lunes, agosto 16, 2004

Praderas de manzanilla

No sabía que esta chica hubiera estado en mi tierra. Este tipo de planta es desconocida fuera. Ya no hay enmi pueblo, ¡no tengo pueblo! ¡cómo va a haber! El sabor amargo de la infusión que tan poco me gustaba de niña y que lo disfrazaba con un poco de limón. Pero mamá todavia consigue tomar todos los días la manzanillita. Le compraré el abc para que lo lea.


La manzanilla es una flor que no huele hasta que la deshaces con los dedos, o le pasas el cortacésped por encima, es decir, que da olor cuando ya no existe.

En cuanto veo como ayer por la mañana la manzanilla plenamente florecida, aunque sea sólo en un pequeño rodal, me acuerdo de Laguna de Cameros y de sus praderas en verano cubiertas de manzanilla, y de un pastor y de un perro, caminando por ellas. Pero recuerdo todavía mejor la casa que fuera una antigua posada, con nombre de pez, tal vez se llamaba sencillamente «El pez», y que aún conservaba su distribución primera, con cocinas en las habitaciones. En lo alto, en lo que era un desván o un sobrado, casi en penumbra, tan solo alumbrada por la luz de un ojo de buey, descansaba la manzanilla sobre las hojas de los periódicos, para secarse la flor lentamente con el aire de la sierra. Aquella imagen me impresionó aún más que la del campo y el pastor y el perro, y ahora pienso que tal vez lo que yo quise hacer de mi vida, estaba en ese desván, y que no ha consistido más que en tratar de poner una flor sobre las hojas del periódico.

Ojalá, cuando yo desaparezca de estas páginas, consiga dar el olor que da la manzanilla.

Mónica Fernández-Aceytuno

domingo, agosto 15, 2004

El tiempo y la hora en Logroño


La Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos

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"Y apareció en el cielo una mujer vestida de sol,
con la luna bajo sus pies y 12 estrellas a
su alrededor. Más impresionante que un ejército
en orden de batalla". (Apocalipsis, 12).




EL RELATO DE UN SANTO

Un santo muy antiguo, cuenta así cómo fue la muerte de la Santísima Virgen.

Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo morir.

Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuando ya había empleado todo su tiempo en enseñar la religión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado a tantas personas tristes, y había ayudado a tantos enfermos y moribundos, hizo saber los apóstoles que ya se aproximaba la fecha de partir de este mundo a la eternidad.

Los apóstoles la amaban como a la más bondadosa de todas las madres y se apresuraron a viajar para recibir de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sacrosantas manos su última bendición.

Fueron llegando,y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas veces los habían bendecido.

Para cada uno de ellos tuvo palabras de consuelo y de esperanza. Y luego, como quien se duerme en el más plácido de los sueños, fue Ella cerrando santamente sus ojos, y su alma, mil veces bendita, partió para la eternidad.

La noticia cundió por toda ciudad, y no hubo un cristiano que no viniera a rezar junto a su cadáver, como por la muerte de la propia madre.

Su entierro más parecía una procesión de Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima protectora en el cielo, para interceder por cada uno de los discípulos de Jesús.

En el aire se sentían suavísimos aromas, y parecía escuchar cada uno armonías de músicas suaves.

Pero Tomás, Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Cuando arribó ya habían regresado de sepultar a la Santísima Madre.

Pedro -dijo Tomás- no me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi madre amabilísima y darle un último beso en esas manos santas que tantas veces me bendijeron.

Y Pedro aceptó.

Se fueron todos hacia su santo sepulcro, y cuando ya estaban cerca empezaron a sentir, de nuevo suavísimos aromas en el ambiente y armoniosa música en el aire.

Abrieron el sepulcro y en vez del cadáver de la Virgen, encontraron solamente... una gran cantidad de flores muy hermosas. Jesucristo había venido, había resucitado a su Madre Santísima y la había llevado al cielo.

Esto es lo que llamamos la Asunción de la Virgen (cuya fiesta se celebra el 15 de agosto).

¿Y quién de nosotros, si tuviera los poderes del Hijo de Dios, no hubiera hecho lo mismo con su propia Madre?

