jueves, marzo 10, 2005

La fe y el Big Bang. Por André Frossard

"Como lo prueba el desplazamiento del espectro de las galaxias hacia el rojo, el universo está en expansión; algo así como- las oleadas concéntricas de unos fuegos artificiales. Para que las galaxias se desplacen es preciso que hayan tenido un punto de partida. Se supone, pues, que al principio toda la masa del universo estaba condensada en un núcleo imperceptible; mucho más pequeño que una cabeza de alfiler, en el que reinaba un calor espantoso. En un momento dado, acaso hace diez o quince mil millones de años, se produjo algo que no fue propiamente hablando una explosión, sino más bien una brusca dilatación, acompañada por una enorme liberación de energía en el vacío. Esta energía se fue transformando en materia en el transcurso de la dilatación del punto físico inicial hasta formar, en virtud de una serie de metamorfosis (la palabra es impropia, pero cualquiera otra también lo sería) el universo en expansión continua, cuya inmensidad desafía el alcance-de nuestros telescopios.

Esta teoría, originada hace unos sesenta años en las observaciones del astrónomo belga Lemaltre y recogida más recientemente por el físico Gamow, que la ha difundido con el expresivo nombre de "Big Bang" o "Gran Explosión" primordial, ha sido admitida y adoptada hoy por la mayoría de los astrofísicos. Como asigna un comienzo al universo no es en absoluto contraria a la doctrina judeocristiana de la Creación, y la Iglesia podría apoyarse en ella sin reserva alguna para proporcionarle, por fin, una base científica a su predicación.

[Respuesta de André Frossard]

Sin embargo, aunque es cierto que el relato de la creación se abre en la Biblia con la evocación de un "caos", vagamente referido a la nube de partículas (más exactamente, de "quasars") que habrían seguido al Big Bang, también es verdad lo que nos dice el Evangelio: "En el principio existía el Verbo"(1) ó la Palabra, y no otra cosa.

La Iglesia ha procurado siempre no comprometerse con ningún sistema científico. Confió durante un tiempo en la teoría de Ptolomeo, que situaba la-tierra en el centro del mundo, y luego vinieron Copérnico y Galileo que la pusieron entre el enjambre de las estrellas del firmamento, y los eclesiásticos se vieron obligados a seguirles después de una vana tentativa de resistencia. Las teorías científicas poseen la gran ventaja de estar sujetas a revisión, y no tendría nada de particular que a la hipótesis del Big Bang sucediera otra que; en lugar de hablar de expansión, defendiera que las galaxias describen sus majestuosas curvas para confluir en un punto de atracción irresistible y desconocido. ¡Quién sabe! Los trabajos de los físicos y de los astrofísicos encierran el mayor interés, pero no hay motivo para erigir sus hipótesis en doctrina; ni ellos mismos lo hacen por lo mucho que valoran -y con razón- su libertad de examen.

Por lo demás, la teoría del Big Bang presenta bastantes puntos oscuros. Cuando se nos dice, por ejemplo, que la brutal dilatación del punto físico originario libera una enorme cantidad de energía en el vacío, es evidente que el problema se traslada de ese núcleo físico (la "cabeza de alfiler" donde se encuentra concentrada la masa del universo) al mencionado vacío, un vacío absoluto y primordial tan difícil de definir como cualquier misterio del credo cristiano.

Y la teoría no es tan nueva. La misma intuición puede hallarse en la brillante obra maestra de Edgar Allan Poe titulada Eureka, que se publicó en 1848. La teoría del escritor norteamericano es de pura lógica, y .el estado de los conocimientos de su tiempo no permitía al autor que la apoyara en el análisis del espectro de las galaxias o en el ciclo de las reacciones termonucleares, pero el resultado es de una analogía sorprendente: el universo está en expansión y todo él ha salido de . un punto diminuto. Puede suceder que el genio, aun careciendo. de los medios excepcionales de investigación hoy existentes, obtenga los mismos resultados.

En cuanto a la relación entre el texto del Génesis y el Big Bang, hay un error, al menos, en el hecho de que el libro sagrado nos habla del comienzo del mundo visible, no de los secretos de la fabricación de la materia.

Y no olvidemos que nosotros -cristianos, judíos o musulmanes- creernos que el espíritu es anterior a todas las cosas, visibles o invisibles.
29-Enero-2005

Gentileza de Encuentra.com y www.iglesia.org

¿Vale la pena casarse?

Por Tomás Melendo (*)

Bastantes jóvenes aseguran hoy que no ven razón alguna para contraer matrimonio. Se quieren, y en ello encuentran una justificación sobrada para vivir juntos. Estimo que están equivocados, pero los comprendo perfectamente.

Y es que las leyes y los usos sociales han arrebatado al matrimonio todo su sentido: a) la admisión del divorcio elimina la seguridad de que se luchará por mantener el vínculo; b) la aceptación social de «devaneos» extramatrimoniales suprime la exigencia de fidelidad; y c) la difusión de contraceptivos desprovee de relevancia y valor a los hijos.

¿Qué queda, entonces, de la grandeza de la unión conyugal?, ¿qué de la arriesgada aventura que siempre ha sido?, ¿con qué objeto «pasar por la iglesia o por el juzgado»? Vistas así las cosas, a quienes sostienen la absoluta primacía del amor habría que comenzar por darles la razón… para después hacerles ver algo de capital importancia: que es imposible quererse bien, a fondo, sin estar casados.

Hacerse capaz de amar

Aunque pueda suscitar cierto estupor, lo que acabo de sostener no es nada extraño. En todos los ámbitos de la vida humana hay que aprender y capacitarse. ¿Por qué no en el del amor, que es a la par la más gratificante y difícil de nuestras actividades? Jacinto Benavente afirmaba que «el amor tiene que ir a la escuela». Y es cierto. Para poder querer de veras hay que ejercitarse, igual que, por ejemplo, hay que templar los músculos para ser un buen atleta.

Pues bien, la boda capacita para amar de una manera real y efectiva. Nuestra cultura no acaba de entender el matrimonio: lo contempla como una ceremonia, un contrato, un compromiso… Algo que, sin ser falso, resulta demasiado pobre. En su esencia más íntima, la boda constituye una expresión exquisita de libertad y amor. El sí es un acto profundísimo, inigualable, por el que dos personas se entregan plenamente y deciden amarse de por vida. Es amor de amores: amor sublime que me permite «amar bien», como decían nuestros clásicos: fortalece mi voluntad y la habilita para querer a otro nivel; sitúa el amor recíproco en una esfera más alta. Por eso, si no me caso, si excluyo ese acto de donación total, estaré imposibilitado para querer de veras a mi cónyuge: como quien no se entrena o no aprende un idioma resulta incapaz de hablarlo.

A su joven esposa, que le había escrito: «¿Me olvidarás a mí, que soy una provincianita, entre tus princesas y embajadoras?», Bismark le respondió: «¿Olvidas que te he desposado para amarte?». Estas palabras encierran una intuición profunda: el «para amarte» no indica una simple decisión de futuro, incluso inamovible; equivale, en fin de cuentas, a «para poderte amar» con un querer auténtico, supremo, definitivo.

Casarse o «convivir»

No se trata de teorías. Cuanto acabo de exponer tiene claras manifestaciones en el ámbito psicológico. El ser humano sólo es feliz cuando se empeña en algo grande, que efectivamente compense el esfuerzo. Y lo más impresionante que un varón o una mujer pueden hacer es amar. Vale la pena dedicar toda la vida a amar cada vez mejor y más intensamente. En realidad, es lo único que merece nuestra dedicación: todo lo demás, todo, debería ser tan sólo un medio para conseguirlo.

Pues bien, cuando me caso establezco las condiciones para consagrarme sin reservas a la tarea de amar. Por el contrario, si simplemente vivimos juntos, y aunque no sea consciente de ello, todo el esfuerzo tendré que dirigirlo, a «defender las posiciones» alcanzadas, a no «perder lo ganado».

Todo, entonces, se torna inseguro: la relación puede romperse en cualquier momento. No tengo certeza de que el otro se va a esforzar seriamente en quererme y superar los roces y conflictos del trato cotidiano: ¿por qué habría de hacerlo yo? No puedo bajar la guardia, mostrarme de verdad como soy… no sea que mi pareja advierta defectos «insufribles» y decida no seguir adelante. Ante las dificultades que por fuerza han de surgir, la tentación de abandonar la empresa se presenta muy cercana, puesto que nada impide esa deserción…

En resumen, la simple convivencia sin entrega definitiva crea un clima en el que la finalidad fundamental y entusiasmante del matrimonio —hacer crecer y madurar el amor y, con él, la felicidad— se ve muy comprometida.

¿Amor o «papeles»?

Todo lo cual parece avalar la afirmación de que «lo importante» es quererse. Me parece correcto. El amor es efectivamente lo importante. No hay que tener miedo a esta idea. Pero ya he explicado que no puede haber amor cabal sin donación mutua y exclusiva, sin casarse. Los papeles, el reconocimiento social, no son de ningún modo lo importante… pero, en cuanto confirmación externa de la mutua entrega, resultan imprescindibles.

¿Por qué?

Desde el punto de vista social, porque mi matrimonio tiene repercusiones civiles claras: la familia es -¡debería ser!- la clave del ordenamiento jurídico y el fundamento de la salud de una sociedad: es indispensable, por tanto, que se sepa que otra persona y yo hemos decidido cambiar de estado y constituir una familia.

Pero, sobre todo, la dimensión pública del matrimonio -ceremonia religiosa y civil, fiesta con familiares y amigos, participaciones del acontecimiento, anuncio en los medios si es el caso, etc.- deriva de la enorme relevancia que lo que están llevando a cabo tiene para los cónyuges. Si eso va a cambiar radicalmente mi vida para mejor, si me va a permitir algo que es una auténtica y maravillosa aventura… me gustará que quede constancia: igual que anuncio con bombo y platillo las restantes buenas noticias. Igual, no. Mucho más, porque no hay nada comparable a casarse: me pone en una situación inigualable para crecer interiormente, para ser mejor persona y alcanzar así la felicidad. ¿Cómo no pregonar, entonces, mi alegría?

