
Jonás debía ser buena persona cuando
Dios le encargó predicar penitencia, pero, cobardón y más listo que el aire,
pensó: «¡Menuda papeleta! Si les digo eso, me matarán». Y, piernas, para qué os
quiero, huyó a Jafa y allí embarcó para Tarsis. Pero Dios le persiguió:
desencadenó una tempestad en el mar y el barco corría peligro de hundirse. La
tripulación se asustó, echaron la carga al mar «y cada uno clamó a su dios»,
dice la Biblia. Pero Jonás, tan fresco: dormía en el fondo de la cubierta hecho
un tronco. El capitán le vio y acercándose gritole: «¿Qué haces, dormilón?
Levántate y clama a tu Dios. Quizá él se dará maña a favor nuestro y no
naufragaremos». Todos los dioses tenían que probarse para ver cuál de ellos
funcionaba en el caso, según aquel capitán ecléctico.
Pero entre los marineros corrió la
voz de que todo se debía a que a bordo había un culpable. Y echaron suertes. Y
apareció que el culpable era Jonás. Le interrogaron y él les dijo que era
hebreo, que veneraba al Dios de cielo y tierra; y confesó que huía de Él. Y
puesto que el mar se embravecía más y más, él mismo pidió que le echaran al
agua para que se calmara. Así se hizo y, en efecto, el furor de las aguas cesó.
Pero entonces a los marineros les entró el miedo de Dios, el Dios de Jonás; le
ofrecieron un sacrificio y le hicieron una promesa. Y Dios, que en la Biblia
interviene en todo manualmente, «hizo que hubiera un gran pez para engullir a
Jonás» y, durante tres días y tres noches, Jonás permaneció enterito dentro de
las entrañas del pez, desde donde dio gracias a Dios por haberle salvado; y
«Dios dio la orden al pez y éste —al punto— vomitó a Jonás sobre la playa»,
dice la Biblia.
Habrá adornos novelescos (aunque,
¿dónde hay cosas más pintorescas e increíbles que en lo que tenemos cada día
ante los ojos?) que Jesús pudo utilizar como símbolo de su muerte y su
resurrección. Pero la narración es deliciosa e instructiva, con su poesía
sencilla y alegre y su religiosidad llena de humor.
Vuelto Jonás a la libertad, Dios le
ordenó de nuevo que fuera a Nínive, ciudad inmensa, a predicar. Jonás entonces
gritó allí, en su nombre, por las calles: «¡Dentro de tres días, Nínive será
destruida!». Y los ninivitas, atemorizados, le hicieron caso; el rey proclamó
un ayuno y obligó a todos a renunciar a su mala conducta (que es lo esencial de
la penitencia) porque —decía—: «¿Quién sabe si Dios no recapacitará y
abandonará sus planes y nos salvaremos?».
Y, en efecto, Dios vio que habían
cambiado de vida y les perdonó. ¡Pero entonces el ofendido fue Jonás! Y clamó a
Dios: «¿No lo decía yo? ¡Por eso huí de ti! ¡Sabía que eres clemente y
misericordioso y que yo podría hacer un mal papel!». Y le pedía a Dios que le
quitara la vida. ¡Había hecho el ridículo ante los ninivitas! Y le dijo a Dios
que tenía un disgusto de muerte justificado y, enfurruñado, salió a las afueras
de Nínive, se hizo una cabaña y se sentó a la sombra, esperando qué ocurriría
con la ciudad. Pero Dios quiso mostrarle la rectitud de su proceder divino.
Hizo crecer una higuerilla junto a la cabaña para que le diera sombra y Jonás
pudiera echarse durante la siesta. Eso alegró mucho a Jonás, que al parecer
gustaba de sestear. Pero al día siguiente Dios hizo que un gusano picara la
higuerilla y el arbusto se secó. Cuando salió el sol y la atmósfera se puso
calurosa, Jonás quedó tan aplanado que pidió a Dios la muerte.
«¿Crees
realmente —le preguntó Él— que tienes un disgusto de muerte justificado?».
Jonás, que todo se lo tomaba por lo trágico, respondió que sí. Y Dios le echó
en cara: «Pues no tienes razón alguna para ello. Mira: a ti te duele que haya
muerto la higuera que no te ha costado nada y ha salido en una noche. Y yo, ¿no
tenía que dolerme por la gran ciudad de Nínive, donde hay tantos habitantes y
un ganado tan considerable?».
Así termina esta historia. Sin duda
Jonás continuó con su vida de un cualquiera, pero ya no tuvo más tristeza por
el bien de los demás. Seguramente se alegraba de que Dios fuera clemente y
misericordioso con todos; y esta alegría le hacía feliz como si de sí mismo se
tratara.
Porque del bien de los demás sólo
puede separarnos la tristeza; si nos alegramos de él, lo gozamos como si fuera
nuestro. Quien lo prueba lo sabe.
Agustín Altisent
Monje de Poblet
LV. 28-5-91
Imagen de kisspng
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