domingo, abril 24, 2005

Entrevista aL Cardenal Herraz de J.M de Prada

Julián Herranz: «El carisma de Juan Pablo II es el de Cristo»

«Después de la elección, quiso cenar y dormir con los demás en Santa Marta. El arzobispo de Wensminster, que es muy lanzado, inició una canción de felicitación que, al final, seguimos todos»

Juan Manuel de Prada. E. E./

El cardenal Julián Herranz es un hombre enjuto, atezado y ascético, de cabellos en los que aún no se ha posado el invierno. En su conversación se funden los rasgos del estoicismo cordobés y la «finezza» romana, templados por un apasionamiento tranquilo que nunca se incendia ni desborda. Presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Su Eminencia guarda recuerdos de una juventud dedicada al estudio de la psiquiatría que un día rectificó para -como él gusta de repetir, en una expresión muy elocuente- «enamorarse de Cristo» y consagrarse al sacerdocio, descubriendo que el hombre no es, como quería Freud, un «animal reprimido», sino, como prefería Victor Frankl, un «ángel reprimido» que debe aceptar a Dios para entender mejor su naturaleza. «Mi vida está llegando al final -nos dice sin énfasis-, pero me confieso feliz, porque descubrí cuál era la voluntad que se me dictaba desde lo alto y traté de seguirla. Así hallé la verdadera felicidad. Ésa que el agnosticismo religioso y el relativismo moral quisieran ahogar en el fango, rebajando la naturaleza humana, degradándola hasta convertirla el algo que sólo satisface instintos, y no las ansias espirituales que anidan en nuestro corazón.

-Sin embargo, parece que cuando la Iglesia defiende valores que nos saquen del fango se tropieza con la incomprensión. -Cuando la Iglesia -superando esa filosofía- defiende el verdadero sentido de la dignidad de la persona, del amor, del matrimonio o de la familia, no es que se esté defendiendo a sí misma, sino que está defendiendo una serie de valores humanos que lo han sido de culturas y religiones muy diversas, a lo largo de miles de años, y que han servido de referente para el verdadero progreso de la humanidad. Si esos valores se pierden habrá, no un progreso, sino un regreso de humanidad, de cultura, de civilización. Si esos valores se pierden, si se confunde la libertad con el libertinaje, se llegará a la perfecta confusión entre el bien y el mal, entre lo justo y lo injusto.

-¿Qué podría detener, a su juicio, esta deriva? -Hacen falta en Europa intelectuales de inteligencia limpia, aunque no sean católicos. En Italia, afortunadamente, dichos inttelectuales existen; algunos, como Galli della Loggia, o el presidente del Senado, Marcello Pera, han mantenido con Benedicto XVI, cuando aún era cardenal, apasionados y muy fructíferos debates. Intelectuales que reconozcan el empobrecimiento sufrido por el hombre posmoderno, sometido a una especie de sectarismo positivista que no respeta una serie de valores que pertenecen a una ética natural. De la naturaleza humana surgen una serie de derechos que no pueden ser sometidos a transacción en los parlamentos; son derechos anteriores a la democracia, derechos que no pueden ser negociados, adulterados o manipulados al antojo de una mayoría. Detecto en algunos sectores de la sociedad europea -y especialmente de Bélgica y España- una anulación de esas coordenadas de valores, el mismo rechazo a sus raíces culturales que ha caracterizado en la historia a los pueblos en decadencia. En Italia y en otras naciones no sucede, afortunadamente, lo mismo, existe una confluencia entre el pensamiento cristiano y el pensamiento laico muy provechosa para ambos. Me gustaría que lo mismo sucediese en España.

-Sin embargo, es sobre todo en España donde se presenta ahora una imagen torva de Benedicto XVI -Lo presentan como el gran inquisidor, el hombre duro e inflexible. Pero se trata de una leyenda negra. Cuando vean de verdad como es, la leyenda negra va a desaparecer. Siempre, claro está, que no haya medios de información o corrientes de tipo político que insistan en querer tratarlo con esa etiqueta forzando la realidad. Yo lo conozco bien, es un hombre de una sencillez y afabilidad extraordinarias. La gente que no tenga prejuicios, que sea sincera, que sea abierta, que quiera conocer la realidad, olvidará esa imagen falsa que se nos ha ofrecido de él. Pero creo que a algunos, aun sabiendo que esa imagen no se corresponde con la realidad, les interesará mantener esa especie de espantapájaros. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque las ideas del Papa no van a ser condescendientes con la ideología que con un sentido totalitario ellos quieren imponer desde los medios políticos y de información pública que tienen en sus manos. Esa ideología es la del agnosticismo religioso y del relativismo moral. Quienes son partidarios de esta filosofía destructiva estarán muy interesados en mantener e incluso en hinchar esa imagen deformada de Benedicto XVI.