¿Anticipar el futuro?

Es verdad que, a la vista de lo expuesto, bastantes se preguntan: ¿cómo puedo yo comprometerme a algo para toda la vida, si no sé lo que ésta me deparará?, ¿cómo puedo estar seguro de que elijo bien a mi pareja?

A todos ellos les diría, antes que nada, que para eso esta el noviazgo: un período imprescindible, que ofrece la oportunidad de conocerse mutuamente y empezar a entrever cómo se desarrollará la vida en común.

Después, si soy como debo ya sé bastante de lo que pasará cuando me case: sé, en concreto, que voy a poner toda la carne en el asador para querer a la otra persona y procurar que sea muy feliz. Y si ese propósito es serio, será compartido por el futuro cónyuge: el amor llama al amor. Podemos, por tanto, tener la certeza de que vamos a intentarlo por todos los medios. Y entonces es muy difícil que el matrimonio fracase.

Observar y reflexionar

Ciertamente, esa decisión radical de entrega no basta para dar un paso de tanta trascendencia. Hay que considerar también algunos rasgos del futuro cónyuge. Por ejemplo, si «me veo» viviendo durante el resto de mis días con aquella persona; también, y antes, cómo actúa en su trabajo, trata a su familia, a sus amigos; si sabe controlar sus impulsos sexuales (porque, de lo contrario, nadie me asegura que será capaz de hacerlo cuando estemos casados y se encapriche con otro u otra); si me gustaría que mis hijos se parecieran a él o a ella… porque de hecho, lo quiera o no, se van a parecer; si sabe estar más pendiente de mi bien (y del suyo) que de sus antojos…

En definitiva, atender más a lo que es; después, a lo que efectivamente hace, a cómo se comporta; y en tercer lugar, a lo que dice o promete, que sólo tendrá valor cuando concuerde con su conducta.

Relaciones anti-matrimoniales

Y aquí suele plantearse una de las cuestiones más decisivas y sobre las que impera una mayor confusión. La necesidad de conocerse, de saber si uno y otra congenian, ¿no aconseja vivir un tiempo juntos, con todo lo que esto implica?

Se trata de un asunto muy estudiado y sobre el que cada vez se va arrojando una luz más clara. Un buen resumen del status quaestionis sería el que sigue: está estadísticamente comprobado que la convivencia a que acabo de aludir nunca -nunca!- produce efectos beneficiosos. Por ejemplo: a) los divorcios son mucho más frecuentes entre quienes han convivido antes de contraer matrimonio; b) las actitudes de los jóvenes que empiezan a tener trato íntimo empeoran notablemente y a ojos vista… desde ese mismo momento: se tornan más posesivos, más celosos y controladores, más desconfiados e irritables…

La causa, aunque profunda, no es difícil de intuir. El cuerpo humano es, en el sentido más hondo de la palabra, personal; y quizá muy especialmente sus dimensiones sexuales. En consecuencia, la sexualidad sólo sabe hablar un idioma: el de la entrega plena y definitiva.

Mas en las circunstancias que estamos considerando esa total disponibilidad resulta contradicha por el corazón y la cabeza, que, con mayor o menor conciencia, la rechazan, al evitar un compromiso de por vida. Surge así un ruptura interior en cada uno de los novios, que se manifiesta psíquicamente por un obsesivo y angustioso afán de seguridad, cortejado de recelos, temores, suspicacias… que acaban por envenenar la vida en común.

De ahí que a este tipo de relaciones, en contra del uso habitual, prefiera llamarlas «anti-matrimoniales».

Para conocerse de veras

Por otro lado, resulta ingenua la pretensión de decidir la viabilidad de un matrimonio por la «capacidad sexual» de sus componentes: ¡como si toda una vida en común dependiera o pudiera sustentarse en unos actos que, en condiciones normales, suman unos pocos minutos a la semana!

Pero es que la mejor manera de conocer a nuestro futuro cónyuge en ese ámbito consiste, como antes sugería, en observarlo en los demás aspectos de su vida, y tal vez principalmente en los no se relacionan directamente con nosotros: reflexionar sobre el modo cómo se comporta en su familia, en el trabajo o estudio, con sus amigos o conocidos. Si en esas circunstancias es generoso, afable, paciente, servicial, tierno, desprendido…, puede asegurarse, sin temor al engaño, que a la larga esa será su actitud en las relaciones íntimas. Mientras que la «comprobación directa», e incluso la forma de tratarnos, por responder a una situación claramente «excepcional» -el noviazgo- no sólo no proporciona datos fiables sobre su vida futura, sino que en muchos casos más bien los enmascara.

¿Probar a las personas?

Pero se puede ir más al fondo: no es serio ni honrado «probar» a las personas, como si se tratara de caballos, de coches o de ordenadores. A las personas se las respeta, se las venera, se las ama; por ellas arriesga uno la vida, «se juega -como decía Marañón- a cara o cruz, el porvenir del propio corazón».

Además, la desconfianza que implica el ponerlas a prueba no sólo crea un permanente estado de tensión difícil de soportar, sino que se opone frontalmente al amor incondicionado que está en la base de cualquier buen matrimonio.

A lo que cabe añadir otro motivo, todavía más determinante: no se puede (es materialmente imposible, aunque parezca lo contrario) hacer esa prueba, porque la boda cambia muy profundamente a los novios; no sólo desde el punto de vista psicológico, al que ya me he referido, sino en su mismo ser: los modifica hondamente, los transforma en esposos, les permite amar de veras: ¡antes no es posible hacerlo!, como ya apunté.

Pero esta es una cuestión de tanta trascendencia que quizá merezca, íntegro, un nuevo escrito.

(*) Tomás Melendo
Catedrático de Metafísica (Filosofía)
Universidad de Málaga
e-mail: tmelendo@eresmas.net
Colaborador de Arvo.
Este artículo será publicado (impreso) en ESCRITOS ARVO.

miércoles, marzo 09, 2005

Jóvenes católicos defienden la catedral de Barcelona frente a grupos gays y de izquierda


La manifestación fue convocada por las juventudes del tripartito catalán y colectivos homosexuales

GONZALO ALTOZANO / Alba

“¡Basta! Ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Bajo este lema, las juventudes del tripartito catalán (PSC-ERCIU) y la Asociación Universitaria Sin Vergüenza convocaron, con el apoyo de otras 28 organizaciones, el pasado día 26, frente a la catedral de Barcelona, una manifestación de protesta contra la Iglesia Católica.

“Rechazamos las continuas declaraciones de marcado signo homófobo de la Iglesia Católica y sus grupos vinculados atacando la homosexualidad y las nuevas leyes que reconocen el matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción por parte de estas uniones.” A pesar de haber sido convocada con dos meses de antelación y de contar con el apoyo institucional, las expectativas de los jóvenes radicales de izquierda y de los militantes homosexuales se vieron defraudadas.

Los mayores del tripartito dejaron solos a sus ‘cachorros’, pues no acudieron a la concentración tal como les habían prometido hace dos meses, y los activistas gays reconocieron que esperaban una asistencia más numerosa. Guitarras y panderetas “Del colectivo Sin Vergüenza sólo hemos estado unos pocos”, protestababa uno de los contertulios del foro que organiza dicho colectivo en su página www.sinver.org.

Otro internauta se quejaba de que no toda la atención mediática había sido dedicada a ellos: “Hemos salido poco. Pensaba que saldría la actuación del payaso y lo único de lo que se habla es de la contramanifestación”. Se refería este activista gay al centenar de jóvenes cristianos cristianos que desde las cinco de la tarde se apostaron frente a las puertas de la catedral, a modo de escudos humanos, para impedir la entrada en la misma de los radicales que se manifestaban enfrente.

Por los comentarios hechos en el foro de Sin Vergüenza, se deduce que los organizadores de la manifestación anticatólica y progay no contaban con la presencia de los jóvenes cristianos. “Me he quedado parado al ver una contramanifestación”, escribió Mario, el moderador del foro gay. Convocados con sólo unos días de antelación (frente a los dos meses empleados por las juventudes del tripartito y Sin Vergüenza), por las plataformas ciudadanas E-cristians y HazteOír, pertrechados con guitarras y panderetas, ondeando banderas vaticanas y entonando cánticos religiosos, los jóvenes católicos llevaron en todo momento la voz cantante.

Y es que, a pesar de que los radicales y gays iban equipados con potentes equipos de megafonía, las guitarras y panderetas de los activistas cristianos consiguieron acallarlos. “No sé si se han dado cuenta de que no han dejado escuchar la lectura del manifiesto y no hemos podido disfrutar de la performance”, protestaba un militante gay, según recoge Forumlibertas.com en su edición del día 28.

Parodias e insultos

Otro punto en el que los manifestantes católicos marcaron la agenda de la jornada fue en el de los cánticos; tanto, que los de los militantes de la izquierda radical y del movimiento gay consistieron, sobre todo, en una parodia de los de los primeros. Así, cuando los jóvenes convocados por Ecristians y HazteOír gritaban “¡Viva Cristo Rey!”, los de la acera de enfrente respondían “¡Viva Cristo gay!”. O “¡Juan Pablo II, te quiere todo el mundo!” por “¡Juan Pablo II, te vas al otro mundo!” .

Pero éstas no fueron las únicas faltas de respeto hacia las creencias religiosas de los católicos mostradas por los activistas gays y los cachorros del tripartito. Según recoge Forumlibertas.com, órgano de expresión digital vinculado a E-cristians, hubo manifestantes que teatralizaron la oración cristiana, imitando gestos y trances.