El 1o. de noviembre de 1950 el Papa Pío XIII declaró que el hecho de que la Virgen María fuera llevada al cielo en cuerpo y alma es una verdad de fe que obliga a ser creída por todo católico.

Antes de esta declaración habían llegado a Roma memoriales del todas las Universidades Católicas del mundo y de todos los obispos del orbe, pidiendo que el Papa declarara Dogma de fe que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo.

En los 3,000 colegios de la Familia Salesiana se rezaban cada día, desde hacía muchos años, tres Gloriapatris, por orden de San Juan Bosco, para que el Papa declarara el Dogma de la Asunción.

De sólo España habían llegado a Roma ya 727,000 firmas pidiendo la declaración del dogma de la Asunción.

San Alfonso Rodríguez vio un 15 de agosto cómo fue la recepción de la Santísima Virgen en el cielo el día de su llegada, y quedó extasiado, inmensamente emocionado.

San Esteban, Rey de Hungría, celebraba con mucha solemnidad la fiesta de la Asunción de María el 15 de agosto, y ese día fue llevado por Dios a la eternidad.

San Juan Berchmans, y San Estanislao de Kostka, jóvenes jesuitas, deseaban ir a celebrar en el cielo la fiesta de la Asunción. San Juan Berchmans murió el 14 de agosto, y San Estanislao en la mañana del 15, con el rosario en la mano y pronunciando los santísimos nombres de Jesús y María, y fueron a celebrar la gran fiesta de Asunción al cielo.

Santa Teresa dice que vio un día de la la Asunción cómo fue la llegada de la Santísima Virgen al cielo y que desde entonces quedó con el inmenso deseo de sufrir y trabajar con conseguirse un puesto en el paraíso.

"Que hermoso es tener una madre que no se me va a morir". (P. Ortúzar).

sábado, agosto 14, 2004

En el portal católico El Testigo Fiel

Me encantó esta noticia que reproducen de Aci:

Internos de penal peruano ceden sus alimentos a damnificados del sur del país

LIMA, 14 Ago. 04 (ACI).- El Obispo del Callao, Mons. Miguel Irizar, visitó a los internos del penal de máxima seguridad “Miguel Castro Castro”, quienes le hicieron entrega de cuatro toneladas de víveres correspondientes a cuatro días de su alimentación en el penal, que serán donados a los damnificados por la intensa ola de frío que azota el sur del país.

La donación fue hecha en el marco de la campaña “Abrigando al Sur” que llevan a cabo el Obispado del Callao, la Municipalidad Provincial, la Región y Multimercados Minka.

La aportación de los internos del penal incluye productos como arroz, frijoles y azúcar, entre otros.

En representación de los internos, el Presidente del Instituto Nacional Penitenciario (INPE), Wilfredo Pedraza, entregó la donación a Mons. Irizar, quien destinará los productos a través de Cáritas diocesanas de las zonas afectadas.

El Prelado compartió unos momentos con los internos del penal animándolos a no perder la esperanza, y agradeció el gesto que debe servir de ejemplo para todos. “Nadie puede sentirse excluido y no dar la mano al que sufre”, señaló el Obispo.




jueves, agosto 12, 2004

miércoles, agosto 11, 2004

La revolución francesa y el matrimonio

Del nuevo Estado revolucionario francés emanaron formas particulares de contemplar instituciones tradicionales como la familia. La invasión de terrenos antes reservados al ámbito de lo puramente personal o privado fue una constante durante los años de la Revolución, quedando muchos de los rasgos o aspectos de esa invasión incorporados a la legislación francesa y al derecho internacional.

El matrimonio, institucionalización religiosa de la unidad familiar, se secularizó, siendo considerado un contrato civil. A partir de este momento, el Estado interviene en las uniones matrimoniales mediante un representante que garantiza la legalidad de la unión, sin cuya presencia la ceremonia carece de validez. Igualmente, el Estado reglamentó el matrimonio estableciendo los requisitos necesarios para poder contraerlo, los aspectos formales y legales del mismo y las consecuencias de la unión para la futura prole.Además de sobre el matrimonio, otros aspectos relacionados con el ámbito familiar se vieron afectados por la inmiscusión del Estado en los asuntos privados. Así, por ejemplo, se regularon los procesos de adopción, se otorgaron ciertos derechos a los hijos naturales, se legalizó el divorcio y se restringieron los poderes paternos, en especial la facultad de desheredar a los hijos. Siguiendo a Lynn Hunt, en el capítulo correspondiente de la "Historia de la vida privada" (dirigido por Ariès y Duby), los niños, al decir de Danton, "pertenecen a la República antes que a sus padres".