-Incluso se ha pretendido tergiversar la emoción que estalló tras la muerte de Juan Pablo II... -En los días que mediaron entre la muerte de Juan Pablo II y la celebración de las exequias, he visto desde mi despacho ese mar de gente, durante las veinticuatro horas del día. Por la noche bajé muchas veces a la plaza de San Pedro: muchos querían confesarse, incluso gente que llevaba alejada de la Iglesia años y años. Uno dijo: «Quiero llegar a ese hombre que me habla de Cristo a ver si Cristo me ayuda a salir de la droga». Yo me preguntaba: «¿Qué va a ver esta gente, en pie durante tantas horas? ¿Un muerto, acaso? No, va a ver a un Vivo. En aquel que estaba allí, humanamente muerto, ellos habían visto a Cristo. El carisma de Juan Pablo II es el carisma de Cristo. Pienso que el mundo va a ver reflejado ese mismo carisma en su sucesor Benedicto XVI, porque va a ser un pontificado que yo llamaría de la «continuidad dinámica». Uno y otro nos enseñan que la felicidad es Cristo, frente a las felicidades puramente temporales y pasajeras que seducen a tantos. ¡Cuánta tristeza hay en la sociedad de la abundancia! ¡Qué pena me da saber, por ejemplo, que en las farmacias de Bélgica -y no me sorprendería que ocurra pronto en España, si las cosas siguen así- se venden unos kits para quienes se quieren suicidar! A quienes en la «sociedad consumista» se han alejado de Cristo, perdiendo así la paz y la alegría, Juan Pablo II les enseñó que Cristo es el «Camino, la Verdad y la Vida». Cierta «inteligentsia» ha visto en las efusiones de aquellos días un acto de idolatría; y es que desde el agnosticismo religioso y el relativismo moral, estas cosas no se entienden, incluso se teme que sean verdad, que la fe en Cristo arrastre a la gente, y haga descubrir la dimensión trascendente y religiosa de la vida, las categorías de eternidad, las únicas que pueden poner serenidad en el alma y dar respuestas a tantas preguntas que el hombre se hace y que el agnosticismo y el relativismo moral no saben responder.

-¿Cómo fueron los días del Cónclave? -Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. No me pasaba por la cabeza el miedo de ser elegido, porque sabía que no tenía ninguna posibilidad. Yo creo que estaban más inquietos los que de alguna manera podían temer -no digo ambicionar- que fueran ellos los elegidos. Es casi infantil y muy pobre clasificar a los cardenales en conservadores o progresistas, de derecha o de izquierda. Estas son categorías que caben en una cuestión de orden político. Aquí lo que cada uno aporta es una reflexión sobre los problemas más acuciantes. Nuestra preocupación primordial era de naturaleza pastoral: los cardenales del Primer Mundo constatan la extensión de un fundamentalismo laicista que está intentando paganizar las sociedades cristianas, con una negación de la fe y un querer excluir la dimensión religiosa de la vida pública, relegándolo a la pura conciencia, e incluso poniendo límites a la posibilidad de educar las conciencias, limitando la patria potestad que tienen por derecho natural los padres.

-¿Permaneció ajeno a los dimes y diretes de la prensa? -Durante el Cónclave sí. Los días precedentes echaba una simple ojeada a los resúmenes de prensa. Muchas de las cosas que se decían sobre el Cónclave o eran obvias o se quedaban a nivel sociológico. Y yo me tenía que mover a un nivel teológico y pastoral. Se trataba de examinar los problemas y esperanzas de la Iglesia y de buscar la persona que reuniera más condiciones para ser el mejor instrumento de Dios en esas circunstancias. Y eso es lo que ha pasado. La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí.

-Y, tras el recogimiento, la alegría. -Una alegría inmensa. Cuando llegamos a la papeleta 77 del elegido, nos levantamos en pie aplaudiendo. Era una forma de dar gracias a Dios, de alabar al Espíritu Santo, que nos había llevado ya en la cuarta votación a la cifra necesaria. Al cardenal Ratzinger lo vi en ese momento como lo he visto siempre: es un hombre de una gran paz y serenidad interior. Como carácter es distinto a Juan Pablo II, que era arrollador; él tiene otra forma de ser más suave, pero eso no quiere decir que sea frío o distante o tímido. Él es un bávaro, o sea algo así como el andaluz alemán. Menos «prusiano», pero con capacidad de dominio de sentimientos, lo cual no quiere decir que no los tenga. Al estar acostumbrado al diálogo de las ideas, que no se imponen sino que se proponen, habla con la gracia y la elegancia intelectual de quien está dialogando y no soltando una arenga. Lo que me impresionó más cuando explicó las razones -lo hizo en latín- por las que eligió su nombre, fue la mención a San Benito, patrón de Europa, cuyo lema era: «Nihil Christo praeponatur», «Nada se anteponga a Cristo».