A pesar de que se vivieron momentos de tensión, no hubo que lamentar incidentes. Únicamente, y según el relato de uno de los contramanifestantes, a mitad de la manifestación, un numeroso grupo de radicales y gays se dirigieron al Palacio Episcopal, cuya puerta fue insistentemente aporreada. Fue entonces cuando, según el relato de este testigo, cuatro adolescentes, no vinculados a E-cristians ni a HazteOír, se enfrentaron con los alborotadores.

Desde estas plataformas condenan tajantemente cualquier acto de violencia al tiempo que consideran “un éxito” la contramanifestación.



Tres semanas después del ‘Informe Iceta’

Casualmente, o no, la manifestación contra la Iglesia Católica del pasado día 26 se produjo tres semanas después de que el PSC hiciese público un documento en el que se acusaba a la jerarquía católica de “insultar, atacar gravemente e incitar a la discriminación y la violencia contra el colectivo homosexual”.

En el informe, se proponía acabar con iniciativas de la sociedad civil como las misas populares de las fiestas mayores de los pueblos con las ofrendas de títulos deportivos.

El ponente del documento fue el portavoz socialista en el Parlamento catalán, Miquel Iceta. “Existe una ofensiva de la jerarquía católica para imponer a todos los ciudadanos sus respetables convicciones y su determinada forma de ver la vida”, afirmó Iceta durante la presentación del informe.

Se da la circunstancia de que el propio Iceta apoyó la manifestación del sábado 26. Nada extraño si se tiene en cuenta que el 2 de febrero abogó por la revisión de los acuerdos Iglesia- Estado y que es un destacado y reconocido militante del movimiento gay.

martes, marzo 08, 2005

Aldo Naouri, pediatra y escritor: «Educar es frustrar; la permisividad sólo crea tiranos»

Dice lo que casi todos los padres estábamos esperando oír: que por este camino no vamos a ninguna parte. Tras cuarenta años de relación con la infancia a través de la Pediatría, Aldo Naouri nos da pistas sobre el origen de los conflictos familiares y propone remedios para todos, porque muchos somos padres, pero de lo que no cabe duda es de que todos somos hijos.

Resignarnos a no ser amados por nuestros vástagos. He ahí el principio de la educación según Aldo Naouri, pediatra francés que revolucionó los fundamentos de la educación y de las relaciones familiares con best-sellers como «Las hijas, las madres» (Tusquets), y que sostiene que la frustración es el motor de la educación. Ahora vuelve a zarandear las confusas conciencias paternales con su «Padres permisivos, hijos tiranos» (Ediciones B), buscando desesperadamente una reacción. «Lo que yo defiendo -explica- no significa volver atrás, como alguien ha insinuado, sino establecer el punto de partida desde el respeto escrupuloso de las necesidades del niño. Así que partamos de un consenso: no vamos a retroceder, vamos a buscar el mejor modus vivendi entre padres e hijos y entre los propios padres. Vamos a marcar las diferencias y los límites. Vamos a dejar de criar niños tiranos, incapaces además de ser felices porque ni siquiera se sienten totalmente vivos».

¿Qué estamos haciendo mal los padres?

-Fundamentalmente, el intentar seducir a los hijos. Los padres quieren que sus hijos les amen, y por ese deseo se crean los niños tiranos, que se convertirán en adultos individualistas, no tendrán nunca buenas relaciones sociales y acabarán haciéndose la guerra los unos a los otros. El problema, por tanto, no es sólo que los niños tiranos hacen imposibles las relaciones familiares, sino que además alterarán en el futuro la convivencia social.

En su libro habla de la necesidad del retorno a la ley y de la importancia de la autoridad. ¿Cómo debe ser la mano dura del siglo XXI?

-La mano dura consiste en concienciarse y saber que el niño también tiene que sufrir en la vida y que no se le puede dejar simplemente al libre albedrío de sus propios impulsos. El niño es un individuo muy sensible a todo aquello que constituye su propio placer, es un ser profundamente egoísta y, por lo tanto, lo único que persigue es volverse bulímico de gusto y si se le deja que vaya por ese camino se convertirá en un dictador.

-¿Sólo hablando nos hacemos entender o es necesario apelar al castigo?
-A cualquier edad se sabe que no se puede sacar al niño de esa propensión a ser tirano nada más que entrando en conflicto con él y estando decididos a no perder la batalla. Y eso, claro que implica el castigo. Pero entre los castigos no incluyo el físico. Sólo hablo de castigos de comportamiento, como, por ejemplo, al niño que roba en una tienda, sus padres le obligan a devolver lo robado y le castigan a estar sin ver la televisión un mes y sin poder conectarse a esas máquinas que interactúan con el televisor. Durante ese mes, todos los días el niño ha repetido «no lo volveré a hacer, dejadme ver la televisión». Me han preguntado si había que perdonarle ante estas señales de arrepentimiento y levantarle el castigo, y mi respuesta fue no: si han dicho un mes, es un mes, porque está en juego es su credibilidad. Acostumbrarse al «lo digo y lo haces» puede llevar un día o un mes, pero esa victoria es para siempre y, además, es muy saludable para el niño.

Ahora que habla de la televisión, ¿sirve a los niños para algo?
-No.

-¿Estamos a tiempo de enderezar el rumbo o muchos tendrán que tirar la toalla?
-Créame: estamos a tiempo, pero sólo si los medios de comunicación nos ayudan.

-¿Cuál es su modelo ideal de familia?

-Usted lo ha dicho: es un ideal, algo que uno quiere poner en marcha, quiere implantar, pero que como todas las utopías es muy difícil lograrlo. El modelo ideal está formado, para empezar, por unos padres que ante todo son una pareja, y el hijo, que ocupa un estatus inferior, y que no interfiere en esa relación. Eso permitirá hacer del niño un adulto de calidad.

-¿Qué opina del «casi no les veo el pelo a mis hijos, pero el ratito que estoy con ellos es de calidad»?

-Excelente. El ocuparse de los hijos no implica la cantidad de tiempo. La calidad de la comunicación compensa la escasez de cantidad.

-¿Y del sentimiento de culpabilidad de las madres que no acaban de creer que la cantidad no importa?

-Las madres siempre hallarán una razón para culpabilizarse. ¿Y por qué? Porque para una madre traer un hijo al mundo es una fuente de placer, pero, en cualquier caso, trae al mundo un niño destinado a morir, y eso una madre no lo acepta. Esa paradoja inaceptable siempre la llevará a sentirse culpable.

Proclama que educar es frustrar. ¿Cuál es la mejor herramienta para hacerlo?

Sin duda, el uso del «no», porque durante el embarazo el cuerpo de la madre está diciendo siempre que sí al niño, si necesita azúcar le da azúcar, si oxígeno, toma oxígeno. Una vez que sale a la vida aérea, los síes ya son más raros. Cuando de niño pide una cosa siempre hay una connotación sexual, sea niño o niña. Cuando la madre contesta que no a un niño, ella es el objeto de la petición y ella es la que lo niega. El niño acepta ese no. ¿Por qué? Pues porque si el que dice no es el padre, al niño siempre le cabe la posibilidad de decir «él ha dicho que no, pero ella habría dicho que sí». Y en la madre está el «te digo no en nombre de tu padre porque a él le dije que sí y así es como te hemos hecho». El sí de la madre en la vida del niño es el sí que ella le dice al padre.

¿A qué edad hay que empezar a frustrar?

-En 1945, el doctor Spock publicó un libro en el que ya decía que a los niños había que empezar a frustrarles desde los tres meses, cuando dejan de mamar cuando quieren y lo deben hacer a horas fijas y en cantidades fijas. Es una forma inteligente y justa que le enseña a esperar cuando tiene hambre. Años después esta disposición desapareció de las ediciones siguientes del libro y se fomentó la permisividad absoluta que ha colocado al niño en lo alto de la pirámide, en la tiranía. Educar es frustrar y entrenar a la madre en frustrar al hijo. La madre no estará siempre disponible para él y eso hará con más facilidad que ella vuelva a ser la mujer de su hombre.

También ha diagnosticado que lo peor que le puede pasar a un ser humano es tener una madre inquieta. Acaba de dar la puntilla a millones de madres trabajadoras al borde de un ataque de nervios.

-No es la puntilla, para eso también hay salvación. Las madres pueden volverse menos inquietas y tener confianza en la fuerza vital de los hijos. Confíe en no olvidar, e insisto en esto por ser muy importante, que antes la proporción de muertes naturales de niños en el primer año era de 400 por mil; ahora, en la nueva sociedad, es menos de cinco por mil. Por eso hay razones para confiar en los hijos y dejar de inquietarse. Salvo la muerte, todo tiene solución.

-¿Cómo deberían ser los mejores padres?

-La mejor madre es la que lo es al 51 por ciento y mujer al 49 por ciento; el mejor de los padres, es el que es hombre al 98 por ciento y padre al 2.

-Ya sabe eso de que en casa del herrero cuchillo de palo. ¿Qué tal sus hijos?

-Estoy muy satisfecho cuando veo en lo que se han convertido, sobre todo gracias a su madre. Hace unas noches pudimos aplaudir con orgullo la actuación en el teatro de uno de mis hijos, que es un gran cantante de ópera. Puedo decirle que la madre de mis hijos les ha protegido frente a mis excesos y yo he hecho lo mismo: protegerlos de los excesos de su madre.

-¿Volverá a estar de moda la Educación con mayúsculas?

-Así lo espero. Es una cuestión crucial. Pero para este empeño es imprescindible la ayuda de los medios de comunicación. Hay que buscar el retorno de la Educación y el respeto. Y cuando digo respeto no hablo de ausencia de crítica: respeto es la clarividencia en puntos diferentes. Tenemos tanto respeto por nuestros hijos como ellos por nosotros.
«La adopción por parejas homosexuales es aberrante»

-Habla de la relevancia de la familia clásica y de la importancia de los papeles tradicionales de padre y madre. ¿Es partidario de la adopción de niños por homosexuales?

