jueves, abril 04, 2013

La clase de religión


Hay muchas razones para una clase de religión. Una podría ser esta:

Narra Giovanni PAPINI [1981-1956]

"Para juzgar lo que podía saber, es conveniente que cuente un recuerdo. […] En esta escuela, […] estaba concedida por la ley la llamada "instrucción religiosa". Eran dispensados de ella los escolares cuyos padres, o quienes hicieran sus veces, enviaran una petición por escrito. Mi padre, ateo, escribió esta petición, y yo quedé exento del catecismo. Dos veces por semana, en las cansadas horas después del mediodía, se asomaba a la puerta un robusto viejo vestido todo de seda negra y raso: todos se ponían en pie con feliz retumbar de pies. A una seña del maestro, otro muchacho y yo salíamos del aula, con la cabeza baja, seguidos por las miradas un tanto envidiosas y otro tanto conmiserativas de ochenta ojos conocidos. El cura no movía ni las pestañas; el maestro le cedía con digna condescendencia el sillón cubierto de tela encerada. 

"Mi compañero de exilio era judío, y nadie podía decir nada sobre su deserción. Al contrario, muchos, para excusarme, creían que yo también era un fiel al Viejo Testamento. Sin embargo, yo sabía que había sido bautizado en San Juan, y un obispo me había impreso en la frente la señal de la confirmación. ¿Por qué misteriosa condena, pues, estaba obligado a la abstinencia de la palabra divina? Mi compañero quería saberlo. 

-¿Eres protestante? ¿Eres excomulgado? ¿Qué es tu padre? 

No sabía contestar. Al fin, para confundirle, afirmé: -Mi padre es ateo. 

-¿Y qué quiere decir ateo? -Que no cree en nada. 

"El oliváceo descendiente de Abrahán me miró fijamente con toda la aguda fuerza de sus húmedos ojos negros; luego me volvió la espalda y ya no me preguntó nunca nada. 
[…]
"En ciertos momentos me sentía orgulloso de aquella unicidad que me distinguía de todos. ¿Acaso no era mi padre un hombre que leía libros y sabía lo que se hacía? Pero, a veces, qué pena, qué opresión, qué remordimiento de no estar yo también allí dentro para apreder aquella misteriosa doctrina que nuestro maestro, a pesar de ser tan bueno, no tenía derecho a enseñar con su sencillo traje de todos los días. No creía porque no sabía bien en qué creían los otros, y mi voluntad de creer estaba reducida a aquellos momentos de soledad; a breves sobresaltos de vergüenza y de nostalgia a la sombra andrajosa de las perchas, en el polvoriento silencio de aquella hora abandonada. 

"Una vez que estaba solo, me arriesgué a escuchar en la puerta. La voz del cura silabeaba los mandamientos.

-"Honrar padre y madre".

"Y durante todo el día, perplejo, pensé: "por qué mi padre prohibe que aprenda a honrarle" 


PAPINI, G. Segundo nacimiento. Ed. Aguilar Madrid 1960



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