-¿Cómo fue su convivencia con el nuevo Papa en Casa Santa Marta? -La víspera de que lo eligiéramos Papa coincidí en la misma mesa con él para cenar; él se encargó de servirnos el agua y el vino a los demás, aunque era el Decano del Colegio y el que estaba presidiendo el Cónclave. Con gran sencillez escuchaba, preguntaba, cedía en el ascensor el paso. Ya después de la elección, quiso cenar y dormir con los demás en Santa Marta. El arzobispo de Wensminster, que es muy lanzado, inició una canción de felicitación que, al final, seguimos todos. Luego entonamos una oración litúrgica, «Oremos pro beatisimo Papa nostro», que sonaba como una especie de «Gaudeamus Igitur». A la mañana siguiente, en el ascensor, al bajar al desayuno, antes de acudir a la Capilla Sixtina para la misa concelebrada, el Papa iba con el cardenal Biffi, que le había preguntado qué tal había dormido. El Santo Padre no dijo ni bien ni mal, seguramente porque habría pasado toda o buena parte de la noche trabajando en el Mensaje que al final de la concelebración nos leyó en un perfecto latín. Biffi, que tiene un gran sentido del humor, le dijo: «Yo normalmente apenas duermo cuatro horas. Hoy, que ya por fin me he quedado tranquilo, he dormido cinco». Su Eminencia es un conversador fluvial, transparente y generoso que no ha mirado ni una sola vez el reloj, durante las casi dos horas que ha durado esta entrevista. Ahora, al intentar compendiarla en unas pocas líneas, me he sentido como aquel niño o ángel que San Agustín se encontró en una playa, tratando de encerrar en un hoyo excavado en la arena el agua del cóncavo mar.

Favores del enemigo...

Lo cuenta Juan ¿cuándo me vas a enviar todos tus cuentos?
Cuentan de un saco de trigo que esperaba a que lo subieran a un carro para llevar al molino y hacer así la harina con la que cocer el pan. Pasó un hombre que no le gustó el saco y le dió una patada, luego pasó otro que quería ser futbolista y le dió otra patada, más tarde lo hizo un sastre al que la tela le parecía pobre y ruín y le dió otra patada, al cabo de una hora pasó otro que vio el saco medio roto y volvio a golpear con fuerza... Fueron tantas las patadas que recibió el pobre saco que se desparramó el trigo por los campos aledaños. Más tarde llegaron unas palomas que vieron sólo unas semillas que podían servir para alimentar a sus poyuelos... se le cayeron los granos de trigo por campos lejanos... Nadie sabía los motivos por los que al año siguiente había una cosecha tan grande de trigo en el pueblo, y más en unos campos yermos que nadie cultivaba. La razón es sencilla, el odio de algunos por el saco de trigo, por la semilla, y por los frutos del trigo.

Y lo acaba hoy:

"Fué tal la cosecha, que se recogieron cientos de sacos de trigo. El que lo vio pensó que era un milagro, pero no, lo que pasó es que la generosidad del saco fue de una dimensión gigantesca, se dejo hacer por el mal para hacer el bien, y del saco del que sólo se sacarían veinte o treinta panes, se obtuvieron tantos panes que se alimentaron todos los peregrinos, enfermos y moribundos del valle. El que lo vio me dijo: Qué buena cosecha!"

¡Aupa!

Un excelente obrero de la viña

JUAN JOSÉ OMELLA OMELLA/OBISPO DE CALAHORRA Y LA CALZADA-LOGROÑO

EL nuevo Papa Benedicto XVI, en su primer saludo desde la logia de San Pedro, se presentó a sí mismo como «un sencillo y humilde trabajador en la viña del Señor». ¿Qué bien nos suena a nosotros esta definición y qué resonancias tan cordiales tiene en nuestra tierra de La Rioja! La viña, que da identidad y riqueza a nuestra tierra y es la hermosura de nuestros campos, la ha empleado la Sagrada Escritura como una alegoría para explicar la Iglesia fundada por Jesucristo. El labrador del cielo la plantó como viña selecta (Mt 21,33-43) y nos invita a cada uno de nosotros a trabajar en ella, a cualquier hora del día y cualquier edad de la vida, como en la parábola evangélica (Mt 20, 1-16).

Al Papa le ha salido espontáneamente esta comparación, porque la llevaba muy dentro en su alma. Primero en su experiencia humana, proveniente de una antigua familia de labradores, en un pequeño pueblo de la Baja Baviera. Lo rural está en su sustrato de persona, como también lo estaba en Jesús, que vivió en el pequeño Nazaret. Pero además, como teólogo, quiso ahondar particularmente en el tema de la Iglesia y la estudió en sus diversos símbolos. De ahí que su tesis doctoral de Teología fue sobre Pueblo y casa de Dios en la doctrina de la Iglesia de San Agustín. El Concilio Vaticano II, al que él aportó una notable contribución como asesor teológico del cardenal Frings, arzobispo de Colonia, también habla de la Iglesia como viña. Y lo mismo el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado en 1992, cuya elaboración coordinó él como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Se siente el Papa un trabajador de la viña que es la Iglesia y un trabajador sencillo y humilde, a quien, en esos primeros momentos, parece abrumarle el peso de la gran responsabilidad recibida y de suceder al que el califica como gran Papa, Juan Pablo II. Tal cómo conocí al cardenal Ratzinger, doy fe de que, efectivamente, la sencillez es una de sus características personales. Lo pude comprobar en la Visita Ad Límina del pasado mes de enero, cuando lo visité con los otros obispos españoles en su Congregación. Un tono cercano y afable, de carácter más bien tímido, saludando a todos con amabilidad. Entiende el español y lo lee muy bien. Me consta también que en el ejercicio de su no fácil trabajo, como Presidente de la Congregación de la Doctrina de la Fe, ha sabido escuchar y ha dado siempre la oportunidad de explicarse. Algunos se han empeñado en aplicarle estereotipos de gran Inquisidor, que no corresponden ni a su personalidad ni a los métodos que hoy tiene la Doctrina de la fe.