-La familia tradicional tenía un apoyo de la sociedad que reforzaba la figura del padre. En esa familia, el padre era considerado como el individuo más importante, estableciendo una situación que llevaba a abusos. La fórmula que yo propongo para crear una pareja no necesita de ese apoyo social al papel del padre, se trata de un modelo de inspiración democrática. La adopción de niños por parejas homosexuales me parece simplemente una aberración. Una vez que han sido aceptados los controles de natalidad y los niños son claramente fruto de la voluntad de los individuos, se han convertido en verdaderos productos de los muchos que consumimos. Tenemos una relación con los niños igual que la tenemos con el coche que nos hemos comprado. Queremos que sean perfectos y para lograrlo intentamos seducirles. Si aceptamos dejar que las parejas de homosexuales adopten a los niños estamos radicalizando aún más el producto. La prueba está clara: las parejas que no pueden tener hijos quieren conseguirlos de la misma forma que se compra una cosa. Si de nuestros niños hacemos un producto, de los hombres del futuro haremos lo mismo. Esa es la primera de las razones. La segunda es que un niño construye su identidad sexual en gran parte de la identidad sexual de sus padres; si las parejas homosexuales quieren que tenga una conducta heterosexual, el niño lo que va a hacer es cuestionarse cuál es entonces la desgracia de sus padres y le va a crear un problema suplementario que los demás niños no tienen; si los padres homosexuales dicen que la condición de ellos es el ideal, entonces lo que sucederá es que caeremos en un proselitismo que no podemos aceptar.

Título: «Padres permisivos, hijos tiranos»
Autor: Aldo Naouri
Editorial: Ediciones B
Páginas: 333
Precio: 17 Euros
TEXTO: VIRGINIA RÓDENAS, FOTOS: CHEMA BARROSO


lunes, marzo 07, 2005

Burgos recuerda a san Josemaría

Y en Logroño que vivió y estudió, nada de nada. Paciencia.

El Prelado del Opus Dei acudió el 4 de marzo a Burgos para participar en el XXIX Simposio Internacional de Teología del Sacerdocio. Además, visitó al Alcalde burgalés, quien anunció la futura dedicación de una plaza a san Josemaría cerca del monasterio de las Huelgas.

La jornada comenzó a las diez de la mañana, en la Facultad de Teología del Norte de España, donde dictó una conferencia sobre San Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei. Es una de las ocho figuras sacerdotales españolas del siglo XX que analizaron teólogos y expertos durante tres jornadas. San Pedro Poveda, Ángel Herrera y el cardenal Merry del Val fueron otras de las personalidades a debate en el simposio.

Mons. Echevarría esbozó ante los medios de comunicación la figura del fundador del Opus Dei: “Fue un sacerdote que amó apasionadamente a este mundo, que significa también amar a todas las personas de todos los tiempos y de todas las condiciones. Tenía conciencia clara de ser un instrumento inepto para una obra de Dios, pero cuando pasó Dios por su vida, se dedicó con todas sus energías a lo que le había entregado”.

Resaltó la relevancia que su mensaje tiene para la Iglesia universal: “San Josemaría tiene la originalidad de recordar lo que Cristo ha venido a indicarnos con su vida: que todos estamos llamados a la santidad. En esa locura de amor que es la Cruz, ha venido a decirnos que todos estamos llamados a participar en esta tierra de la unión con Dios”.

También recordó los 14 meses que el santo vivió en Burgos, en los años 1938 y 1939: “Aquí san Josemaría puso mucha parte de esa semilla que luego ha producido frutos de ámbito universal. El Opus Dei nació en España, pero no es español, ha sido universal desde sus comienzos. Apenas hubo unos pocos fieles en el Opus Dei, y el Fundador ya soñaba con la expansión de la Obra a otros sitios. Aquí en Burgos fue cobrando fuerza ese deseo de llegar a todas las almas”.

Raíces cristianas de España

El Prelado habló también de la importancia del cristianismo en la historia de España: “Las raíces de España son totalmente cristianas. Esto no se puede olvidar, porque se caería en el extremo opuesto de marginar a la mayoría de los españoles, que tienen en su historia y en su trasfondo esa formación cristiana y esa preferencia cristiana. Eso es lo que da verdaderamente dignidad a las personas: el sentido cristiano”.

Al preguntarle por la situación de la Obra, dijo que el Opus Dei está, como el resto de la Iglesia, en crecimiento. “No se detiene la fuerza de Dios, aunque puedan encontrarse muchos obstáculos. Los que participamos en esta empresa de Cristo, sabemos que siempre se puede y se debe hacer más. Y hay gente que aun desconociendo a Cristo, está deseando ponerse a su alcance”.

Más de 200 personas asistieron a la conferencia sobre san Josemaría en la Facultad de Teología. El arzobispo de Burgos, monseñor Francisco Gil Hellín, presentó al Prelado a los asistentes e introdujo la ponencia titulada ‘El santo de lo ordinario’. En sus palabras, apuntó que san Josemaría es “un sacerdote español y universal que ha supuesto una gran incidencia en los laicos cristianos de todo el mundo, y también para los sacerdotes seculares”. Señaló con agrado que “a lo largo de su vida, no dejó nunca de recordar con gran cariño aquella estancia suya en Burgos”.

Plaza Josemaría Escrivá en Burgos

Tras la ponencia, Mons. Echevarría visitó el Ayuntamiento de la ciudad, donde fue recibido por el Alcalde, Juan Carlos Aparicio, quien le expuso los planes del Consistorio de dedicar a San Josemaría una plaza de próxima construcción en Burgos. Estará emplazada junto al barrio residencial de La Castellana.

El alcalde explicó que la elección de este emplazamiento -que Mons. Echevarría pudo conocer en unos planos- obedece a su proximidad al Monasterio de las Huelgas, ligado a la tesis doctoral del fundador del Opus Dei. Según Juan Carlos Aparicio, estos nuevos espacios “tendrán la calidad urbanística y arquitectónica que se merecen”.

Monseñor Echevarría agradeció la iniciativa al Alcalde, a la Corporación y a los promotores de la plaza. La idea de solicitar la dedicación de un espacio público al fundador tuvo su origen en el año 2002, cuando se conmemoró el centenario de su nacimiento.

Los impulsores han sido la Fundación Cauce, el Colegio Campolara, la Agrupación de Antiguos Alumnos Burgaleses de la Universidad de Navarra, la Cartuja de Miraflores, la Comunidad de Religiosos Carmelitas de Burgos, comunidades religiosas de clausura y otras instituciones civiles, educativas y de asistencia social.

También se han sumado a la iniciativa diversos burgaleses como Rafael Frühbeck de Burgos, el Arzobispo de la diócesis y Agustín Montero (superior de los Hermanos Maristas en Burgos).


martes, marzo 01, 2005

“Queremos enriquecer el entorno social y fortalecer las familias”

California, en el barrio chino de San Francisco

Hang Ah Hillside, un centro cultural sin ánimo de lucro, promueve en San Francisco varios programas para el desarrollo educativo de niñas de 8 a 12 años y la promoción de mujeres adultas. “Queremos enriquecer el entorno social y fortalecer las familias”, señala Ruth Mercado, coordinadora de la iniciativa.


25 de febrero de 2005

San Francisco, ciudad rica en culturas y monumentos, es conocida por sus empinadas calles y por los tranvías que las recorren. A uno de éstos se suben tres veces al mes unas cuantas chicas para dirigirse a una de las colinas de Chinatown, el barrio chino. Allí, en un sencillo edificio de ladrillos de nombre Hang Ah, se dan cita los sábados por la mañana para intentar poner remedio a sus dificultades escolares. Un grupo de voluntarias les esperan para ofrecerles asesoramiento personalizado, de acuerdo con las necesidades de cada una.

Las tutoras, en su mayoría jóvenes tituladas universitarias, analizan el nivel de las diferentes asignaturas, para centrar la atención en aquellas que resultan más difíciles. “Este tipo de voluntariado tiene una importancia primordial en la sociedad”, señala Ruth Mercado, coordinadora de los programas de Hang Ah, “porque hay pocas cosas más tristes que un talento desperdiciado”.

La mañana de los sábados comienza con una hora de trabajo individual, que varía según los casos. A una le ayudan con las matemáticas, hasta lograr que dé con la solución a los problemas; a otra, que está leyendo en voz alta, le interrogan sobre el texto, para ayudarle a mejorar en la comprensión de los conceptos; una tercera debe esforzarse por escribir no sólo correctamente, sino según los requisitos propios de cada tipo de texto y teniendo en cuenta el lector al que se dirige, etc. El objetivo inmediato es conseguir que las jóvenes saquen adelante el curso, pero lo que Hang Ah Hillside pretende es mucho más: “REACH Tutoring Program”, como se llama el programa de ayuda académica, persigue no sólo que las chicas puedan despuntar en matemáticas, ciencias, inglés y otras asignaturas, sino que dignifiquen su vida a través del aprendizaje de algunas virtudes humanas y cristianas. La oferta educativa de Hang Ah comprende también talleres de cocina y manualidades, conferencias y clases sobre temas de actualidad.

Sede de Hang Ah Hillside.
La formación de las chicas tiene por tanto varios frentes. Además del trabajo escolar, tiene enorme importante la tutoría personalizada, en la que de semana a semana, con la ayuda de una tutora, las chicas repasan y actualizan los objetivos personales y académicos que se han propuesto a sí mismas. “Más que de un examen de la semana, se trata de una charla cordial, amable y a la vez exigente, donde se repasan algunos puntos indispensables para el crecimiento personal de las niñas”, explica una tutora.

Después de un tiempo dedicado al estudio, las alumnas reciben una clase sobre un determinado tema. Antes de que vuelvan a sus casas, un almuerzo en común pone punto final a la mañana.


