viernes, noviembre 23, 2007

La historia de la famosa imagen de la Virgen

He aquí una historia sencilla y maravillosa como una leyenda:la de una religiosa norteamericana, que buscando a sus antepasados italianos, descubre que la famosa Virgen de Ferruzzi es el retrato de su madre



Sor Angela María Bovo, residente en Canadá, pero nacida en los Estados Unidos, de padres venecianos, investigando sobre sus orígenes italianos, ha llegado a un descubrimiento sorprendente.

Huérfana muy niña, deseaba saber más sobre sus padres, del país de origen, y del motivo que les había llevado a partir para América. En las vacaciones de 1984, obtuvo de los Superiores el permiso para realizar un viaje a Italia, y de este modo tuvo la ocasión de investigas sobre sus ante pasados.

El departamento de genealogía de¡ templo mormón en Qakland, por medio de una investigadora italiana, llamada María Ana Mokennon, le había dado las primeras indicaciones sobre como llevar a efecto sus indagaciones en Venecia.

En su permanencia obligada en Venecia fue huésped de las Religiosas de María Niña. Empezó por el Registro civil de la ciudad. Con la ayuda del señor Attilio Ferraro, localizó el certificado de matrimonio de los padres y de los abuelos, de los respectivos hermanos y hermanas, así como la fecha de nacimiento y defunción de cada uno.

La religiosa llegó a saber que su madre, cuyo nombre era Angelina Cian, era la segunda de quince hijos, de los cuales dos vivían todavía en Venecia: Elisa de 88 años y Julia de 80. Con la ayuda de una joven americana que conoció y hablaba correctamente el italiano, Sor Angela se puso en contacto con la tía más joven.

Para las hermanas Cian, la visita de la religiosa fue como un milagro. Desde hacia tiempo, habían perdido la esperanza de saber lo que había sucedido con Angelina y sus hijos. Julia invitó a la sobrina a visitar la casa familiar, la misma casa en la que Angelina Cian había crecido. Cuando Sor Angela María llegó, la tía Julia y un grupo de primos la abrazaron llorando. Había muchas cosas de las que hablar, tantos años, tantas personas, tantos acontecimientos.

Durante la conversación, la tía Julia tenía en las manos un cuadro pequeño, redondo, de marco dorado. Era la conocida “Virgen delle via" La Virgen gitana de Roberto Ferruzzi, que representa una joven llevando un niño dormida, "Esta es tu madre", dice la tía Julia. Lo sé, contesta Sor Angela, creyendo que la anciana tía hablaba de la Virgen.

"No, no", insiste la tía, comprendiendo la reacción de la religiosa, "es tu verdadera madre”.
Al principio, la religiosa era escéptica, y la tía pareció ofenderse.

¿Porqué lo dudas?. Después, mediante la interprete, Julia empezó a contar una historia sorprendente

Al final del 1800, toda Italia estaba en agitación. La unificación de los pequeños estados en una nación unida, había ocasionado una gran conmoción, y desembocado en una serie de guerras, levantamientos, carestías y dificultades económicas. Y así, en 1896, para ahorrar problemas a su familia, papá Cian marchó de Venecia a una zona de colinas, cerca de Padua. Fue allí cuando Roberto Ferruzzí vio a Angelina, que entonces tenía once años. La niña estaba cuidando a su hermanito, que todavía era lactante, y formaban un cuadro estupendo.

Ferruzzi, entonces un artista joven, quedó impresionado por la belleza y el candor de la escena, Y decidió pintarla, quizás no tuvo nunca la idea de pintar un cuadro de la Virgen, pero el modelo era tal, que espontáneamente llamó a aquél cuadro: La Virgencita.

El cuadro fue expuesto por primera vez en Venecia, en 1896. Con el pasar del tiempo, conquistó fama mundial, y fue llamado: "Virgen delle via“.

Pocos años más tarde, Angelina se casó con Antonio Bovo, entonces tenía diez y nueve años, y en 1906 para escapar del servicio militar huyó a los Estados Unidos, llevándose consigo a su joven esposa.

Por algunos años Angelina mantuvo correspondencia con su familia en Italia. En 1919, mandó a casa una fotografía de ella, su marido, y sus primeros hijos. fotografía que la familia Cian ha conservado siempre. Durante la primera guerra mundial, los Cían dejaron Venecia, perdiendo el contacto con la hermana, que de toda la numerosa familia, había sido la única en marchar de Italia.

En 1950, la tía Elisa trató de buscar a Angelina, escribiendo al Consulado italiano en San Francisco. El Consulado sólo sabía que Antonio Bovo había muerto, pero no tenía ninguna noticia acerca del paradero de Angelina y sus hijos.

De este modo, la familia había perdido todas las esperanzas de tener noticias de sus parientes de América. No es de extrañar por tanto, de su sorpresa, cuando Sor María Angela se presentó en su casa treinta y cuatro años después.

Esperan todavía de reunirse una vez más en Venecia, para tener otras noticias de la familia, y ver al nieto de Roberto Ferruzzi, el pintor que había inmortalizado a su madre y hermana, Esta singular historia, publicada por el "Catholic Digest de San Francisco, ha causado sensación en los Estados Unidos y en el Canadá. Además de la prensa yo la he recibido del testimonio directo del Rvdo. Padre Gennaro Grieco, O.M.I profesor de la Universidad de Ottawa.

Espero agradar a todos los devotos de la Virgen, al contarles esta historia no sólo porque es bella en sí, sino también porque nos ha hecho conocer el origen de la Virgencita de Ferruzzi, célebre y conocidísima pero también al menos hasta hace poco tiempo envuelta en una especie de misterio.
(De la Revista "Il Cuore della Madre)

¿QUIEN ERA ROBERTO FERRUZZI?
Este pintor, nacido en 1853 en Seénico (Yugoslavia) de una familia italiana y que vivía en Venecia, es uno de esos artistas cuyas obras llegan a ser más famosas que los mismos; autores Buscar noticias de Ferruzzi, no es fácil; en su tiempo tuvo una cierta fama y obtuvo premios en algunos concursos de pintura; en Venecia en 1396, con la célebre "Virgencita" y también en 1887 y en Palermo en 1891.

La fama que había conquistado de joven (cuando pintó la "Virgencita" tenia treinta años). con el pasar de los años declinó, hasta desaparecer casi por completo. Ferruzzi no había estudiado arte, sino leyes; su pintura era un hecho instintivo, por lo que se encontraba más allá de las modas y las escuelas; sus modelos preferidos eran los niños, las escenas de la vida diaria, llenas de simpatía Su género pictórico, ha sido a la vez su fortuna y su desgracia: ha hecho célebre su "Virgencita', pero a él lo ha colocado fuera de los movimientos artísticos, a caballo entre los dos siglos que han revolucionado la pintura condicionando el gusto y la crítica.

Publicado en una revista de las Siervas de Jesús en 1985
Añadido: La imagen es fotografia del cuadro original.

sábado, noviembre 10, 2007

Qué aguardas, ignorante pensamiento


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¿Qué aguardas, ignorante pensamiento,
viendo que Dios te llama y te provoca?
¿No ves que ya la luz tu ingenio toca,
y vence la razón tu entendimiento?

Verdades son con alto fundamento
cuantas oí; Dios habla por su boca;
venid, Señor, la resistencia es poca,
y se quiere rendir mi sufrimiento.