Hasta ahora ha demostrado ser un excelente obrero de la viña del Señor. Trabajador no sólo entregado, sino eficiente. Alguien ha comentado que, en su primera aparición pública como Papa, se le veían las mangas del jersey negro que solía llevar cuando trabajaba en su despacho de la Congregación. Su principal trabajo ha sido como teólogo. Profesor en diversas Universidades alemanas, dicen que en su famoso curso Introducción al Cristianismo, que dio en la Universidad de Tubinga para oyentes de todas las Facultades, llegó a reunir a más de mil alumnos. Son varias las decenas de libros que ha escrito y cientos los artículos científicos, aunque su trabajo investigador se vio pronto cortado porque, a sus 50 años, Pablo VI lo nombró arzobispo de Munich y, pocos meses después, cardenal; cuatro años más tarde, Juan Pablo II lo hizo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Desde ese puesto, ha hecho una aportación muy valiosa a la Iglesia, en un campo no comprendido por todos, pero de vital importancia: el guardar la verdad católica y el acertar a proponerla, en la cultura de hoy, de una manera adecuada y sin contaminaciones. El se considera a sí mismo como un «trabajador de la verdad», idea que acuñó en su escudo episcopal: cooperatores veritatis. Y eso es trabajar también a favor de la viña del Señor. Por seguir la comparación, es necesario defender la autenticidad y pureza del vino Rioja y evitar mezclas o sucedáneos que atentan contra su calidad. Esa es la función que tiene el Consejo Regulador de la denominación de origen. El buen vino de la viña de la Iglesia tiene también su denominación de origen, que es el Evangelio de Jesucristo. Es preciso cuidar su calidad para no engañar a nadie. Y en la calidad y fidelidad a la denominación de origen tenemos la garantía del éxito.

Sean hechas estas reflexiones en relación con el trabajo que hasta ahora ha hecho el cardenal Ratzinger. Pero el Señor lo ha llamado a trabajar en otra labor de su viña, en la hora undécima, como dice la parábola, en su plena madurez de 78 años, cuando él hubiera deseado ir a su merecido descanso, a sus libros y a sus reflexiones. El campo que se le abre es el amplísimo de las necesidades de la Iglesia, en su complejidad de gozos y esperanzas, de problemas y dificultades. Por su puesto de trabajo ya tiene un buen conocimiento de la realidad eclesial, con los diferentes problemas en las distintas partes del mundo. En Europa es más el problema de la fe. En el tercer mundo predomina el problema de la justicia. En Asia está el tema del diálogo interreligioso. Ahora la sede de Pedro, con su preocupación por todas las Iglesias, le va a llevar a nuevos problemas, desde la gran sensibilidad que tiene su corazón. Y se va a entregar con alma y cuerpo enteros a trabajar en ese nuevo campo de la viña del Señor.

Ya lo ha dicho en el programa que ha pergeñado en su primer mensaje y que me parece muy estimulante y prometedor: el ejercicio de su ministerio en comunión colegial y buscando la unidad de la fe; poner en práctica las riquezas del Vaticano II, que sigue teniendo plena actualidad; promover la Eucaristía como comunión con Cristo y los hermanos, compromiso misionero y fuente de caridad especialmente hacia los pobres y los pequeños; seguir impulsando el ecumenismo y el diálogo con otras religiones y las diversas civilizaciones; el anuncio de Cristo a la humanidad; el trabajo por la paz y el desarrollo social; y la llamada especial a los jóvenes, como esperanza de la Iglesia y de la humanidad.

Por otra parte, en sus palabras, en su sonrisa y hasta en sus ojos se vislumbra un gran humanismo y sobre todo el gran amor que lo caldea por dentro: el amor de Jesucristo. En la homilía de la Misa antes del Cónclave habló de la amistad con Jesús: «Cuanto más amamos a Jesús, más le conocemos, más crece nuestra auténtica libertad, la alegría de ser redimidos. ¿Gracias, Jesús, por tu amistad!». Desde ese centro vital, se comprende que la preocupación por la verdad no es fría, sino que, en el fondo, es una cuestión de amistad, de amor a Jesucristo y amor a la dignidad del Hombre. Así lo ha dicho en la misma homilía, al comentar la bella frase de San Pablo «hacer la verdad en la caridad», a la que considera fórmula fundamental de la vida cristiana, diciendo que «la caridad sin verdad sería ciega y la verdad sin caridad sería como un címbalo que retiñe». Intuyo que ésta va a ser también la fórmula fundamental de su Pontificado. Como buen trabajador nos va a ayudar a que la viña del Señor produzca el buen vino de la verdad evangélica y de la caridad cristiana. Y la calificación de la cosecha: excelente.

Los cristianos de La Rioja entendemos de estas cosas: de vino, de amor, de verdad. Por eso en este momento de la historia, contemplamos llenos de esperanza la viña de la Iglesia, la viña del Señor.