En apoyo de la mujer
La iniciativa surgió a raíz de un programa de estudio dirigido que llevaron a cabo dos mujeres residentes en el barrio, Cion Nepomuceno y Genny Berry, en el colegio Old St. Mary’s. Aquella actividad, que había comenzado con niñas, podía claramente expandirse a mujeres adultas. “Toda la familia tenía que ser apoyada y estimulada”, explica Genny Berry. Su sueño se hizo realidad en 1999, cuando se adquirió y renovó el actual edificio de Hang Ah Hillside, gracias a la aportación económica de un donante anónimo. Salas especiales para el asesoramiento, aulas para las clases, una biblioteca, una sala de estar...: las nuevas instalaciones dotaron a este centro de la capacidad suficiente para ofrecer programas formativos a mujeres profesionales. Entre otras actividades dirigidas a profesionales, despertó gran interés un debate sobre Juan Pablo II y su teología del cuerpo. Además, tiene muy buena acogida el curso de orientación para matrimonios, que da algunas pautas para conseguir sacar adelante positiva y conjuntamente la vida profesional y familiar.

La Danza del Dragón.
La nueva sede de Hang Ah fue inaugurada en enero de 2004 con un acto bilingüe, en chino y en inglés. Los festejos incluyeron la tradicional Danza del León Chino, que todavía hoy se ejecuta en China cuando tiene lugar la apertura de negocios o la inauguración de eventos importantes, y una presentación multimedia de las actividades de Hang Ah Hillside. La intervención de Sharon Hefferan, directora de la iniciativa social ‘Metro Achievement Center’ de Chicago, alentó a los asistentes a soñar con el enorme servicio que este nuevo centro podrá prestar tanto a los vecinos de Chinatown como a los de la zona metropolitana. “San Francisco es el quinto condado más grande de los Estados Unidos y su zona metropolitana cuenta con más 7 millones de habitantes. En medio de toda esta gente, hay muchos necesitados. Hay que soñar con poder ayudar y servir un día a todos. Proyectos como Hang Ah encuentran su sentido en este contexto de auténtica solidaridad”, señaló.

Durante los últimos dos años, Hang Ah Hillside ha participado con un stand en la feria anual de la ‘Chinatown Community’. Ha sido una ocasión excelente para dar a conocer a miles de personas las actividades del Centro. Con este mismo objetivo se celebró también recientemente una jornada de puertas abiertas en la que los vecinos de Chinatown pudieron conocer Hang Ah con sus propios ojos. “Aprendimos mucho de nuestros vecinos –dice Ruth Mercado-. Hablando con las muchas personas que vinieron pudimos comprar que cuando uno se propone mejorar el mundo, aunque sea un poco, encuentra verdaderos amigos”.

Si desea recibir más información o colaborar económicamente con Hang Ah Hillside Cultural Center puede dirigirse a:
Ruth Mercado
883 Sacramento Street
San Francisco, CA 94108. USA


© 2005, Oficina de información del Opus Dei en Internet

sábado, febrero 26, 2005

COMPADECERSE DEL PAPA

CUANDO se reclama la renuncia del Papa suelen invocarse razones de compasión. Su deterioro físico promueve lástima; y esa lástima impulsa a algunos a solicitar que se ahorren padecimientos a un viejo que, a cada día que pasa, incorpora nuevos achaques a su profuso historial clínico. Al menos, retirado de su ministerio -se afirma-, podrá consumir sus postrimerías más apaciblemente. Esta argumentación adolece, sin embargo, de incongruencia: pues compadecer el sufrimiento de alguien no consiste en lamentarlo, sino, sobre todo -como la propia etimología de la palabra indica-, en comprenderlo, en hacerse partícipe de ese sufrimiento. Para llegar a sentir verdadera compasión hemos de meternos en el pellejo del que sufre; compadecer desde la lejanía quizá sea una coartada que nos sirva para posar de solidarios ante la galería, pero es una actitud en sí misma falsorra, una contradictio in terminis. Visto desde fuera, el sufrimiento del Papa puede antojársenos inútil, estéril, absolutamente ininteligible; y entonces, para descifrarlo, hemos de recurrir a explicaciones que no penetran su verdadera naturaleza; explicaciones que suelen quedarse en la cáscara -la ostentosa decrepitud de un anciano aferrado patéticamente al cargo- y que, por lo tanto, se aderezan con una munición de mentecateces de diverso pelaje: que si el Papa es rehén de sus validos, temerosos de ser relegados si su valedor los abandona; que si el Papa está dispuesto a alargar con su agonía la agonía de la Iglesia; que si oscuros pero poderosísimos grupúsculos integristas lo obligan a seguir en la brecha para afianzar y extender su influencia, etcétera, etcétera.

En todas estas explicaciones subyace un fondo de incomprensión (de falta de compasión) hacia el significado último de tanto sufrimiento. La banalidad contemporánea no puede -o no quiere- admitir que el Papa desempeña una misión espiritual en la cual el dolor forma parte de una encomienda divina. Sólo así resulta inteligible su resistencia. El Papa, como hombre mortal que es, estaría encantado de recoger el petate y retirarse a una villa campestre, atendido por una legión de chambelanes solícitos; pero antepone su misión sobre los achaques de la carne, porque esa misión la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. No creo que ni siquiera sea necesario creer en Dios para comprender esa perseverancia en el sacrificio; basta con entender que existen vocaciones que enaltecen el barro con el que estamos fabricados. A la postre, la resistencia agónica del Papa al dolor es un caso notorio de supremacía del espíritu; pero quizá una época empeñada en acallar o negar el espíritu no pueda compadecer ese gesto.

El Papa titulaba uno de sus libros más recientes con las palabras que Jesús dirigía a sus discípulos dormilones en el huerto de Getsemaní: «¡Levantaos! ¡Vamos!». La comprensión cabal del Papado de Juan Pablo II exige que nos detengamos en la lectura de este pasaje evangélico, donde nos enfrentamos a la naturaleza rabiosamente humana de Jesús, angustiado ante la proximidad de la cruz. Como Jesús, el Papa preferiría apartar de sí el cáliz de dolor que se le tiende; pero, aunque su alma está «triste hasta la muerte» -como reconocía Jesús, mientras sudaba sangre-, entiende que su voluntad no cuenta, que existe otra voluntad suprema a la que debe obedecer, aunque al acatar ese mandato sepa que está inmolándose. En esa inmolación generosa en la que el hombre entrega su hálito por mejor servir la misión que le ha sido encomendada reside el misterio de la fe; en esa comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden su mera envoltura carnal se cifra la epopeya interior de Juan Pablo II.

Compadezcámoslo desde dentro, respirando por su misma herida luminosa.
Por Juan Manuel DE PRADA

viernes, febrero 25, 2005

Amor, con mayúsculas



Acabamos de celebrar el Día de los Enamorados y querría hacer unas reflexiones sobre el 'Amor', con mayúscula. Es algo grande, aunque se ha trastocado esa palabra tanto, que parece cosa de nuestros abuelos o de siglos pasados, vivir un noviazgo limpio y alegre entre dos jóvenes que dicen quererse, para llegar después a un matrimonio y formar una familia, basada en la fidelidad y el respeto mutuo.

Claro que basta abrir los ojos para darse cuenta de que el amor entre un hombre y una mujer, atraviesa en estos momentos una terrible crisis. Decía un santo de nuestros días que el amor crece a medida que pasa el tiempo. Aunque haya penas y contrariedades, esas dificultades no tienen por qué enfriar y acabar con el amor, cuando es verdadero.

La fidelidad entre dos personas que se quieren de verdad, es una maravilla, que hay que hacer comprender a esta estupenda juventud que bulle a nuestro alrededor, porque siendo generosos, solidarios y comprensivos, no tienen la formación y la fortaleza suficiente, para evitar copiar lo que ven en el cine o la televisión.

El noviazgo es para conocerse: conocer el carácter, modo de ser y pensar de la otra persona y respetarse. Actualmente se ve como natural mantener relaciones sexuales durante el noviazgo y, eso es precisamente lo menos adecuado para llegar a un matrimonio donde prime el amor del uno por el otro. El compromiso del matrimonio es serio, y cito palabras de Juan Pablo II: «Un hogar no se puede alimentar del fuego del placer, que se consume rápidamente, como un puñado de hierba seca».

Hoy vivimos en una sociedad que siembra la duda respecto a la idea del comprometerse en el nombre del amor, con la fidelidad en la vida cotidiana. Los enamorados, cuando se quieren de verdad, saben comportarse y respetarse con todo el cariño del mundo y ser felices. También es verdad que para vivir así en estos tiempos, han de ir contra corriente, pero merece la pena para tener una vida matrimonial sin sobresaltos, dudas o temores. Mucha gente normal vive así y no llama la atención, ni acapara los periódicos, porque un matrimonio consolidado no vende, pero sí previene muchos problemas de índole social y educativa, que empiezan a proliferar.

Tendrían que esforzarse padres y educadores en inculcar valores, que eviten entre la gente joven esos fines de semana y esas movidas, que les deterioran y, desde luego, no les hace felices. Animo a todos a poner manos a la obra.

jueves, febrero 24, 2005

¿Sabías que...

Para que vea Jesús que yo también estoy en la onda...
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El Papa vuelve a ser hospitalizado en el Policlínico Gemelli por una recaída en su gripe


ROMA, 24 Feb. (EUROPA PRESS)

El Papa Juan Pablo II volvió hoy a ser hospitalizado en el Policlínico Gemelli, donde estuvo ingresado diez días por complicaciones respiratorias, debido a una recaída en su gripe, según anunció el Vaticano.

El portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro Valls, declaró que debido a una "recaída" del síndrome gripal es necesaria "una oportuna asistencia de especialistas y posteriores análisis".

El Pontífice tenía que haber oficiado hoy el consistorio en el que se anunciarán las fechas de santificación de cinco nuevos santos pero no asistió a la ceremonia.