¿Pues no queréis entrar, pues no os esfuerza
este deseo, qué más fuerte indicio
de que en la puerta hay algo que le tuerza?

¿Qué importa que yo os cierre el edificio?
Si sois Dios solo, sol seréis por fuerza,
y para que entre el sol, basta un resquicio


De El divino africano Lope de Vega

domingo, septiembre 30, 2007

Tengo sed de ti - Hermana Glenda

Hna Glenda - Sólo hay una cosa importante

Nada es imposible para ti - Hermana Glenda

Si conocieras como Dios te ama

Toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo Hna Glenda



Jesus púede cambiar tu vida por completo entregate a el asi como eres deja que Jesus le de forma a tu vida como al barro se la da el alfarero.


LETRA de la cancion
un dia sali yo de tus manos y tuve vida
un dia me aleje de ellas y conoci la muerte
alfarero tengo nostalgia de tus manos
ven a reparar tu cacharo

gira que gira rueda que rueda
siento tus manos sobre mi greda
me asombra pensar que que tu le quieras
tu cacharo acaba de caerse,
asaba de quebrarse, acaba de encontrarte

tu mi alfarero... tu mi alfarero....
toma barro y vuelve a empezar de nuevo...
tu mi alfarero....tu mi alfarero..
toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo

gira que gira rueda que rueda
siento tus manos sobre mi greda
me asombra pensar que tu le quieras
acaso no puedes hacerme de nuevo
acaso no puedes formarme...

tu cacharo acaba de caerse,
acaba de quebrarse, acabda de encontrarte

tu mi alfarero... tu mi alfarero..
toma mi barro y vuelve a empezar de nuevo..
de nuevo de nuevo tu mi alfarero(bis)

miércoles, junio 27, 2007

Homilía del Prelado en la fiesta litúrgica de San Josemaría Escrivá

Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei
Roma, Basílica di Sant'Eugenio, 26-VI-2007


Queridos hermanos y hermanas,

1. Han transcurrido ya casi cinco años desde la canonización de San Josemaría, pero la onda de su ejemplo y de sus enseñanzas continúa extendiéndose por el mundo. Su fama de santidad alcanza siempre lugares nuevos, despertando en muchas almas el deseo de buscar y amar a Dios en las circunstancias ordinarias de la vida.

Hoy mi alma siente una alegría especial, de la que me gustaría haceros partícipes. Precisamente hoy, coincidiendo con la festividad de san Josemaría, ha comenzado de forma estable la labor apostólica de los fieles del Opus Dei en Rusia, en esas tierras que se extienden del Mar Báltico al Océano Pacífico, del Mar Negro al Océano Glacial Ártico. Se realiza así uno de los sueños de san Josemaría, que siempre deseó extender el espíritu del Opus Dei por todo el mundo y, por tanto, también por las naciones de la Europa Oriental. ¡No podéis imaginar cómo deseó que llegase este momento!

Gracias a Dios, los fieles de la Prelatura trabajan ya en esos países y en tantos otros. Sin embargo, durante muchos años, la realización de este sueño en la Europa centro-oriental había sido impedida por la falta de libertad. En 1955, durante un viaje a Viena, san Josemaría confió esta intención a la Madre de Dios, invocándola con la jaculatoria: Sancta Maria, Stella Orientis, filios tuos adiuva! (Santa María, estrella de Oriente, ¡ayuda a tus hijos!). No se cansó nunca de rezar por esta intención, aunque el paso de los años no dejase ver siquiera el inicio de una solución.

Más tarde, cuando inesperadamente comenzaron a caer los muros construidos por la violencia, el amadísimo don Álvaro del Portillo abrió el camino para la expansión apostólica del Opus Dei en aquellas tierras. En primer lugar Polonia; después Eslovaquia y la República Checa, Hungría y los Países Bálticos. En los últimos años, Eslovenia y Croacia. Hoy, finalmente, ha llegado el momento de comenzar las actividades apostólicas en Rusia. Damos gracias a Dios y pedimos, por intercesión de la Virgen y de san Josemaría, la ayuda divina en estos inicios.

2. Esta feliz coincidencia me ofrece la ocasión de recordar cuáles son los instrumentos indispensables para llevar a cabo todo apostolado. Todos nosotros lo sabemos muy bien, pero conviene meditarlo de vez en cuando; de modo que podamos rectificar la dirección de nuestras acciones, si fuera necesario.

La afirmación es muy clara: no bastan los medios humanos, ni siquiera cuando son abundantes, para llevar a cabo una tarea de naturaleza estrictamente sobrenatural. El Evangelio de la Misa de hoy nos lo enseña. San Lucas cuenta con riqueza de detalles la primera pesca milagrosa realizada por Pedro y sus compañeros. Habían trabajado durante toda la noche. Como tantas otras veces habían echado las redes en aquel lago de Tiberíades que conocían muy bien, por la noche, cuando mejor se pescaba, pero había sido en vano.

A las palabras de Jesús, que los invitaba a ir mar adentro y echar de nuevo las redes, Pedro, que era quien dirigía la barca, respondió con franqueza: Maestro, hemos estado bregando durante toda la noche y no hemos pescado nada. Pero al instante añadió: sobre tu palabra echaré las redes. El resultado fue sorprendente: Lo hicieron y recogieron gran cantidad de peces. Tantos, que las redes se rompían (Lc 5, 5-6).

La condición indispensable y primera para recoger frutos apostólicos, es emplear los medios sobrenaturales. La oración, la mortificación –que no es otra cosa que la oración de los sentidos, como afirmaba san Josemaría-, el ofrecimiento a Dios de un trabajo que se procura llevar a término con perfección, son imprescindibles. Os recuerdo la enseñanza de nuestro Padre: «En las empresas de apostolado, está bien —es un deber— que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios + 2 + 2...» (San Josemaría, Camino, n. 471).

Por otro lado, el Señor quiere que pongamos a su servicio también los medios materiales que podamos disponer. Él podría hacerlo todo sólo, pero no ha querido actuar así. Es lo que enseña la primera lectura de la Misa de hoy. Después de haber creado el mundo con su omnipotencia, y con particular amor el primer hombre y la primera mujer, el Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado para que lo trabajara y lo guardara. (Primera lectura: Gn 2, 8.15)


Este pasaje de la Sagrada Escritura era particularmente querido para san Josemaría. Desde el momento en el que el Señor le comunicó su Voluntad, comprendió que en aquellas palabras del libro del Génesis se encuentra una de las claves de la obligación de santificar el propio trabajo y de santificarse mediante el mismo trabajo. Otra clave es el ejemplo de Jesús, que durante 30 años trabajó en el taller de Nazaret. De aquí nace la obligación de utilizar también medios humanos para instaurar el reino de Dios, pero sin olvidar nunca la prioridad absoluta de los medios sobrenaturales.

Para llevar adelante cualquier actividad apostólica tenemos que acudir, en primer lugar, a Dios. Debemos también poner los medios materiales al servicio del apostolado, pues las actividades apostólicas del Opus Dei necesitan de la colaboración de muchas personas, de sus oraciones y de su ayuda material. De esta forma, con la gracia de Dios y la generosa contribución de tantos hombres y mujeres de condiciones sociales diversas, se desarrolla en todo el mundo, al servicio de la Iglesia, una obra evangelizadora cada vez más amplia.