«Por las noches aún sueño con los bargueños»

FRANCISCO MARTÍN DOMINGO ARTESANO DE BARGUEÑOS

Con sus inimitables muebles, este reconocido artesano ha llevado el nombre de Logroño por todo el mundo
La vida de Francisco Martín gira en torno a los bargueños. Tras años restaurando y creando estos bellos ejemplares, a caballo entre el mueble y la obra de arte, confiesa que aún sueña con ellos. «Me meto en la cama y me pongo a soñar que vienen clientes de Madrid o de otros sitios. Luego me despierto y me quedo más triste ». Por eso continúa haciendo los dibujos sobre los que toma forma la delicada y minuciosa decoración de cada bargueño. «Así me siento más joven» -dice-, al tiempo que confía en que algún día los utilice su hijo Francisco, quien ha recogido el testigo del oficio con más afición que vocación.
Y es que lo de Francisco Martín es vocacional, casi un vicio. No hay conversación, visita a un museo o a una catedral en la que no interfiera un bargueño. Sus manos han reconstruido y creado decenas conforme a las técnicas del siglo XVI.

Se trata de un mueble español de gran riqueza decorativa y profuso en cajones, embellecido por columnas de hueso, incrustaciones de marfil, láminas de oro, dibujos de tinta, Pequeños apliques que obligan a dominar habilidades como el dibujo, la ebanistería, la talla, herrajes y, sobre todo, el complicado arte de dorar.

Los de estilo mudéjar y, sobre todo, renacentista son su debilidad, este último «porque, como lleva columnas, es más difícil y más bonito», apunta este artesano.

Desde Nájera

Francisco nació en Nájera, lugar donde su padre fue requerido para restaurar los claustros de Santa María La Real. «Yo era el hijo pequeño, y un poco mimado, y de niño iba a curiosear el trabajo de mi padre; veía cómo hacía el Camarín de la Virgen y cómo doraba». Durante la guerra, la familia se trasladó a Logroño, donde instaló un taller de restauración y de muebles de encargo en la calle Vara de Rey.

En aquellos años, Francisco ingresó en Aviación con el cometido de controlar y coordinar la posición de los aviones, pero «no me gustaba estar a las órdenes de nadie». Por eso, y porque su novia estaba en Logroño, regresó a la capital riojana.

Una vez en el taller, comenzó restaurando bargueños a la sombra de su padre. «A mí los bargueños me parecían más fácil de hacer que un dormitorio, que vienen los novios y te marean».

A partir de entonces, sus obras se fueron perfeccionando y sofisticando en ese afán que tenía de hacer cada trabajo mejor que el anterior. Ya con su taller y con sus muebles, llevó el nombre de Logroño muy lejos y, aunque nunca se ha preocupado de saber cuántos y dónde están, sus bargueños se encuentran repartidos por todo el mundo. En su día fueron el regalo oficial para los altos mandatarios que visitaban nuestro país (entre ellos Videla); la reina Fabiola, nobles, embajadores, paradores nacionales, incluso el Museo de La Rioja dispone de uno.

Curiosamente, casi nunca los firmó; «a mí me gustaba más que creyeran que fueran antiguos». Y como originales del siglo XVI se han llegado a subastar y han figurado en alguna revista especializada.

«Hoy, los bargueños no son rentables». Son muy laboriosos, requieren de muchísimo tiempo y los materiales resultan demasiado caros. «Esto es una cosa más bien de vocación», concluye Francisco, quien nunca tuvo competencia y, por lo mismo, quizá tampoco quien siga sus pasos.

sábado, abril 23, 2005

Ratzinger vivía de forma austera y cocinaba él mismo

Ratzinger vivía de forma austera y cocinaba él mismo
Alejandro Cifres / Director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe

La Razón, 22/04/05 -Valencia- Monseñor Alejandro Cifres Giménez es un sacerdote valenciano de 45 años y director del Archivo de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que dependía directamente del cardenal Ratzinger. Cifres ha mantenido, durante mucho tiempo, una estrecha relación con el nuevo Papa, Benedicto XVI.

–¿Con qué frecuencia veía usted al, hasta ahora, cardenal Ratzinger?
–Una vez a la semana teníamos una reunión con él en la que tratamos diversos temas. Me gustaría aclarar que mi trato no era tan frecuente para verle todos los días, pero cuando he necesitado alguna cuestión, ese mismo día me ha recibido, porque es una persona verdaderamente sencilla; me atrevería a decir que de las más humildes del Vaticano. Fíjese, como detalle, que no tenía personal para su servicio, no tenía chófer y cocinaba él mismo. Si tenía que viajar, se hacía él mismo la maleta.

–¿Ratzinger no tenía chófer?
–No tenía personal a su servicio. Hay un anciano chófer que es un empleado del Vaticano que le hacía el favor de traerlo de su casa a la Congregación. Al principio, él venía andando y cruzaba por la plaza de San Pedro todos los días, pero la gente lo iba parando para saludarle y hacerse fotografías y casi no podía ni llegar. La gente lo reconocía en seguida por la boina.