El Papa fue hospitalizado el pasado 1 de febrero por una laringotraqueitis aguda que le había provocado algunas crisis respiratorias y estuvo ingresado hasta el 10 de febrero.

Ayer, el Vaticano anunciaba que el Papa no participaría en la audiencia publica general ni se asomaría a la ventana para saludar a los fieles debido al frío. El Pontífice realizó una breve aparición a través de una videconferencia en la que apareció en buenas condiciones de salud.

miércoles, febrero 23, 2005

De Togo a Granada, guiado por la Providencia

“Con ocho años abandoné Togo, camino de Francia. A los doce años volví a mi país, aunque me trasladé a estudiar a Costa de Marfil. Yo pensaba que España era un país lleno de toros, ángeles y santos. Tras conocer el Opus Dei vi que el santo... podía ser yo”. Testimonio de Ramón Takely, togolés, supernumerario del Opus Dei.

Tengo 23 hermanos. Nací en Togo donde mis padres me transmitieron una educación cristiana en un país de mayoría católica. Los domingos no encuentras nunca un sitio libre en la Misa. Cuando era pequeño, pensaba que España era un país lleno de toros, ángeles y santos. Desde joven esa idea es la que tenía en mi cabeza. Y claro, tampoco España era realmente así. Pero cuando conocí el Opus Dei en Granada pensé que la santidad estaba cerca, y que no iba descaminado en que el santo... podía ser yo.

Ahora, con 43 años, una mujer y dos niños, intento vivir un cristianismo cercano, del día a día. La historia no es muy larga. Abandoné Togo con ocho años camino de Francia, ya que es el destino habitual de los togoleses.

Regresé de nuevo al continente africano a los doce años. Entonces viví en Costa de Marfil, donde terminé bachillerato. Como quería estudiar en la universidad, me enviaron de nuevo a Francia. Así que estuve en Marsella con una beca de la UNESCO. A los tres años decidí acabar los estudios más al sur... por lo que me trasladé hasta la Universidad de Granada para licenciarme en filología francesa y en pedagogía.

Al final, entre tanto mareo de viajes y países, “me he quedao aquí, en Graná”. Han pasado casi doce años desde que llegué al final de este viaje. Para mí fue una maravilla poder terminar mis estudios universitarios en esta ciudad andaluza, aunque los primeros meses fueron duros. Me costó el acento. Como la gente se come tantos finales de palabra, estaba a dos velas y al principio recuerdo, por ejemplo, que un señor me dijo “na de na” y estuve preguntándome seis meses por aquella expresión “na de na”, hasta que ya capté su significado.

Mientras tanto, proseguía mis estudios. En la Facultad de Pedagogía conocí a una religiosa (sor Milagros) quién me apoyó en mi formación católica y a través de ella contacté con otros españoles que tenían interés por recibir formación e impartir catequesis. Así es como conocí a Inmaculada, mi mujer con la que me casé tres años después.

No es casualidad, es providencia

Durante un tiempo me dediqué a trabajar impartiendo clases particulares de francés e inglés. Un alumno me habló del Opus Dei. Al cabo de otros tres años, no sé porqué (la casualidad no existe: en África lo llamamos providencia) comencé trabajar en el colegio Mulhacén, en el que el Opus Dei se hace cargo de la formación religiosa.

En el colegio me llamó la atención el afecto humano de la gente hacia los demás. No te dan una cara falsa, se abren de corazón. Y eso me impactó de las personas del Opus Dei. Un amigo me prestó un libro, charlamos... Así que pensé que, si esto no era casualidad, me pregunté: ¿qué puedo hacer yo por Dios, por los demás y por mi familia? Me di cuenta de que en Granada si había encontrado a mi mujer y mi carrera, también podría encontrar más fuerza en Dios.

Hoy soy del Opus Dei. Mi mujer no lo es, pero se da cuenta de que ser del Opus Dei es una entrega de servicio a la familia y a los demás gracias al de Arriba. No hago cosas raras. Rezo cuando debo y trabajo cuando me toca, y cansado por las noches cuando llego a casa les cuento cuentos a mis hijos.

Togo y el mensaje cristiano del Opus Dei

David y Sergio, con cinco y tres años y medio me miran con los ojos abiertos y así pienso que hace Dios. Nos educa en sus misterios mientras nos pasmamos. Nos cuenta la vida pero sin pedir explicaciones a cambio. A eso lo llaman fe ¿no?

Quizá hoy sea el único togolés del Opus Dei en el mundo, pero eso no importa, porque en el futuro rezo para que haya muchas más personas que se acerquen a Dios a través de esta institución de la Iglesia. A principios de este curso académico conocí en Torreciudad al Prelado del Opus Dei, Javier Echevarría, y estuve a punto de hacerle una pregunta sobre de la labor de la Obra en Togo, un país que acogería muy bien el espíritu cristiano del trabajo cotidiano.

De momento, como yo soy el único Opus Dei de Togo en todo el mundo, he puesto en marcha una pequeña fundación. Un proyecto personal para ayudar a que niños desfavorecidos puedan escolarizarse en la escuela y ser educados cristianamente: es la Fundación Takely. De esta forma, espero confío en que en Togo y desde Togo siempre haya más canteras de ángeles y santos.

«Alguien desvió esta bala»: Juan Pablo II recuerda el atentado

En su libro «Memoria e identidad», publicado este miércoles

MADRID/ROMA, miércoles, 23 febrero 2005 (ZENIT.org).- Este miércoles, la publicación simultánea en Italia, Alemania, Brasil y España del quinto libro de Juan Pablo II --«Memoria e Identidad. Conversaciones al filo de dos milenios»-- permitirá a cientos de miles de personas conocer de primera mano los sentimientos del Papa cuando sufrió el atentado en 1981, una experiencia que él mismo comparte en sus páginas junto a su secretario personal, monseñor Stanislaw Dziwisz.

El libro es fruto de conversaciones del Papa con los filósofos polacos Józef Tischner y Krzysztof Michalsk en los jardines de Castelgandolfo en el verano del 1993. A este material, el Santo Padre ha añadido o reelaborado algunos pasajes del volumen. Recoge en conjunto reflexiones sobre las grandes cuestiones de nuestro tiempo.

La editorial italiana «Rizzoli» tiene los derechos internacionales del volumen. De su lanzamiento este miércoles en español se ha encargado «La Esfera de los Libros» (www.esferalibros.com).

A continuación publicamos íntegras las páginas del relato del atentado contra el Santo Padre, qué significó para él y su reflexión sobre las «proporciones gigantescas» del mal en el siglo XX, las redes del terror que hoy amenazan a millones de inocentes y finalmente sobre el sentido del sufrimiento, que abre las puertas a la esperanza, pues «no existe mal del que Dios no pueda obtener un bien más grande».

* * *



EPÍLOGO



La última conversación tuvo lugar en el pequeño comedor del palacio pontificio de Castel Gandolfo. Participó también el secretario del Santo Padre, monseñor Stanislaw Dziwisz.

«Alguien desvió esta bala»



¿Cómo se desarrollaron verdaderamente los hechos de aquel 13 de mayo de 1981? El atentado y todo lo que comportó, ¿no revelaron alguna verdad sobre el papado, tal vez olvidada? ¿No se podría leer en ellos un mensaje peculiar de su misión personal, Santo Padre? Usted visitó en la cárcel al autor del atentado y se encontró con él cara a cara. ¿Cómo ve hoy aquellos sucesos, después de tantos años? ¿Qué significado han tenido en su vida el atentado y los demás acontecimientos relacionados con él?

Juan Pablo II: Todo esto ha sido una muestra de la gracia divina. Veo en ello una cierta analogía con la prueba a la que fue sometido el cardenal Wyszynski durante su prisión. Sólo que la experiencia del primado de Polonia duró más de tres años, mientras que la mía fue más bien breve, apenas unos meses. Agca sabía cómo disparar y disparó ciertamente a dar. Pero fue como si alguien hubiera guiado y desviado esa bala...

Stanislaw Dziwisz: Agca tiró a matar. Aquel disparo debería haber sido mortal. La bala atravesó el cuerpo del Santo Padre, hiriéndolo en el vientre, en el codo derecho y en el dedo índice izquierdo. El proyectil cayó después entre el Papa y yo. Oí dos disparos más, y dos personas que estaban a nuestro lado cayeron heridas.
Pregunté al Santo Padre: «¿Dónde?» Contestó: «En el vientre.» «¿Le duele?» «Duele.»
No había ningún médico cerca. No había tiempo para pensar. Trasladamos inmediatamente al Santo Padre a la ambulancia y a toda velocidad fuimos al Policlínico Gemelli. El Santo Padre iba rezando a media voz. Después, ya durante el trayecto, perdió el conocimiento.
Varios factores fueron decisivos para salvar su vida. Uno de ellos fue el tiempo, el tiempo empleado para llegar a la clínica: unos minutos más, un pequeño obstáculo en el camino, y hubiera llegado demasiado tarde. En todo esto se ve la mano de Dios. Todos los detalles lo indican.

Juan Pablo II: Sí, me acuerdo de aquel traslado al hospital. Estuve consciente poco tiempo. Tenía la sensación de que podría superar aquello. Estaba sufriendo, y esto me daba motivos para tener miedo, pero mantenía una extraña confianza.
Dije a don Stanislaw que perdonaba al agresor. Lo que pasó en el hospital, ya no lo recuerdo.

Stanislaw Dziwisz: Casi inmediatamente después de la llegada al policlínico llevaron al Santo Padre al quirófano. La situación era muy grave. Su organismo había perdido mucha sangre. La tensión arterial bajaba dramáticamente, el latido del corazón apenas era perceptible. Los médicos me sugirieron que administrara la Unción de los Enfermos al Santo Padre. Lo hice de inmediato.

Juan Pablo II: Prácticamente estaba ya del otro lado.