La creación de tribunales de familia dio un paso más en este sentido. Su finalidad última era procurar una vía de intervención de la familia por parte del Estado, imponiendo su control sobre el familiar o el eclesiástico.Pero, ¿por qué ese afán por controlar y reglamentar hasta ámbitos tan puramente privados? Desde luego, la finalidad de los revolucionarios y su nuevo orden social era procurar la felicidad de los individuos, garantizar la igualdad y fabricar una nueva sociedad basadas en principios de libertad y equilibrio. No se les escapaba que, para lograrlo, debían realizar profundas transformaciones en un orden, el antiguo, que ya llevaba demasiado tiempo en vigencia.

Los cambios, pues, habrían de tener efecto a medio o largo plazo, es decir, empezando a trabajar por la base de la sociedad -la familia y los niños- mediante las herramientas adecuadas -las leyes y la educación-, para, mediante la creación de un individuo totalmente nuevo lograr una sociedad transformada. Se hacía necesario, pues, intervenir hasta en los más íntimos y recónditos rincones de la sociedad para poder cambiarla, más aun teniendo en cuenta la fuerza de la tradición y la resistencia al cambio de instituciones y estructuras firmemente asentadas. Una sociedad de individuos libres y felices, pensaban, sería necesariamente libre y feliz. Así, el Estado debía garantizar y velar por la libertad individual, interviniendo en contra de instituciones que la coartaban o limitaban, como la familia o la Iglesia, aun a costa de mostrarse a sí mismo paternalista o tiránico.

lunes, agosto 09, 2004

Esposa, madre, profesional y santa



Gianna Beretta Molla

Preguntas sobre los fines del matrimonio

En una conversación se sacó el tema. Creo que Hervada lo explica bastante bien y me ahorra el mecanografiar el texto del libro: Diálogos sobre el amor y el matrimonio. Un clic en el título

sábado, agosto 07, 2004

De C.S Lewis

¿Qué significa eso de que tengo que amar a mi prójimo como a mí mismo?; ¿concretamente, cómo me amo a mí mismo?

Si lo pienso un poco, encuentro que no tengo exactamente un sentimiento de cariño o afecto por mí, y ni siquiera gozo siempre de mi propia compañía. Así es que aparentemente "Ama a tu prójimo" no significa "siente cariño" por él o "encuéntralo atractivo". Eso es obvio, en realidad, porque no se puede sentir cariño por una persona haciendo un esfuerzo.

¿Pienso bien de mí mismo, creo que soy un sujeto agradable? Bien, temo que a veces sí lo hago (y, sin duda, ésos son mis peores momentos), pero ésa no es la razón de que me ame. De hecho, es al revés: podré decir que "me soy agradable porque me quiero a mí mismo" ; pero nunca diré que "me quiero a mí mismo porque me agrado". Así es que amar a mis enemigos aparentemente tampoco significa creerlos agradables. Y eso es un enorme alivio; porque a veces imaginamos que perdonar a nuestros enemigos significa darse cuenta de que, después de todo, realmente no son tan malas personas, cuando es evidente que lo son.

Demos un paso más. En mis momentos más lúcidos no sólo no me creo un hombre agradable, sino que sé que soy bastante odioso. Algunas de las cosas que he hecho me producen horror y disgusto. Así es que aparentemente se me permite abominar y odiar algunas de las cosas que hacen mis enemigos. Y ahora que lo pienso, recuerdo a algunos maestros cristianos que me decían hace mucho tiempo que debo odiar las acciones de un hombre malo, pero no odiar al hombre malo; o, como ellos lo decían, odiar el pecado pero no al pecador.