–¿El cardenal Ratzinger usaba boina?
–Por supuesto. Es un intelectual de gran envergadura, pero una persona asombrosamente sencilla en el trato personal y lleva boina como buen babarés. Pero conforme pasaban los años lo paraban más.

–¿En qué idioma habla con él?
–En italiano, aunque él es un gran políglota y conoce las principales lenguas del mundo. Le he oído hablar con total soltura en inglés, francés, italiano, y por supuesto alemán. El español lo entiende perfectamente y también lo habla y puede mantener una conversación, sin embargo, creo que al idioma español le tiene un poco más de respeto, el respeto que le tienen las personas de habla germánica.

–¿Qué destacaría de su personalidad?
–De su carácter, su enorme humanidad y afabilidad, su cortesía hasta límites extremos, su disponibilidad hacia cualquier encuentro con mucha facilidad. Como persona, destacaría su profunda religiosidad y simplicidad de vida y pobreza. Su vivienda era un apartamento sencillo al otro lado de la plaza de la ciudad leonina, en un modesto apartamento que no está a la altura de un cardenal. Es muy, muy austero y necesita pocas cosas. También es de destacar su gran sinceridad. Dice lo que piensa de forma clara.

–¿Qué opina sobre la imagen que de él se ha dado en algún sector en España como persona cerrada?
–El cardenal Ratzinger, al igual que muchos otros cardenales e incluso Juan Pablo II, ha sufrido muchos ataques que no responden en absoluto a la realidad. La Iglesia ha ganado un gran Papa, lo digo de corazón y porque he tenido la suerte de estar a su servicio.

–¿Les dijo algo sobre su futuro antes de encerrarse en el cónclave?
–El pasado sábado 16 celebramos su cumpleaños. Sus colaboradores le cantamos una oración. Debo decirle que le había presentado su renuncia al Papa varias veces y sé que él sería feliz descansando, leyendo y escribiendo libros de teología. Paraula

viernes, abril 22, 2005

Textos de Joseph Ratzinger: El Dios de Jesucristo

El Dios de Jesucristo

1) Dios tiene nombre:
"Uno de los samos más hermosos del antiguo testamento articula una convicción que ha acompañado al hombre a através de toda su historia: Sal 139-138, 1-12" (RATZINGER, Joseph, El Dios de Jesucristo, Salamanca, 1979, 18-19).

"Preguntemos...¿qué aspecto tiene el Dios bíblico? ¿quién es realmente? Dios se presenta ante Moisés en el terecr capítulo del Exodo. Esa presentación resulta fundamental para la historia de la revelación del antiguo y nuevo testamento. Aquí importa, ante todo, atender al marco histórico y local del conjunto. Ese marco histórico resalta cuando Dios dice: "He observado la aflicción de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído el clamor de él, debido a sus opresores, pues conozco sus padecimientos" (v. 7). Dios es el guardián del derecho. El garantiza el derecho de losimpotentes contra los poderosos.´Ese es su propio semblante. Ese es el núcleo de la legislación del antiguo testamento, que pone siempre a la viuda, al huérfano, al forastero bajo la protección personal de Dios. Y eso está también en el centro de la predicación de Jesús, que penetró en persona en el desampara del acusado, del condenado, del moribundo y así precisamente introdujo a éstos en el asilo de Dios. Advirtamos que la lucha por el sentido del sábado está aquí también en su lugar: el sábado es para el antiguo testamento el día de la libertad de las creaturas, el día en que descansan hombre y animal, siervo y amo. Es el día en que se restaura, en medio de un mundo sin igualdad ni libertad, la comunidad fraterna de todas las creaturas. Por un breve instante, la creación vuelve a sus comienzos: todas reciben la libertad que Dios da. La acción de Jesús en sábado no va contra del sábado, sino que es una lucha por el sentido originario de éste, por guardarlo como día de la libertad de Dios, y no dejar que se convierta, en manos de casuistas, en su opuesto, en un día de atormentada mezquindad" (RATZINGER, Joseph, El Dios de Jesucristo, Salamanca, 1979, 21).

"¿Qué significa, entonces, nombre de Dios? Tal vez podamos comprender, de la manera más breve, de qué se trata, partiendo de lo opuesto. El Apocalipsis habla del adversario de Dios, de la bestia. La bestia, el poder adverso, no lleva un nombre, sino un número. 666 es su número, dice el vidente (13,18). Es un número ya hace de uno un número. Los que hemos vivido el mundo de los campos de concentración sabemos a qué equivale eso: su horror se basa precisamente en que borra el rostro, en que cancela la historia, en que hace de los hombres números, piezas recambiables de una gran máquina. Uno es lo que es su función, nada más. Hoy hemos de temer que los campos de concentración fuesen solamente un preludio; que el mundo, bajo la ley universal de la máquina, asuma en su totalidad la estructura de campo de concentración. Pues si sólo existen funciones, entonces el hombre no es tampoco nada más. Las máquinas que él ha montado le imponen ahora su propia ley. Debe llegar a ser legible para la computadora, y eso sólo es posible si es traducido al lenguaje de los números. Todo lo demás carece de sentido en él...Dios, en cambio, tiene un nombre y nos llama por nuestro nombre. Es persona y busca a la persona. Tiene un rostro y busca nuestro rostro. Tiene un corazón y busca nuestro corazón" (RATZINGER, Joseph, El Dios de Jesucristo, Salamanca, 1979, 24).