Stanislaw Dziwisz: Después hicieron al Santo Padre una transfusión de sangre.

Juan Pablo II: Las complicaciones posteriores y el retardo en todo el proceso de restablecimiento fueron, después de todo, consecuencias de aquella transfusión.

Stanislaw Dziwisz: El organismo rechazó la primera sangre. Pero se encontraron médicos del mismo hospital que donaron su propia sangre para el Santo Padre. Esta segunda transfusión tuvo éxito. Los médicos hicieron la operación sin muchas esperanzas de que el paciente sobreviviría. Como es comprensible, no se preocuparon para nada del dedo índice traspasado por la bala. Me dijeron: «Si sobrevive, ya se hará algo después para resolver este problema.» En realidad, la herida del dedo cicatrizó sola, sin ninguna intervención particular.
Después de la operación, llevaron al Santo Padre a la sala de reanimación. Los médicos temían una infección que, en aquella situación, podía ser fatal. Algunos órganos internos del Santo Padre estaban gravemente afectados. La operación fue muy difícil. Pero, finalmente, todo cicatrizó perfectamente y sin complicaciones, aunque todos saben que éstas son frecuentes tras una intervención tan compleja.

Juan Pablo II: En Roma el Papa moribundo, en Polonia el luto... En mi Cracovia, los estudiantes organizaron una manifestación: la «marcha blanca.» Cuando fui a Polonia, dije: He venido para agradeceros la «marcha blanca». Estuve también en Fátima para dar gracias a la Virgen.
¡Dios mío! Esto fue una dura experiencia. Me desperté sólo al día siguiente, hacia el mediodía. Y dije a don Stanislaw: «Anoche no recé Completas.»

Stanislaw Dziwisz: Para ser más exactos, usted, Santo Padre, me preguntó: «¿He rezado ya Completas?» Porque pensaba que todavía era el día anterior.

Juan Pablo II: No me daba cuenta alguna de todo lo que sabía don Stanislaw. No me decían que la situación era tan grave. Además, había estado inconsciente durante bastante tiempo.
Al despertar, me hallaba incluso de bastante buen ánimo. Por lo menos al principio.

Stanislaw Dziwisz: Los tres días siguientes fueron terribles. El Santo Padre sufría muchísimo. Porque tenía drenajes y cortes por todos los lados. No obstante, la convalecencia seguía un proceso muy rápido. A comienzos de junio, el Santo Padre volvió a casa. Ni siquiera tuvo que seguir una dieta especial.

Juan Pablo II: Como se ve, mi organismo es bastante fuerte.

Stanislaw Dziwisz: Algo más tarde, el organismo fue atacado por un virus peligroso, como consecuencia de la primera transfusión o tal vez del agotamiento general. Se había suministrado al Santo Padre una enorme cantidad de antibióticos para protegerlo de la infección. Pero eso redujo notablemente sus defensas inmunológicas. Comenzó a desarrollarse así otra enfermedad. El Santo Padre fue llevado de nuevo al hospital.
Gracias a una terapia intensiva, su estado de salud mejoró de tal manera que los médicos estimaron que se podía acometer una nueva operación para completar las intervenciones quirúrgicas realizadas el día del atentado. El Santo Padre escogió el 5 de agosto, el día de Nuestra Señora de las Nieves, que en el calendario litúrgico figura como el día de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor.
También aquella segunda fase fue superada. El 13 de agosto, tres meses después del atentado, los médicos emitieron un comunicado en el que informaban de la conclusión de los cuidados clínicos. El paciente pudo regresar definitivamente a casa.
Cinco meses después del atentado, el Papa volvió a asomarse a la plaza de San Pedro para recibir de nuevo a los fieles. No demostraba sombra alguna de temor ni de estrés, por más que los médicos hubieran advertido de esta posibilidad. Dijo entonces: «Y de nuevo me he hecho deudor de la Santísima Virgen y de todos los santos Patronos. ¿Podría olvidar que el evento en la plaza de San Pedro tuvo lugar el día y a la hora en que, hace más de sesenta años, se recuerda en Fátima, Portugal, la primera aparición de la Madre de Cristo a los pobres niños campesinos? Porque, en todo lo que me ha sucedido precisamente ese día, he notado la extraordinaria materna protección y solicitud, que se ha manifestado más fuerte que el proyectil mortífero.»

Juan Pablo II: Durante el tiempo de Navidad de 1983 visité al autor del atentado en la cárcel. Conversamos largamente. Alí Agca, como dicen todos, es un asesino profesional. Esto significa que el atentado no fue iniciativa suya, sino que algún otro lo proyectó, algún otro se lo encargó. Durante toda la conversación se vio claramente que Alí Agca continuaba preguntándose cómo era posible que no le saliera bien el atentado. Porque había hecho todo lo que tenía que hacer, cuidando hasta el último detalle. Y, sin embargo, la víctima designada escapó de la muerte. ¿Cómo podía ser?
Lo interesante es que esta inquietud lo había llevado al ámbito religioso. Se preguntaba qué ocurría con aquel misterio de Fátima y en qué consistía dicho secreto. Lo que más le interesaba era esto; lo que, por encima de todo, quería saber.
Mediante aquellas preguntas insistentes, tal vez manifestaba haber percibido lo que era verdaderamente importante. Alí Agca había intuido probablemente que, por encima de su poder, el poder de disparar y de matar, había una fuerza superior. Y, entonces, había comenzado a buscarla. Espero que la haya encontrado.

Stanislaw Dziwisz: Considero un don del cielo el milagroso retorno del Santo Padre a la vida y a la salud. El atentado, en su aspecto humano, sigue siendo un misterio. No lo ha aclarado ni el proceso, ni la larga reclusión en cárcel del agresor. Fui testigo de la visita del Santo Padre a Alí Agca en la cárcel. El Papa lo había perdonado públicamente ya en su primera alocución después del atentado. Por parte del prisionero nunca le he oído pronunciar las palabras: «Pido perdón.» Le interesaba únicamente el secreto de Fátima. El Santo Padre recibió varias veces a la madre y los familiares del ejecutor, y con frecuencia preguntaba por él a los capellanes del instituto penitenciario.
En el aspecto divino, el misterio consiste en todo el desarrollo de este acontecimiento dramático, que debilitó la salud y las fuerzas del Santo Padre, pero que en modo alguno aminoró la eficacia y fecundidad de su ministerio apostólico en la Iglesia y en el mundo.
Pienso que no es ninguna exageración aplicar en este caso el dicho: «Sanguis martyrum semen christianorum». Tal vez había necesidad de esta sangre en la plaza de San Pedro, en el lugar del martirio de muchos de los primeros cristianos.
El primer fruto de esta sangre fue sin duda la unión de toda la Iglesia en la gran oración por la salud del Papa. Durante toda la noche después del atentado, los peregrinos venidos para la audiencia general y una creciente multitud de romanos rezaban en la plaza de San Pedro. Los días sucesivos, en las catedrales, iglesias y capillas de todo el mundo, se celebraron misas y se elevaron plegarias por la recuperación del Papa. El mismo Santo Padre decía a este respecto: «Me resulta difícil pensar en esto sin emoción. Sin una profunda gratitud para todos. Hacia todos los que el día 13 de mayo se reunieron en oración. Y hacia todos los que han perseverado en ella durante este tiempo [...]. Estoy agradecido a Cristo Señor y al Espíritu Santo, el cual, mediante este evento, que tuvo lugar en la plaza de San Pedro el día 13 de mayo a las 17.17, ha inspirado a tantos corazones para la oración común. Y, al pensar en esta gran oración, no puedo olvidar las palabras de los Hechos de los Apóstoles que se refieren a Pedro: “La Iglesia oraba insistentemente a Dios por él” (Hch 12, 5)».3

Juan Pablo II: Vivo constantemente convencido de que en todo lo que digo y hago en cumplimiento de mi vocación y misión, de mi ministerio, hay algo que no sólo es iniciativa mía. Sé que no soy el único en lo que hago como Sucesor de Pedro.
Pensemos, por ejemplo, en el sistema comunista. Ya he dicho precedentemente que su caída se debió principalmente a los defectos de su doctrina económica. Pero quedarse únicamente en los factores económicos sería una simplificación más bien ingenua. Por otro lado, también sé que sería ridículo considerar al Papa como el que derribó con sus manos el comunismo.
Pienso que la explicación se halla en el Evangelio. Cuando los primeros discípulos enviados en misión vuelven a Cristo, dicen: «Hasta los demonios se nos someten en tu nombre» (Lc 10, 17). Cristo les contesta: «No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo» (Lc 10, 20). Y en otra ocasión añade: «Decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”» (Lc 17, 10).
Siervos inútiles... La conciencia del «siervo inútil» crece en mí en medio de todo lo que ocurre a mi alrededor, y pienso que me va bien así.
Volvamos al atentado: creo que haya sido una de las últimas convulsiones de las ideologías de las prepotencias surgidas en el siglo XX. El fascismo y el hitlerismo propugnaban la imposición por la fuerza, al igual que el comunismo. Una imposición similar se ha desarrollado en Italia con las Brigadas Rojas, asesinando a personas inocentes y honestas.

