aún hoy dan numerosos cristianos que viven bajo la persecución en territorios de África y Asia.

Con información de ACI.


Breve biografía del web http://www.agustinasmisioneras.net:

Hna. Esther Paniagua Alonso 

Nació en lzagre (León, España) el 7 de junio) de 1949 ¿? -ilegible en el original-, hija de Dolores Alonso y Nicasio Paniagua. Inquieta y buscadora descubrió que Dios la llamaba a la vida religiosa. A los 18 años entró al noviciado de la Congregación de Agustinas Misioneras. Profesó los votos temporales el 13 do junio de 1970 y los perpetuos en agosto de 1975. Estudió enfermería y fue enviada a Argelia. El contacto con el mundo árabe la cautiva y aumenta su creciente sensibilidad hacia su cultura y su religión, pero sobre todo hacia sus gentes, a quienes ha entregado su ida sin rebajas.

Trabajó en algunos hospitales de Argelia, donde se dedicaba totalmente a los enfermos de manera especial atendió a niños discapacitados a quienes se entregaba sin horario.

Ellos la llamaban 'su ángel'. Preguntada si tenía miedo por la situación del país, respondía: "Nadie puede quitarnos la vida, porque nosotras ya la hemos entregado... No nos pasará nada porque estamos en las manos de Dios y... si nos pasara algo, seguimos estando en sus manos".

Continua diciendo en e1 encuentro de discernimiento con sus hermanas: "Para mí este momento el modelo perfecto es Jesús: sufrió, tuvo que vencer dificultades y acabó con el, fracaso de In cruz, del que nace la fuente de la vida".

Su libro preferido era la Biblia y en ella confrontaba su vida llena de luces y sombras. Hacia uso también del Corán que con tanto interés leía pare profundizar la fe del pueblo, incluso le gustaba leer a místicos o sufíes del mundo musulmán.

Hna. Caridad Álvarez Martín  

Nació en Santa Cruz de la Salceda (Burgos), España, el 9 de mayo de 1933, en el hogar de Sotera Martín y Constantino Álvarez. Ingresó en la Congregación de Agustinas Misioneras en el año 1955.

Pronto fue destinada a Argelia, donde se entregó a la misión y donde emitió los votos perpetuos el 13 de mayo de 1960. Su delicada salud la hace regresar a España. Recuperada vuelve a Argelia, donde permanecerá más do 30 anos y donde vive la crisis de violencia que se desencadenó hacia los anos 1990. Los destinatarios de su misión fueron los ancianos, especialmente los pobres.

Buscadora de Dios se pregunta si debe abandonar Argelia o continuar entre sus gentes a las que tanto amaba. Enamorada de la misión, no duda un instante: permanecerá al lado del pueblo que la ha acogido y al que ama profundamente. "Estoy  abierta y obediente a lo que Dios quiera de mi, a lo quo vean mis superiores. María estuvo abierta al querer de Dios, quizá  le costó. Deseo estar en esa actitud/ ante Dios en los momentos actuales".

 Diariamente rezaba el rosario y su amor a María la identificaba como mujer consagrada. Caridad y Esther fueron asesinadas cuando iban a misa el 23 de octubre de 1994.