3. Antes de terminar, me gustaría detenerme brevemente en la segunda lectura. En la Carta a los Romanos, San Pablo fortalece nuestra esperanza al mostrarnos que no debemos temer ante las dificultades. Porque, nos dice, recibisteis un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abbá, Padre!» Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también herederos: herederos de Dios, coherederos de Cristo; con tal de que padezcamos con él, para ser con él también glorificados (Secunda lectura, Rm 8, 15-17).

Si buscamos cumplir en todo la voluntad de nuestro Padre Dios, si secundamos las palabras de Jesús que nos ordena ir mar adentro, si confiamos todo a la oración y al sacrificio, bien unidos a la Cruz del Señor, si hacemos nuestro trabajo profesional con responsabilidad entonces el Espíritu Santo dará fruto abundante a las actividades apostólicas.

Meditemos, para concluir, algunas palabras de Benedicto XVI, tomadas de una homilía con ocasión de Pentecostés. «Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su vida —el único auténtico tesoro, la perla preciosa— corre a compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo, en todos los ámbitos de su existencia. Lo hace sin temor alguno, porque sabe que ha recibido la filiación adoptiva; sin ninguna presunción, porque todo es don; sin desalentarse, porque el Espíritu de Dios precede a su acción en el "corazón" de los hombres y como semilla en las culturas y religiones más diversas. Lo hace sin confines, porque es portador de una buena nueva destinada a todos los hombres, a todos los pueblos» (Benedicto XVI, Homilía en la vigilia de Pentecostés, 3-VI-2006).

Que estas palabras del Santo Padre —recemos todos los días por su persona y por sus intenciones— nos espoleen en nuestro apostolado personal con parientes y amigos; busquemos acercarlos al Señor sobre todo en la Eucaristía y a través de la confesión, sacramento del encuentro personal con un Dios que es Padre y está siempre dispuesto a perdonar nuestros pecados.

A la Virgen, Reina de los Apóstoles y a san Josemaría, confiamos con esperanza segura los frutos sobrenaturales del apostolado de todos los cristianos, ahora y en los tiempos futuros. Que la Iglesia, nuestra Madre, con la asistencia del Paráclito y el trabajo humilde y generoso de todos, pueda recoger una mies abundante de almas. Así sea.

viernes, mayo 11, 2007

Discurso a los jóvenes de Benedicto XVI



¡Queridos jóvenes! ¡Queridos amigos y amigas!

«Si quieres ser perfecto, anda,
vende lo que tienes y dáselo a los pobres […]
luego ven, y sígueme.» (Mt 19,21).



1. He deseado ardientemente encontrarme con vosotros en éste mi primer viaje a América Latina. Vine a inaugurar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano que, por deseo mío, va a realizarse en Aparecida, aquí en Brasil, en el Santuario de Nuestra Señora. Ella nos coloca a los pies de Jesús para aprender sus lecciones sobre el Reino e impulsarnos a ser sus misioneros, para que los pueblos de este “Continente de la Esperanza” tengan, en Él, vida plena. Vuestros Obispos de Brasil, en su Asamblea General del año pasado, reflexionaron sobre el tema de la evangelización de la juventud y colocaron en vuestras manos un documento. Pidieron que fuese acogido y perfeccionado por vosotros durante todo el año. En esta última Asamblea retomaron el asunto, enriquecido con vuestra colaboración, y anhelan que las ponderaciones hechas y las orientaciones propuestas sirvan como incentivo y faro para vuestro caminar. Las palabras del Arzobispo de São Paulo y del encargado de la Pastoral de la Juventud, las cuales agradezco, bien testifican el espíritu que os mueve a todos.

Ayer por la tarde, al sobrevolar el territorio brasileño, pensaba ya en éste nuestro encuentro en el Estadio de Pacaembu, con el deseo de daros un gran abrazo bien brasileño, y manifestar los sentimientos que llevo en lo íntimo del corazón y que a propósito, el Evangelio de hoy nos quiso indicar.

Siempre he experimentado una alegría muy especial en estos encuentros. Recuerdo particularmente la Vigésima Jornada Mundial de la Juventud, que tuve la ocasión de presidir hace dos años atrás en Alemania. ¡Algunos de los que están aquí también estuvieron allá! Es un recuerdo conmovedor, por los abundantes frutos de la gracia enviados por el Señor. Y no queda la menor duda que el primer fruto, entre muchos, que pude constatar fue el de la fraternidad ejemplar que hubo entre todos, como demostración evidente de la perenne vitalidad de la Iglesia por todo el mundo.



2. Pues bien, queridos amigos, estoy seguro de que hoy se renuevan las mismas impresiones de aquel mi encuentro en Alemania. En 1991, el Siervo de Dios, el Papa Juan Pablo II, de venerada memoria, decía, a su paso por Mato Grosso (Brasil), que los “jóvenes son los primeros protagonistas del tercer milenio [...] son ustedes quienes van a trazar los rumbos de esta nueva etapa de la humanidad” (Discurso 16/10/1991). Hoy, me siento movido a hacerles idéntica observación. El Señor aprecia, sin duda, vuestra vivencia cristiana en las numerosas comunidades parroquiales y en las pequeñas comunidades eclesiales, en las Universidades, Colegios y Escuelas y, especialmente, en las calles y en los ambientes de trabajo de las ciudades y de los campos; se trata, sin embargo, de ir adelante. Nunca podemos decir basta, pues la caridad de Dios es infinita y el Señor nos pide, o mejor, nos exige ensanchar nuestros corazones para que en ellos quepa siempre más amor, más bondad, más comprensión por nuestros semejantes y por los problemas que envuelven no sólo la convivencia humana, sino también la efectiva preservación y conservación de la naturaleza, de la cual todos hacemos parte. “Nuestros bosques tienen más vida”: no dejéis que se apague esta llama de esperanza que vuestro Himno Nacional pone en vuestros labios. La devastación ambiental de la Amazonía y las amenazas a la dignidad humana de sus poblaciones requieren un mayor compromiso en los más diversos espacios de acción que la sociedad viene pidiendo.



3. Hoy quiero con vosotros reflexionar sobre el texto de San Mateo (19, 16-22), que acabamos de oír. Habla de un joven. Él vino corriendo al encuentro de Jesús, merece que se destaque su ansia. En este joven veo a todos vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina. Vinisteis corriendo de diversas regiones de este Continente para nuestro encuentro; queréis oír, por la voz del Papa, las palabras del propio Jesús. Como en el Evangelio, tenéis una pregunta importante que hacerle. Es la misma del joven que vino corriendo al encuentro de Jesús: ¿Qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? Me gustaría profundizar con vosotros esta pregunta. Se trata de la vida, la vida que, en vosotros, es exuberante y bella. ¿Qué hacer con ella? ¿Cómo vivirla plenamente?

Pronto entendemos, en la formulación de la propia pregunta, que no basta el aquí y ahora, o sea, nosotros no conseguimos delimitar nuestra vida al espacio y al tiempo, por más que pretendamos extender sus horizontes. La vida os trasciende. En otras palabras, queremos vivir y no morir. Sentimos que algo nos revela que la vida es eterna y que es necesario empeñarnos para que esto acontezca. En otras palabras, ella está en nuestras manos y depende, de algún modo, de nuestra decisión.