Al leer de nuevo hoy, después de algunos años, la transcripción de las conversaciones grabadas entonces, noto que las manifestaciones de los «años de plomo» se han atenuado notablemente. No obstante, en este último período se han extendido en el mundo las llamadas «redes del terror», que son una amenaza constante para millones de inocentes. Se ha tenido una impresionante confirmación en la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York (11 septiembre 2001), en el atentado en la Estación de Atocha en Madrid (11 marzo 2004) y en la masacre de Beslan en Osetia (1-3 septiembre 2004). ¿Dónde nos llevarán estas nuevas erupciones de violencia?
La caída del nazismo, primero, y después de la Unión Soviética, es la confirmación de una derrota. Ha mostrado toda la insensatez de la violencia a gran escala, que había sido teorizada y puesta en práctica por dichos sistemas. ¿Querrán los hombres tomar nota de las dramáticas lecciones que la historia les ha dado? O, por el contrario, ¿cederán ante las pasiones que anidan en el alma, dejándose llevar una vez más por las insidias nefastas de la violencia?
El creyente sabe que la presencia del mal está siempre acompañada por la presencia del bien, de la gracia. San Pablo escribió: «No hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos» (Rm 5, 15). Estas palabras siguen siendo actuales en nuestros días. La Redención continúa. Donde crece el mal, crece también la esperanza del bien. En nuestros tiempos, el mal ha crecido desmesuradamente, sirviéndose de los sistemas perversos que han practicado a gran escala la violencia y la prepotencia. No me refiero ahora al mal cometido individualmente por los hombres movidos por objetivos o motivos personales. El del siglo XX no fue un mal en edición reducida, «artesanal», por llamarlo así. Fue el mal en proporciones gigantescas, un mal que ha usado las estructuras estatales mismas para llevar a cabo su funesto cometido, un mal erigido en sistema.
Pero, al mismo tiempo, la gracia de Dios se ha manifestado con riqueza sobreabundante. No existe mal del que Dios no pueda obtener un bien más grande. No hay sufrimiento que no sepa convertir en camino que conduce a Él. Al ofrecerse libremente a la pasión y a la muerte en la Cruz, el Hijo de Dios asumió todo el mal del pecado. El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre otros, un dolor más o menos grande, sino un sufrimiento incomparable. Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro orden: en el orden del amor. Es verdad que el sufrimiento entra en la historia del hombre con el pecado original. El pecado es ese «aguijón» (cf. 1 Co 15, 55-56) que causa dolor e hiere a muerte la existencia humana. Pero la pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro. Ha introducido en la historia humana, que es una historia de pecado, el sufrimiento sin culpa, el sufrimiento afrontado exclusivamente por amor. Es el sufrimiento que abre la puerta a la esperanza de la liberación, de la eliminación definitiva del «aguijón» que desgarra la humanidad. Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor, y aprovecha incluso el pecado para múltiples brotes de bien.
Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación, una promesa de la alegría: «Me alegro de sufrir por vosotros», escribe san Pablo (Col 1, 24). Esto se refiere a todo sufrimiento causado por el mal, y es válido también para el enorme mal social y político que estremece el mundo y lo divide: el mal de las guerras, de la opresión de las personas y los pueblos; el mal de la injusticia social, del desprecio de la dignidad humana, de la discriminación racial y religiosa; el mal de la violencia, del terrorismo y de la carrera de armamentos. Todo este sufrimiento existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo al servicio generoso y desinteresado de los que se ven afectados por el sufrimiento.
En el amor, que tiene su fuente en el Corazón de Jesús, está la esperanza del futuro del mundo. Cristo es el Redentor del mundo: «Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron» (Is 53, 5).

La celda sellada de Sor Lucía



La celda sellada de Sor Lucía



Vittorio MESSORI escritor y periodista
Sor Lucía, añadiendo más enigma al enigma (o para el que lo prefiera, más casualidad a la casualidad), se ha ido un día 13, la misma fecha en la que tuvieron lugar las apariciones en la Cova da Iria, en la desolada estepa azotada por el viento del Atlántico; la misma fecha también en que Alí Agca apuntó su pistola contra Juan Pablo II.

Pero la desaparición de la última vidente no ha cerrado el caso. Es más: quizá lo ha reabierto hacia horizontes desconocidos. No sabemos qué encontrarán en su inaccesible celda de enclaustrada en la que, como ha confirmado el obispo de Coimbra, sor Lucía podría haber tenido otras apariciones; la celda en la que ha escrito un diario en el que ha redactado cartas para los papas, donde ha apuntado sus intuiciones místicas. La celda ya ha sido sellada y todo lo que hay dentro de ella será revisada por teólogos y monseñores de confianza enviados, se supone, por el mismo cardenal Ratzinger que, como custodio de la ortodoxia, debe cuidarse de tentaciones visionarias que siempre vuelven. Y tampoco puede negarse que esas cartas terminen, apartadas para siempre, en alguna sección no consultable del Archivo Secreto del Vaticano.

A diferencia de santa Bernardette que, en el convento de Nevers vivió como una monja más excepto en su continuo sufrimiento físico, la carmelita Irmá Maria Lucia de Jesus y do Coraçao Inmaculado (para el siglo Lucía de Jesus dos Santos) siguió su misterioso destino de mediadora con «otra» realidad. Dicen que en el propio monasterio era venerada, pero nunca temida, como testigo de una dimensión inquietante, como depositaria de una sabiduría que no le venía ciertamente de su origen de campesina pobre e ignorante, sino de un privilegio sobrenatural.

Pablo VI quiso dedicar uno de sus pocos viajes al lugar de Fátima: aquel Papa intelectual, formado en la cultura francesa, no parecía moverse a gusto en el mundo de la mística. Sin embargo, con esta carmelita tuvo un largo coloquio privado, un tête-à-tête del que, quizá, quede una trascripción en las cartas de la difunta y en el que el Papa Montini quiso sondear las capacidades proféticas que se le atribuían a Sor Lucía. Es bien sabido que el Papa Juan Pablo II no ha dejado nunca de pedirle oraciones especiales para necesidades especiales: de la Iglesia y personales. Y fue el mismo Papa Wojtyla el que, violando de algún modo la prudencia milenaria del Magisterio en cuestiones de «revelaciones privadas», quiso que el propio Secretario de Estado leyera en su presencia -con posterior comentario teológico por el Cardenal Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe- las pocas líneas escritas a lápiz por la religiosa cuando todavía era joven.

El tercer secreto. Era el mítico «Tercer Secreto». Una lectura solemne, que, lejos de disipar el misterio, ha abierto otros muchos: sobre la interpretación, sobre los contenidos, sobre la totalidad del texto revelado. Sigue, y seguirá quizá por siempre, la madeja inquietante que Fátima representa. Embrollada también por las pasiones políticas, por un anticomunismo militante que ha utilizado a menudo como una maza las palabras de la Virgen sobre los «errores que Rusia esparcirá en el mundo» y que ha acusado al Papa Juan Pablo II y a sus sucesores de no haber querido revelar el Tercer Secreto y haber rechazado proceder a la consagración de Moscú al Corazón Inmaculado de María, como pedía la aparición. Pero los misterios se han concentrado también alrededor del nombre de la oscura aldea, que se ha convertido en una de las metas de peregrinación más frecuentadas del mundo. ¿Por qué la Virgen ha querido aparecerse en el único lugar de Occidente que se llama igual que la hija predilecta de Mahoma, aquella «Fátima» que en el mundo islámico toma de algún modo (sobre todo para los chiíes) el papel que desarrolla María en el catolicismo? Ésta es venerada por los musulmanes, dispuestos a lapidar a quien ponga en duda su virginidad perpetua; pero todavía por encima de María está Fátima, la bella, la santa, la misericordiosa esposa de Alí, primo del Profeta. Según algunos magistrados (y con los cuales comparto lectura), el ambiguo «killer» que disparó en la plaza de San Pedro un trece de mayo, día en que la liturgia de la Iglesia celebra Nuestra Señora de Fátima, no fue pagado por los servicios secretos del Este, sino por integristas islámicos, probablemente iraníes, que querían vengarse del «atraco» sufrido. María, en Fátima, se había aparecido para ellos, no para los infieles cristianos que se habían apropiado del suceso: esto era lo que, desde hacía años, se gritaba en las escuelas coránicas.

Preguntas, problemas, enigmas inextricables en torno a esta aparición singular, porque su verdad está entre las más evidentes en la historia de los carismas. Difícil, realmente, negar que «algo» grande y terrible sucedió en 1917 en aquel rincón de Portugal cuando tenemos tantas fotografías e incluso retazos cinematográficos que muestran una multitud de decenas de miles de personas, primero desconcertadas y después en fuga, aterrorizadas por el sol que «bailaba» y que después, rotando, parecía precipitarse sobre la tierra para incendiarla. Ni siquiera la masa de «espíritus fuertes», de «librepensadores» llegados de Lisboa y Oporto para burlarse de la «superstición» osó negar la realidad del evento aterrorizador. Es más, muchos se convirtieron al catolicismo más ferviente (como ocurrió con el corresponsal del periódico de las Logias, ásperamente anticlericales) y testificaron en el proceso de beatificación de los dos pastorcillos muertos pocos después, tal y como la Señora había predicho.

Resulta difícil pensar que Lucía, líder de aquel pobre grupito, no siga en los altares la suerte de sus primos. Aunque también aquí surge un enigma, o si se quiere, otra primicia en la Historia de la Iglesia: una especie de «santa anunciada», una persona predestinada aún estando viva a la gloria del Canon, la lista de los que son proclamados ejemplos e intercesores para el mundo.

María interviene en la Historia. Fátima, por tanto, no es más que un eslabón en la cadena de las intervenciones marianas reconocidas oficialmente por la Iglesia. Una serie de eventos que acompañan a la modernidad desde que surgieron en 1830, cuando tuvo lugar la aparición en París, en la rue du Bac, contemporánea a la caída definitiva de los Borbones, y por tanto, al final sin retorno del Antiguo Régimen. Lourdes, 1858, es contemporánea al triunfo del cientifismo, del positivismo ateo. Fátima, 1917, lo es de la revolución soviética. Banneux, en las Ardenas belgas, 1933 (la última aparición reconocida en Europa) coincide exactamente con la toma de poder por parte de Hitler. Existe, para los creyentes, una suerte de «historia paralela» que acompaña a la oficial, como si la Madre de Cristo quisiera intervenir en los momentos decisivos para confortar y advertir. De esta historia milagrosa, la carmelita muerta en Coimbra el primer domingo de cuaresma ha sido el último testigo. Al menos por ahora. (trad. M. Velasco)