2) Dios es trinitariamente uno:
"El primer artículo de la fe cristiana, la orientación fundamental de la conversión cristiana, dice: Dios es.Pero ¿qué quer decir eso? ¿qué significa en nuestra vida diaria, en este mundo nuestro? En primer lugar, que si Dios es, los dioses no son Dios. De ahí que se debe adorar a él y a nadie más" (RATZINGER, Joseph, El Dios de Jesucristo, Salamanca, 1979, 27).
(RATZINGER, Joseph, El Dios de Jesucristo, Salamanca, 1979, ).

jueves, abril 21, 2005

Itinerarios de vida cristiana", de mons. Javier Echevarría.

Unión con el Papa y los Obispos

fragmento del capítulo 5 del libro

20 de abril de 2005

Por lo menos desde el siglo tercero, la liturgia latina de la Iglesia incluye en las oraciones de la Misa una explícita petición por el Romano Pontífice y por el Obispo del lugar. Se manifiesta así que la unidad de la Iglesia, expresada y realizada de manera eminente en la Eucaristía, comporta necesariamente la unión con el Papa y con los Obispos. Cristo fundó la Iglesia y quiso que los fieles nos sintiéramos y supiéramos hermanos, partícipes de la condición de hijos de Dios y responsables de una misión común. El Señor dispuso a la vez que la Iglesia fuera una comunidad estructurada, en la que hubiera una diversidad de ministerios, carismas y tareas que contribuyeran a la edificación del conjunto. Y, como parte esencial de esa estructura, estableció particularmente el ministerio episcopal, la realidad del colegio de los Obispos, sucesores de los Apóstoles, con su Cabeza y bajo su Cabeza, que es el Obispo de Roma, sucesor de San Pedro. Esta continuidad apostólica instituida por Jesucristo, esta ininterrumpida cadena que de generación en generación se remonta hasta los primeros Doce, da razón de la autoridad del Papa y de los Obispos en la Iglesia. Los Obispos reciben de Cristo la plenitud del sacramento del Orden.

Cada porción del Pueblo de Dios tiene en su Obispo el fundamento visible de su unidad y el primer responsable de la edificación según Cristo de los fieles, con la cooperación de los presbíteros y los diáconos. Al Obispo incumbe la misión de anunciar el Evangelio en nombre y representación de Cristo. El Obispo es administrador de la gracia, sobre todo en la acción eucarística, que él mismo realiza, o que celebran los presbíteros en comunión con él. A cada Obispo le corresponde además gobernar, como vicario de Cristo, la comunidad que le está confiada, impulsando —con sus exhortaciones, consejos y mandatos— la vibración apostólica y el afán de todos hacia la santidad.
El Obispo de Roma, el Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, es Pastor de la Iglesia universal, padre común de todos los cristianos, roca que garantiza la continuada fidelidad de la Iglesia a la verdad del Evangelio. Como recuerda el Concilio Vaticano II, el Papa es "principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los Obispos como de la muchedumbre de los fieles".

El Papa y los demás Obispos están llamados a desvivirse por las necesidades de los fieles, haciendo propias las palabras de San Pablo: "¿Quién desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo, sin que yo me abrase de dolor?". Encarnando las enseñanzas de la parábola evangélica sobre el Buen Pastor, actúan no como el asalariado, el que no es pastor y al que no pertenecen las ovejas, que en los momentos de peligro huye y abandona al rebaño, sino como pastor verdadero que da su vida por sus ovejas.

Masaccio: Pedro hace una curación con su sombra.

Si se quisiera caracterizar con una palabra el espíritu que define al ministerio eclesiástico y, en modo particular, al ministerio episcopal, ésta es, sin duda alguna, la de servicio: servicio, en primer lugar, a Cristo, a su Persona, a su doctrina y a sus sacramentos, ya que en la Iglesia los Pastores han sido constituidos, no para hablar de sí mismos, sino para presentar el eco fiel de la palabra de Jesús y ser administradores, en su grey, de los canales a través de los que llegan la gracia y la verdadera vida; servicio también, y en consecuencia, a los cristianos, a los hermanos en la fe que el Señor confía a sus cuidados.

La autoridad y la potestad que ejercen los Pastores en la Iglesia se entiende adecuadamente sólo dentro de una lógica de obediencia al mandato recibido de Jesucristo. Implica, en efecto, una capacidad y una posición que estos ministros de Dios reciben gratuitamente como don, como tarea excelente y no merecida, a la que va unida el mandato imperativo de asumirla y desempeñarla en provecho de los demás. Esto reclama de los Pastores olvido de sí y entrega efectiva a la comunidad cristiana; y de los fieles, conciencia del don que Cristo, a través de los Pastores como ministros suyos, regala al conjunto de la Iglesia para facilitarles el camino de la santidad. Es el Señor quien constituye la jerarquía eclesiástica por medio del sacramento del Orden y quien la asiste con el envío del Espíritu Santo. Escucharla significa escuchar a Cristo, que nos habla a través de sus representantes. Amarla entraña amar a Cristo, que se hace presente a través de esos ministros.