La pregunta del Evangelio no contempla apenas el futuro. No trata apenas de una cuestión sobre qué pasará después de la muerte. Hay, por el contrario, un compromiso con el presente aquí y ahora, que debe garantizar autenticidad y consecuentemente el futuro. En una palabra, la pregunta cuestiona el sentido de la vida. Puede por eso ser formulada así: ¿qué debo hacer para que mi vida tenga sentido? O sea: ¿cómo debo vivir para cosechar plenamente los frutos de la vida? O más aún: ¿qué debo hacer para que mi vida no transcurra inútilmente?

Jesús es el único capaz de darnos una respuesta, porque es el único que puede garantizar la vida eterna. Por eso también es el único que consigue mostrar el sentido de la vida presente y darle un contenido de plenitud.



4. Sin embargo, antes de dar su respuesta, Jesús cuestiona al joven con una pregunta muy importante: "¿Por qué me llamas bueno?" En esta pregunta se encuentra la clave de la respuesta. Aquel joven percibió qué Jesús es bueno y que es maestro. Un maestro que no engaña. Estamos aquí porque tenemos esta misma convicción: Jesús es bueno. Quizás no sabemos toda la razón de esta percepción, pero es cierto que ella nos aproxima a Él y nos abre a su enseñanza: un maestro bueno. Quien reconoce el bien es señal que ama, y quien ama, en la feliz expresión de San Juan, conoce a Dios (cf.1Jn 4,7). El joven del Evangelio tuvo una percepción de Dios en Jesucristo. Jesús nos garantiza que solo Dios es bueno. Estar abierto a la bondad significa acoger a Dios. Así Él nos invita a ver a Dios en todas las cosas y en todos los acontecimientos, inclusive ahí donde la mayoría solo ve la ausencia de Dios; viendo la belleza de las criaturas y constatando la bondad presente en todas ellas, es imposible no creer en Dios y no hacer una experiencia de su presencia salvífica y consoladora. Si lográsemos ver todo el bien que existe en el mundo y, más aún, experimentar el bien que proviene del propio Dios, no cesaríamos jamás de aproximarnos a Él, de alabarlo y agradecerle. Él continuamente nos llena de alegría y de bienes. Su alegría es nuestra fuerza.

Pero nosotros no conocemos sino de forma parcial. Para percibir el bien necesitamos de auxilios, que la Iglesia nos proporciona en muchas oportunidades, principalmente por la catequesis. Jesús mismo explicita lo que es bueno para nosotros, dándonos su primera catequesis. « si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos » (Mt 19,17). Él parte del conocimiento que el joven ya obtuvo ciertamente de su familia y de la Sinagoga: de hecho, conoce los mandamientos. Ellos conducen a la vida, lo que equivale a decir que ellos nos garantizan autenticidad. Son los grandes indicadores que nos señalan el camino cierto. Quien observa los mandamientos está en el camino de Dios.

No basta conocerlos. El testimonio vale más que la ciencia, o sea, es la propia ciencia aplicada. No nos son impuestos de fuera, ni disminuyen nuestra libertad. Por el contrario: constituyen impulsos internos vigorosos, que nos llevan a actuar en esta dirección. En su base está la gracia y la naturaleza, que no nos dejan inmóviles. Necesitamos caminar. Somos lanzados a hacer algo para realizarnos nosotros mismos. Realizarse, a través de la acción, en verdad, es volverse real. Nosotros somos, en gran parte, a partir de nuestra juventud, lo que nosotros queremos ser. Somos, por así decir, obra de nuestras manos.



5. En esta momento me vuelvo nuevamente a vosotros jóvenes, queriendo oír también de vosotros la respuesta del joven del Evangelio: "todo esto lo he observado desde mi juventud". El joven del Evangelio era bueno, observaba los mandamientos, estaba pues en el camino de Dios, por eso Jesús lo miró con amor. Al reconocer que Jesús era bueno, dio testimonio de que también él era bueno. Tenía una experiencia de la bondad y por eso, de Dios. Y vosotros, jóvenes de Brasil y de América Latina ¿ya descubristeis lo que es bueno? ¿Seguís los mandamientos del Señor? ¿Descubristeis que éste es el verdadero y único camino hacia la felicidad?

Los años estáis viviendo son los años que preparan vuestro futuro. El “mañana” depende mucho de cómo estéis viviendo el “hoy” de la juventud. Ante los ojos, mis queridos jóvenes, tenéis una vida que deseamos que sea larga; pero es una sola, es única: no la dejéis pasar en vano, no la desperdiciéis. Vivid con entusiasmo, con alegría, pero, sobretodo, con sentido de responsabilidad.

Muchas veces sentimos temblar nuestros corazones de pastores, constatando la situación de nuestro tiempo. Oímos hablar de los miedos de la juventud de hoy. Nos revelan un enorme déficit de esperanza: miedo de morir, en un momento en que la vida se está abriendo y busca encontrar el propio camino de realización; miedo de sobrar, por no descubrir el sentido de la vida; y miedo de quedar desconectado delante de la deslumbrante rapidez de los acontecimientos y de las comunicaciones. Registramos el alto índice de muertes entre los jóvenes, la amenaza de la violencia, la deplorable proliferación de las drogas que sacude hasta la raíz más profunda a la juventud de hoy, se habla por eso, a menudo de una juventud perdida.

Pero mirándoos a vosotros, jóvenes aquí presentes, que irradiáis alegría y entusiasmo, asumo la mirada de Jesús: una mirada de amor y confianza, en la certeza de que vosotros encontrasteis el verdadero camino. Sois jóvenes de la Iglesia, por eso yo os envío para la gran misión de evangelizar a los jóvenes y a las jóvenes que andan errantes por este mundo, como ovejas sin pastor. Sed los apóstoles de los jóvenes, invítenlos a que vengan con vosotros, a que hagan la misma experiencia de fe, de esperanza y de amor; se encuentren con Jesús, para que se sientan realmente amados, acogidos, con plena posibilidad de realizarse. Que también ellos y ellas descubran los caminos seguros de los Mandamientos y por ellos lleguen hasta Dios.

Podéis ser protagonistas de una sociedad nueva si buscáis poner en práctica una vivencia real inspirada en los valores morales universales, pero también un empeño personal de formación humana y espiritual de vital importancia. Un hombre o una mujer no preparados para los desafíos reales de una correcta interpretación de la vida cristiana de su medio ambiente será presa fácil de todos los asaltos del materialismo y del laicismo, cada vez más actuantes en todos los niveles.

Sed hombres y mujeres libres y responsables; haced de la familia un foco irradiador de paz y de alegría; sed promotores de la vida, desde el inicio hasta su final natural; amparad a los ancianos, pues ellos merecen respeto y admiración por el bien que os hicieron. El Papa también espera que los jóvenes busquen santificar su trabajo, haciéndolo con capacidad técnica y con laboriosidad, para contribuir al progreso de todos sus hermanos y para iluminar con la luz del Verbo todas las actividades humanas (cf. Lumen Gentium, N. 36). Pero, sobretodo, el Papa espera que sepan ser protagonistas de una sociedad más justa y más fraterna, cumpliendo las obligaciones ante al Estado: respetando sus leyes; no dejándose llevar por el odio y por la violencia; siendo ejemplo de conducta cristiana en el ambiente profesional y social, distinguiéndose por la honestidad en las relaciones sociales y profesionales. Tengan en cuenta que la ambición desmedida de riqueza y de poder lleva a la corrupción personal y ajena; no existen motivos para hacer prevalecer las propias aspiraciones humanas, sean ellas económicas o políticas, con el fraude y el engaño.