Durante mucho tiempo pensé que ésta era una distinción tonta que se quedaba en sutilezas: ¿cómo se podía odiar lo que un hombre hacía y no odiar al mismo hombre? Pero años después se me ocurrió que había una persona a quien yo le había estado haciendo eso durante toda mi vida: yo mismo.
Por más que me repugnara mi propia cobardía o soberbia o codicia, seguía queriéndome. Sin la menor dificultad. De hecho, la razón exacta de que yo odiara esas cosas es que amaba al hombre: justamente porque me amaba, me dolía encontrar que era la clase de persona que hacía esas cosas.
Por eso, el cristianismo no quiere reducir ni en un átomo el odio que sentimos por la crueldad y la traición. Debemos odiarlas. No debemos retractar ni una sola de las palabras que hemos dicho contra ellas.
Pero el cristianismo sí quiere que las odiemos de la misma forma en que odiamos algo en nosotros mismos: lamentando que esa persona lo haya hecho, y esperando que -si de alguna manera es posible- de algún modo, alguna vez, en algún lugar, pueda sanar y hacerse humana nuevamente.

Es fácil engañarse sobre esto. La verdadera prueba es ésta:
Supongamos que uno lee en el diario una historia de atrocidades inmundas cometidas por nuestros "enemigos". Supongamos que después surge algo que indica que esa historia podría no ser completamente verdadera, o no tan mala como se la presentó.
Lo primero que uno siente, es ¿"gracias a Dios que ni siquiera ellos son tan malos", o un sentimiento de desilusión, e incluso una decisión de aferrarse a la primera historia por el simple placer de creer a nuestros enemigos lo más malos posibles? Si lo segundo, es de temer que se trate del primer paso en un proceso que, si lo seguimos hasta el final, hará demonios de nosotros. Uno empieza a desear que el negro sea un poquito más negro. Si damos rienda suelta a ese deseo, más tarde desearemos ver el gris como negro, y luego ver el blanco mismo como negro. Finalmente, insistíremos en ver todo -Dios y nuestros amigos, incluso nosotros mismos- como malo, y no podremos parar de hacerlo: nos quedaremos fijos para siempre en un universo de odio puro.

De C.S Lewis

miércoles, agosto 04, 2004

Conciencia y disciplina de partido

Con motivo de algunos problemas surgidos en la política de nuestro país, se ha levantado la cuestión moral del caso que hay que hacer a la disciplina de partido en su relación con la conciencia.

Desde el punto de vista moral está claro que el criterio último de moralidad es la conciencia personal, lo que no significa que yo y mi conciencia podamos hacer lo que nos dé la gana, sino que, si somos creyentes, hemos de intentar hacer lo que Dios espera de nosotros, y si no somos creyentes, lo que nos piden los valores que profesamos, como pueden ser la honradez y la honestidad.

Para un católico tratar de hacer la voluntad de Dios supone, ante todo, formar su conciencia. Para ello cuenta con la ayuda que nos proporciona la revelación de Dios, las enseñanzas de la Iglesia y los conocimientos científicos. Lo que sí debe tener muy claro es que "hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch. 5,29) y que el actuar contra su conciencia es una inmoralidad que no puede justificarse bajo ninguna razón, aunque sea la disciplina del partido.

Por ello si un diputado desobedece la doctrina clara de la Iglesia en un tema importante y con más razón en todos, por supuesto no es un buen católico y en casos muy graves ni siquiera es católico, por lo que habría que pedirle que no tenga la hipocresía de presumir de ello. En cambio como lo que nunca sabremos es si actúa o no contra su conciencia, no podemos juzgarle por ello, porque como dice el viejo dicho latino: "de internis, neque Ecclesia", es decir de lo que pasa en mi interior, nadie puede juzgarme, aunque sí podemos pensar desde fuera si su actuación es buena o mala desde el punto de vista de la moral católica y también de la moral civil.

Pedro Trevijano

lunes, agosto 02, 2004

Nuestra Señora de la Esperanza en El testigo Fiel



Dios te salve María,
llena eres de gracia
El Señor es contigo,
bendita tu eres entre todas las mujeres,
y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María Madre de Dios,
ruega por nosotros pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén


sábado, julio 10, 2004

Webs que merecen la pena

Pontealdía con todas las preguntas del Opus Dei y muchos libros, muy interesantes. Gracias Cesare Cavalleri!

Críticas al Opus Dei:una respuesta personal

Itinerario jurídico del Opus Dei y otros enlaces muy buenos