Concluyendo, existe un inmenso panorama de acción en el cual las cuestiones de orden social, económica y política ganan un particular relieve, siempre que tengan su fuente de inspiración en el Evangelio y en la Doctrina Social de la Iglesia La construcción de una sociedad más justa y solidaria, reconciliada y pacífica; la contención de la violencia y las iniciativas que promuevan la vida plena, el orden democrático y el bien común y, especialmente, aquellas que llevan a eliminar ciertas discriminaciones existentes en las sociedades latinoamericanas y no son motivo de exclusión, sino de recíproco enriquecimiento.

Tened, sobretodo, un gran respeto por la institución del Sacramento del Matrimonio. No podrá haber verdadera felicidad en los hogares si, al mismo tiempo, no hay fidelidad entre los esposos. El matrimonio es una institución de derecho natural, que fue elevado por Cristo a la dignidad de Sacramento; es un gran don que Dios hizo a la humanidad, Respetadlo, veneradlo. Al mismo tiempo, Dios os llama a respetaros también en el romance y en el noviazgo, pues la vida conyugal que, por disposición divina, está destinada a los casados es solamente fuente de felicidad y de paz en la medida en la que sepáis hacer de la castidad, dentro y fuera del matrimonio, un baluarte de vuestras esperanzas futuras. Repito aquí para todos vosotros que «el eros quiere conducirnos más allá de nosotros mismos, hacia Dios, pero por eso mismo requiere un camino de ascesis, renuncias, purificaciones y saneamientos» (Carta encl. Dios caritas est, (25/12/2005), N. 5). En pocas palabras, requiere espíritu de sacrificio y de renuncia por un bien mayor, que es precisamente el amor de Dios sobre todas las cosas. Buscad resistir con fortaleza a las insidias del mal existente en muchos ambientes, que os lleva a una vida disoluta, paradójicamente vacía, al hacer perder el bien precioso de vuestra libertad y de vuestra verdadera felicidad. El amor verdadero “buscará siempre más la dicha del otro, se preocupará cada vez más de él, se donará y deseará existir para el otro” (Ib. N. 7) y, por eso, será siempre más fiel, indisoluble y fecundo.

Para ello, contáis con la ayuda de Jesucristo que, con su gracia, hará esto posible (cf. MT 19,26). La vida de fe y de oración os conducirá por los caminos de la intimidad con Dios, y de la comprensión de la grandeza de los planes que Él tiene para cada uno. “Por amor del reino de los cielos” (ib., 12), algunos son llamados a una entrega total y definitiva, para consagrarse a Dios en la vida religiosa, “eximio don de la gracia”, como fue definido por el Concilio Vaticano II (Decr. Perfectae caritatis, n.12). Los consagrados que se entregan totalmente a Dios, bajo la moción del Espíritu Santo, participan en la misión de Iglesia, testimoniando la esperanza en el Reino celeste ante todos los hombres. Por eso, bendigo e invoco la protección divina a todos los religiosos que dentro de la mies del Señor se dedican a Cristo y a los hermanos. Las personas consagradas merecen, verdaderamente, la gratitud de la comunidad eclesial: monjes y monjas, contemplativos y contemplativas, religiosos y religiosas dedicados a las obras de apostolado, miembros de institutos seculares y de las sociedades de vida apostólica, eremitas y vírgenes consagradas. “Su existencia da testimonio del amor a Cristo cuando ellos se encaminan por su seguimiento, tal como éste se propone en el Evangelio y, con íntima alegría, asumen el mismo estilo de vida que Él escogió para Sí” (Congr. para los Inst. de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica: Instr. Partir de Cristo, N. 5). Hago votos de que, en este momento de gracia y de profunda comunión en Cristo, el Espíritu Santo despierte en el corazón de tantos jóvenes un amor apasionado en el seguimiento e imitación de Jesucristo casto, pobre y obediente, dirigido completamente a la gloria del Padre y al amor de los hermanos y hermanas.



6. El Evangelio nos asegura que aquel joven, que vino corriendo al encuentro de Jesús, era muy rico. Entendemos esta riqueza no apenas en el plano material, la propia juventud es una riqueza singular. Es necesario descubrirla y valorarla. Jesús le dio tal valor que invitó a este joven a participar de su misión de salvación. Tenía todas las condiciones para una gran realización y una gran obra. Pero el Evangelio nos refiere que ese joven se entristeció con la invitación. Se alejó abatido y triste. Este episodio nos hace reflexionar una vez más sobre la riqueza de la juventud. No se trata, en primer lugar, de bienes materiales, sino de la propia vida, con los valores inherentes a la juventud. Proviene de una doble herencia: la vida, transmitida de generación en generación, en cuyo origen primero está Dios, lleno de sabiduría y de amor; y la educación que nos inserta en la cultura, a tal punto que, en cierto sentido, podemos decir que somos más hijos de la cultura y por eso de la fe, que de la naturaleza. De la vida brota la libertad que, sobretodo en esta fase se manifiesta como responsabilidad. Es el gran momento de la decisión, en una doble opción: una en cuanto al estado de vida y otra en cuanto a la profesión. Responde a la cuestión: ¿qué hacer con la vida?

En otras palabras, la juventud se muestra como una riqueza porque lleva al descubrimiento de la vida como un don y como una tarea. El joven del Evangelio percibió la riqueza de su juventud. Fue hasta Jesús, el Buen Maestro, a buscar una orientación. Pero a la hora de la gran opción no tuvo coraje de apostar todo en Jesucristo. Consecuentemente salió de allí triste y abatido. Es lo que pasa toda vez que nuestras decisiones flaquean y se vuelven mezquinas e interesadas. Sintió que faltó generosidad, lo que no le permitió una realización plena. Se cerró sobre su riqueza, tornándola egoísta.

Jesús sintió mucho la tristeza y la mezquindad del joven que lo fue a buscar. Los Apóstoles, como todos y todos vosotros hoy, rellenan esta laguna dejada por aquel joven que se retiró triste y abatido. Ellos y nosotros estamos alegres porque sabemos en quién creemos (2 Tim 1,12). Sabemos y damos testimonio con nuestra propia vida de que solo Él tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). Por eso, como San Pablo, podemos exclamar: "estad siempre alegres en el Señor" (Fil 4,4).



7. Mi pedido hoy, a vosotros jóvenes, que vinisteis a este encuentro, es que no desaprovechéis vuestra juventud. No intentéis huir de ella. Vividla intensamente, consagradla a los elevados ideales de la fe y de la solidaridad humana. Vosotros, jóvenes, no sois apenas el porvenir de la Iglesia y de la humanidad, como una especie de fuga del presente, por el contrario: sois el presente joven de la Iglesia y de la humanidad. Sois su rostro joven. La Iglesia necesita de vosotros, como jóvenes, para manifestar al mundo el rostro de Jesucristo, que se dibuja en la comunidad cristiana. Sin el rostro joven la Iglesia se presentaría desfigurada.

(en español) Queridos jóvenes, dentro de poco inauguraré la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe. Os pido que sigáis con atención sus trabajos; que participéis en sus debates; que recéis por sus frutos. Como ocurrió con las Conferencias anteriores, también ésta marcará de modo significativo los próximos diez años de Evangelización en América Latina y en el Caribe. Nadie debe quedar al margen o permanecer indiferente ante este esfuerzo de la Iglesia, y mucho menos los jóvenes. Vosotros con todo derecho formáis parte de la Iglesia, la cual representa el rostro de Jesucristo para América Latina y el Caribe.

(en francés) Saludo a los de habla francesa que viven en el Continente latinoamericano, invitándolos a ser testimonios del Evangelio y actores de la vida eclesial. Me uno particularmente a vosotros los jóvenes, sois llamados a construir vuestra vida sobre Cristo y sobre los valores humanos fundamentales. Que todos os sintáis invitados a colaborar en la edificación de un mundo de justicia y de paz.

(en ingles) Queridos jóvenes amigos, como el joven del Evangelio, que preguntó a Jesús “ qué debo hacer para tener la vida eterna?” , todos vosotros buscáis maneras de responder generosamente al llamado de Dios. Rezo para que escuchéis su palabra salvadora y os tornéis sus testigos ante los pueblos de hoy. Que Dios derrame sobre vosotros sus bendiciones de paz y alegría.

Queridos jóvenes, Cristo os llama a ser santos. Él mismo os convoca y quiere andar con vosotros, para animar con Su espíritu los pasos del Brasil en este inicio del tercer milenio de la era cristiana. Pido a la Señora Aparecida que os conduzca, con su auxilio materno y os acompañe a lo largo de la vida.

¡Alabado sea Nuestro Señor Jesucristo!
Estadio Pacaembu, San Pablo, 10 de abril de 2007

jueves, abril 26, 2007

La Iglesia católica y los pobres

Deseo hacer algún comentario sobre la carta publicada en ese diario acerca de «La Iglesia de los pobres». En ella se afirman una serie de tópicos que estamos hartos de oír, pero sin pruebas razonables.

Efectivamente la iglesia católica es de los pobres por sus numerosas actividades en favor de ellos. El mismo Jesucristo nos enseñó el precepto del amor y en especial con los más necesitados. Por eso ha desarrollado diferentes iniciativas, encaminadas a ellos. Por citar algunas: Cáritas ofrece a los mendigos alimentos y refugio contra la intemperie, el 26% de los enfermos mundiales de sida están atendido por católicos. Precisamente el destino que va a darse a 'San Carlos Borromeo' es el de atenciones sociales.

Todas estas actuaciones pueden ser de-sarrolladas por seglares, al igual que en las demás oenegés que existen, para remediar diversas carencias. Los sacerdotes no son necesarios para estas atenciones materiales, aunque puedan también realizarlas sin menoscabo de su función específica. La principal misión de los sacerdotes es predicar la palabra de Dios, perdonar los pecados en la confesión y celebrar la santa misa.

Fue Jesucristo quien les dio la facultad de perdonar en su nombre los pecados confesados. También les otorgó la grandiosa capacidad de convertir el pan (ácimo, sin levadura) y el vino en su cuerpo y sangre, de modo que cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración el pan, ya no es pan: es el cuerpo de Cristo y el vino es la Sangre de Cristo. Todo ello para que los creyentes podamos vencer las dificultades que se nos presentan para alcanzar el cielo. Si la consagración se hace con galletas, lo que tomamos no es el cuerpo de Cristo, son simplemente galletas. El cambio es abismal, además de un fraude y una falta de respeto al Sacramento.

La predicación de la palabra de Dios debe ir en consonancia con el magisterio de la Iglesia. Fue también Jesús quién quiso que su doctrina fuera una, bajo la autoridad del Papa; lo demás ya no es la Iglesia de Cristo.

La atención de las necesidades materiales seguirán recibiéndola los necesitados en los mismos locales. Para la espiritual ya se han designado otras dos parroquias, a fin de que los fieles quedan atendidos totalmente.

Pilar Lázaro

lunes, abril 02, 2007

Juan Pablo II Segundo aniversario



Oración para implorar favores por intercesión de Juan Pablo II


Oh Trinidad Santa,
Te damos gracias por haber concedido a la
Iglesia al Papa Juan Pablo II y porque en él has
reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de
la cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor.

Él, confiando totalmente en tu infinita
misericordia y en la maternal intercesión de
María, nos ha mostrado una imagen viva de
Jesús Buen Pastor, indicándonos la santidad,
alto grado de la vida cristiana ordinaria, como
camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.

Concédenos, por su intercesión, y si es Tu
voluntad, el favor que imploramos, con la
esperanza de que sea pronto incluido en el
número de tus santos.
Amén.

Para enviar algún testimonio que pueda colaborar con el proceso, comunicarse con:

Mons. Slawomir Oder
Vicariato di Roma
Piazza San Giovanni in Laterano 6/A
00184 ROMA

jueves, febrero 22, 2007

Del ala izquierda del pollo al dulcísimo precepto del Decálogo

Todos los días, cuando me levanto, me vienen a la memoria dos hechos: el primero tiene que ver con San Josemaría, cuando habla en sus escritos del amor que debemos tener los miembros de la Obra y todos los cristianos al cuarto mandamiento de la ley de Dios. El segundo hecho, fue una intervención radiofónica que tuve en los años ochenta

Todos los días, cuando me levanto, me vienen a la memoria dos hechos: el primero tiene que ver con San Josemaría, cuando habla en sus escritos del amor que debemos tener los miembros de la Obra y todos los cristianos al cuarto mandamiento de la ley de Dios. San Josemaría lo llamaba “el dulcísimo precepto del Decálogo”; el segundo hecho, fue una intervención radiofónica que tuve en los años ochenta. Los invitados a la tertulia no tenían quizá las ideas muy claras sobre la Obra. Yo llamé por teléfono y puntualicé una serie de cuestiones que me parecían interesantes. Uno de los tertulianos me dijo en un momento de la conversación:

- Todos los miembros del Opus Dei tienen carrera universitaria....

- Pues yo trabajo en un matadero de aves. Mi encargo es quitar la carne al ala izquierda del pollo, le contesté.

- ...

Y así iba la cosa hasta que de nuevo alguien señaló que a los miembros de la Obra se les separa de sus padres. En ese momento mi madre, que escuchaba la conversación y es agradablemente de armas tomar, agarró el teléfono y dijo:

- Yo soy la madre de este chico, ¿algún problema?...

En fin, han pasado los años desde esta segunda anécdota: alrededor de 25 años. La vida ha cambiado, y mis padres, gracias a Dios siguen viviendo conmigo. Digo conmigo, porque hasta hace tres años, yo vivía con ellos.

En el año 2002 me fui a Pamplona para hacer un doctorado y preparar la tesis doctoral. Para ello dejé de vivir con mis padres después de 42 años. Yo soy Licenciado en Filología Hispánica y trabajaba entonces en un colegio de Jaén.

En una de mis clases


Mi madre estaba un poco delicada de salud, pero el médico de familia me decía que los síntomas que padecía eran los típicos de las personas mayores. Después de hablar con ellos, llegamos a la conclusión que me podía desplazar a Navarra para completar mis estudios. Mis padres tenían entonces 78 y 79 años.

A los dos años y medio de residir en Pamplona mi padre sufrió una trombosis cerebral, se le quedó inmovilizada la parte derecha del cuerpo, y a mi madre, después de analizarla un especialista, le diagnosticaron Alzheimer en una fase bastante avanzada.

"En vista de lo que ocurría a mis progenitores dejé los estudios de Pamplona y me volví a mi ciudad natal para cuidar de mis padres"

En vista de lo que ocurría a mis progenitores dejé los estudios de Pamplona y me volví a mi ciudad natal para cuidar de mis padres. He vuelto a mi trabajo de profesor en el colegio Altocastillo, pero sólo por las mañanas. He pedido reducción de jornada, ya que por las tardes y noches cuido de mis padres. Mientras yo estoy en el colegio, una señora que tengo contratada cuida de ellos y cuando vuelvo del colegio recojo el testigo hasta el día siguiente a la hora de irme a trabajar.

Mi padre, gracias a nuestro padre, San Josemaría, se ha recuperado de una forma milagrosa. Ha recuperado la movilidad y es autónomo. Los médicos todavía no se lo creen, porque me dijeron que se quedaría postrado en una cama hasta su fallecimiento. Ahora no necesita ayuda para nada, pero tampoco me ayuda en nada.

Mi madre va perdiendo facultades poco a poco. Necesita vigilancia las 24 horas del día y hay que hacérselo todo: levantarla, asearla, darle de comer, etc. Ya no conoce a nadie, y a veces no sabe dónde está y se pone muy nerviosa. Entonces aprovecho para intentar calmarla y la saco a pasear en una silla de ruedas. Estuve una temporada que por las noches no dormíamos nada, a veces, cuando se ponía nerviosa la sacaba a la calle, aunque lloviera, tronara, hiciera frío, calor, etc.

Los que padecen esta enfermedad, los especialistas no saben el porqué, durante las horas de la tarde se ponen más inquietos, entonces tengo que cargarme de paciencia, e intentar calmarla y distraerla, porque no hay medicinas que la tranquilicen. El médico me dice que lo mejor es intentar distraerla, que la trate como a un niño de 3 años. Y eso es lo que hago.

Mis padres
Siguiendo la recomendación de San Josemaría lo más importante que puedo hacer ahora es cuidar de mis padres, como ellos lo hicieron de mí cuando era más joven. Cuidando de mis padres estoy haciendo el Opus Dei, porque veo en ellos a Jesucristo y cuando estoy cansado o agobiado miro la cruz del Señor y recuerdo la cita de Mateo: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame ” (Mt. 16, 24).

A medida que pasa el tiempo y me voy haciendo más mayor, por lo que veo en el colegio y por lo que me cuentan mis amigos y conocidos de edad más avanzada, veo que no soy un mártir, porque hay gente que está peor que yo. A estas personas intento animarlas y que vean en ello la cruz del Señor.

En el pueblo donde resido somos trece mil habitantes, y casi todos nos conocemos, hemos creado una asociación de Alzheimer. El ayuntamiento nos está dando toda clase de facilidades para sacar adelante la asociación, y nos hemos puesto en contacto con los sacerdotes del pueblo para que atiendan espiritualmente a nuestros enfermos.

Cuando voy por la calle mis paisanos me paran y me preguntan por mis padres, a la vez que me animan y felicitan por la labor que estoy haciendo con ellos, yo entonces me acuerdo del dulcísimo precepto del Decálogo del que hablaba San Josemaría y de mi intervención en el programa de radio.

Gabriel Robledillo Amezcua es agregado del Opus Dei

jueves, enero 25, 2007

Tatiana Goritschewa: el "aroma" de la santidad

Cuando concluye el Octavario por la Unidad de los cristianos publicamos este artículo sobre el mensaje del fundador del Opus Dei de una conocida escritora rusa.

A nuestro pueblo de Rusia, torturado pero no aniquilado, le ha quedado una autoridad: los "startsi" (1). En un país en el que raramente se puede conseguir la Biblia, ellos son el Evangelio viviente, la demostración viva de que Dios existe, inalcanzable para el cálculo político y el pensamiento mundano. Los startsi son guías espirituales probados por su vida. Nos salen al encuentro como padres. Y como padres nos salvan, nos dirigen, nos fortalecen, nos contagian su alegría.

En Josemaría Escrivá, a quien he encontrado a través de sus escritos, he encontrado el mismo ánimo, la misma fortaleza y el mismo amor por encima de las fronteras que distingue a los espíritus. Sus obras contienen una respuesta para todo el que anda en busca de confianza. Y he hallado en él también esa autoridad inconfundible que no violenta ni oprime, sino que enamora y entusiasma: la paternidad.

Nuestro tiempo ha perdido autoridades que cohesionen a los hombres, ha perdido la paternidad. Y cuando no hay padres, los hombres se vuelven desarraigados y sin hogar.

El lazo que los emparentaba se rompe, tanto en Occidente como en Oriente. Tras la "muerte de Dios", el hombre mató también al hombre: en el Este, físicamente; en el Oeste, espiritualmente. El nihilismo es el mismo. Por eso son tan valiosas para nosotros esas figuras que son capaces de brillar en la oscuridad de toda Europa y que se convierten en autoridad allí donde se había perdido el mismo concepto de autoridad.

"Este hombre es jovial. No puede ser ateo", dijo Dostoyevski en una ocasión. Y Josemaría Escrivá repite como un estribillo su llamada a la alegría por ser hijos de Dios. Sorprendentemente, la santidad tiene un efecto paradójico. La santidad exige el máximo de nosotros: "sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto".

El santo exige de nosotros que lo abandonemos todo, que tomemos nuestra cruz y sigamos a Cristo. Santidad significa escuchar, atender a esta llamada y obedecerla sin condiciones. Y precisamente obedeciendo nos hacemos libres.

Una obediencia interior, que no tiene nada en común con la esclavitud bajo una ideología y mucho menos con el sometimiento a un sistema político, sea el que sea. A la obediencia interior se la elige libremente.

Por eso la santidad va acompañada de la alegría. El hombre del siglo XX alardea de sus libertades. En realidad es una víctima, y está dominado. No sólo por sus pasiones: la pasión fuerte, al menos hace que se ensanchen los corazones estrechos y que se dilaten los espíritus cuadriculados; hace que se derrita el mundo de sentimientos de piedra y el pensar programado del ordenador. Están dominados, porque apartan su mirada del icono para dirigirla a la televisión y esperan llenar sus anhelos con la publicidad.

En su indigencia, el hombre del siglo XX se pregunta si la Iglesia no significará para él también esclavitud. No admite las respuestas de la tradición y la moral. Sólo lo vivo convence. Un amigo que durante 35 años de su vida había seguido el lema "mejor morir de pie que vivir de rodillas" me contó que experimentó por vez primera la sensación de libertad sin límites del ser obediente al arrodillarse en una iglesia.

También la vida de nuestros maestros espirituales, el espíritu vivo de nuestros santos modernos es una respuesta. Contemplarlos ensancha el alma, nos lleva a la paz. Nuestro mundo interior vuelve a nosotros.

La alegría jovial de la infancia espiritual esconde el Gólgota. Nuestra libertad ha costado mucho. La paternidad espiritual participa de la divina, que nos ha rescatado y liberado por amor. Por eso llamamos padre a aquel por cuya palabra Dios nos borra toda culpa: el confesor. En el sacramento del perdón amoroso se enraíza la paternidad espiritual y el misterio incomprensible de su servicio. Al confesor y al director espiritual no le interesa prohibir esto o aquello. Ni la negación ni la prohibición constituyen el camino del cristiano.

La ascética cristiana no es la negación por la negación, sino un camino "de fuerza en fuerza"; no evitar el pecado, sino crecer en el amor. "Si el monje sólo vive la lucha torturante -dice el starets Padre Sofroniy-, si no conoce la alegría animante, su ascética le aprovecha al diablo". Y Escrivá: "Tu castidad (...) no puede ser de ninguna manera una negación fría y matemática". Antes al contrario, el cristiano debe contagiar con su alegría, contagiar mediante "la santa pureza, que es afirmación gozosa".

Pureza y castidad no son aquí conceptos de la moral, no son "ética fría y abstracta. Son algo más, más profundo, más misterioso, una belleza llena de ternura y de ánimo: la santa pureza es "algo enterizo y delicado a la vez, fino, que evita incluso manifestaciones de palabras inconvenientes, porque no pueden agradar a Dios". En ese aspecto de nuestra vida espiritual no se pierde de vista el todo de la Iglesia, puesto que todo se lleva con el amor y el sacrificio.

Quien ama a la Iglesia espontáneamente, no sólo con su inteligencia, sino con todo su ser, también con el sentimiento y el instinto, sabe que el pecado se queda sin fuerza donde hay santos. "Estas crisis mundiales son crisis de santos", dice Escrivá.

Monseñor Escrivá habla de un ambiente de santidad, incluso de su "buen olor". Sí, la santidad tiene un aroma natural. La santidad se propaga espontáneamente. Y aúna.

El hombre separado de ella acostumbra a vivir en el exterior. Otra vez encontramos la paradoja: buscándose a sí mismo, huye de sí, huye de su yo interior, huye a la entropía de lo impersonal, a la vida social hueca.

Este intento de vivir completamente en los otros termina con la afirmación de Sartre: "El infierno son los otros". No quiere a los demás y tampoco se quiere a sí mismo, precisamente porque está huyendo hacia el egocentrismo y el narcisismo. El amor convierte la presencia de los demás en el paraíso. A la vez defiende el yo interior, la persona espiritual, que se une aún más con Dios.

Me ha impresionado la constante llamada de Escrivá a la santidad de lo cotidiano. Tenemos la inclinación a esperar grandes cosas y grandes hechos. Esta tendencia -hasta el delirio de grandeza- es una señal de los proyectos humanos y las ideologías. Pero el cristianismo no es una utopía ni un simple idealismo. Los iconos contienen, en su perspectiva de fondo, el peculiar anuncio de otorgar atención a las cosas pequeñas: el óbolo de la viuda, la puerta estrecha, el grano de mostaza, el ojo de la aguja. Cuanto mayor es Dios, más pequeño es el mundo.

Su anuncio de lo que no brilla es una señal inequívoca de que el icono no es ideológico. Desde cualquier detalle pequeño nos mira Dios. La ideología está también siempre orientada al futuro. En cambio, Dios es presente. El cristiano vive hoy y aquí. En el hoy están comprendidas la infinitud y la eternidad: "renueva cada jornada el deseo eficaz de anonadarte, de abnegarte, de olvidarte de ti mismo, de caminar 'in novitate sensus', con una vida nueva, cambiando esta miseria nuestra por toda la grandeza oculta y eterna de Dios". Las cosas pequeñas cotidianas van señalando el lugar y momento adecuados y, sobre todo, reales para el amor y la fidelidad.

La poesía del cristianismo tiene su raíz en lo concreto de cada día. El cristiano está llamado, con palabras de Escrivá, a "hacer de la prosa de cada día verso heroico". Justo con el mismo sentido, el starets Paisiy Velichovskiy llamó al monje "mártir de lo cotidiano", y Escrivá al camino del cristiano "sacrificio escondido".

La paternidad es espiritual en la medida en que ella misma sea obediente y se deje guiar por el cielo. En la dirección espiritual se juntan la igualdad y la autoridad de manera admirable. El padre espiritual conduce a su hijo o su hija espiritual hacia arriba; enseña cómo se puede subir un escalón más. Como dice Dionisio Aeropagita, no se vuelve el escalón más alto de la jerarquía espiritual contra el más bajo. Ante la mirada de Dios son todos iguales. Así la dirección espiritual, con toda su igualdad, exige audacia y llama al cristiano a ser siempre fecundo.

Tatjana Goritschewa

(Traducido del ruso por Irina Porudominskaya y Vicente Ayuso)

(1) Los startsi (en singular starets) son sacerdotes o monjes que por su fama de santidad llevan la dirección espiritual de otros fieles en el mundo ortodoxo ruso. Es famoso el starets Tsósima de "Los hermanos Karamazov". La misma Tatiana Goritscheva explica el papel de los startsi en su libro "La fuerza de los débiles". [Subir]

miércoles, enero 10, 2007

Sagrado Corazón de Jesús


Explicación sobre la devoción

La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los primeros tiempos de la Iglesia, desde que se meditaba en el costado y el Corazón abierto de Jesús, de donde salió sangre y agua. De ese Corazón nació la Iglesia y por ese Corazón se abrieron las puertas del Cielo.

La devoción al Sagrado Corazón está por encima de otras devociones porque veneramos al mismo Corazón de Dios. Pero fue el propio Jesús que, en el siglo XVII en Paray-le-Monial, Francia, solicitó, a través de una humilde religiosa, que se estableciera definitiva y específicamente la devoción a su Sacratísimo Corazón.

En efecto, el 16 de junio de 1675, Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacoque. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz. Santa Margarita escuchó a Nuestro Señor decir: "He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor."

Con estas palabras Nuestro Señor mismo nos dice en qué consiste la devoción a su Sagrado Corazón. La devoción en sí está dirigida a la persona de Nuestro Señor Jesucristo y a su amor no correspondido, representado por su Corazón. Dos, pues son los actos esenciales de esta devoción: amor y reparación. Amor, por lo mucho que Él nos ama. Reparación y desagravio, por las muchas injurias que recibe sobre todo en la Sagrada Eucaristía.

La devoción al Corazón de Jesús, no solo se ajusta enteramente a los requisitos mencionados en el documento del Concilio Vaticano II concerniente a la liturgia, sino que, además, se encuentra enraizada en la entraña del mismo Evangelio, de donde proceden todos aquellos ideales, actitudes, conductas y prácticas fundamentales, definitorias del auténtico cristianismo y peculiares del culto cristiano.

En este sentido, la devoción al Corazón de Jesús está totalmente de acuerdo con la esencia del Cristianismo, que es religión de amor. Ya que tiene por fin el aumento de nuestro amor a Dios y a los hombres. No apareció de repente en la Iglesia, ni se puede afirmar que deba su origen a revelaciones privadas. Pues es evidente que las revelaciones de Santa Margarita María de Alacoque no añadieron nada nuevo a la Doctrina Católica.

La importancia de estas revelaciones está unicamente en que sirvieron para que, de una forma extraordinaria, Cristo nos llamase la atención para que nos fijásemos en los misterios de su amor. "En su corazón debemos poner todas las esperanzas". Ya que "la Eucaristía, el Sacerdocio y María son dones del Corazón de Jesús" (Pío XII, Encíclica Haurietis Aquas).