El último Concilio ecuménico ha querido subrayar —como recordaba antes— que, por el Bautismo, todos los fieles nos convertimos realmente no sólo en seguidores de Cristo, sino en miembros de su Cuerpo místico, partícipes de su sacerdocio. Todos los bautizados, en efecto, han recibido el sacerdocio común de los fieles, en virtud del cual están llamados a cooperar en la misión que Él vino a realizar en la tierra. Cada uno cumplirá esta misión según el modo que le sea propio, según su personal vocación; pero todos hemos de llevarla a cabo unidos estrechamente a los Pastores, que han recibido —por el sacramento del Orden— el sacerdocio ministerial.


Conocer con profundidad el misterio de la Iglesia lleva a aumentar nuestro amor hacia Ella y a desear servirla como hijos cada día más leales. De igual modo, adentrarse en el designio divino que encierra el ministerio del Papa y de los demás Obispos mueve necesariamente a agradecer a la providencia divina —al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo— los medios que ha dispuesto para cuidar de la fidelidad de nuestra fe y de la rectitud de nuestro obrar moral.

Empapados con esa convicción de fe y caridad, los cristianos debemos esforzarnos por mantener bien fuertes los vínculos de unidad de la Iglesia, con una adhesión viva y real al Papa y a los demás Obispos en comunión con el Sucesor de Pedro. El afecto filial, recio y sincero, al Romano Pontífice lleva a amar y a rezar intensamente por los Obispos en el mundo.

Así, con responsabilidad personal, con espontaneidad apostólica y con sentido eclesial, tomará cuerpo el deseo que le gustaba formular a san Josemaría: omnes cum Petro, ad Iesum per Mariam; todos, unidos a Pedro y la Iglesia, y protegidos por la intercesión poderosa de Santa María, podremos llegar —llevando con nosotros a la humanidad entera— hasta Jesús, Amor de nuestros amores.

(Javier Echevarría, Itinerarios de vida cristiana, Planeta + Testimonios 2001, pag. 65-70)



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La sal de la Tierra

Entrevista a un Monje del S. XXI. Prior de Valdediós

Jorge Gibert, prior de la comunidad cisterciense del monasterio de Santa María de Valdediós, se doctoró en Liturgia en Roma, donde ejerció como profesor de la Universidad San Anselmo, de los benedictinos, y durante 17 años fue a su vez responsable en el Vaticano de las actividades litúrgicas para España, Portugal, América Latina y África portuguesa. Permaneció en ambas ocupaciones hasta el 25 de julio de 1992. Cuatro días después, tomó posesión como Prior de Valdediós, un Monasterio cuyo origen se remonta a noviembre de 1200 y que se hallaba casi en situación de ruina al cabo de 157 años sin actividad religiosa. Durante su permanencia en el Vaticano mantuvo varios encuentros personales con los papas Pablo VI y Juan Pablo II.

-¿Cómo fueron sus contactos con Juan Pablo II?
-Desde que lo eligieron Papa tuvo un interés muy grande en conocer a cuantos trabajábamos en el Vaticano. Él era el responsable y quería saber cómo funcionaban las cosas y estar al tanto de todo. Pasó varias veces por la oficina para saber cómo iba el trabajo, qué hacíamos y cómo lo teníamos organizado. Fueron encuentros lógicamente breves y de trabajo.

-Con Pablo VI también tuvo algún encuentro.
-Fue por iniciativa suya. Cuando llegué al Vaticano quiso conocerme y me concedió una audiencia de diez minutos.

-¿Cómo era Pablo VI?
-Un gran hombre y una persona inteligentísima y muy preparada, pero muy tímido. No era distante, pero casi tenía temor de ofender. Era muy agradable. Se le ha denominado a veces como "el Hamlet de la Iglesia". Esto era debido a su gran timidez.

-También se ha dicho que ese rasgo hamletiano obedecía a su condición intelectual.
-Claro. Si alguien es muy inteligente, a veces le cuesta relacionarse con la realidad. Y esto a veces se puede malinterpretar.

-¿Qué impresión le causó Juan Pablo II?
-No fueron largas conversaciones, pero se notaba que estaba al tanto de todo y que no le escapaba nada. Cuando preguntaba se veía que no era un mero cumplido, sino que interrogaba con conocimiento de las cosas.

-¿Qué balance hace usted de su pontificado?
-Tengo mis opiniones. Estoy convencido de que dejó un ejemplo muy interesante porque demostró que era, sobre todo, un hombre que creía en Dios. Esto es muy relevante, porque hay mucha gente que practica pero que en realidad no cree, aunque sea duro decirlo. El sí creyó en Dios y toda su vida es un mensaje, un testimonio de fe. Era un hombre convencido. Y estar convencido no es tener una idea, sino vivirla. Él la ha vivido. Ha podido ser criticado, pero estos días todo el mundo lo ha alabado. Y esto me sorprende. Lo alaban incluso quienes hace unos meses lo criticaban tildándolo de conservador y retrógrado.

-¿Lo era?
-Él siguió una línea y no se apartó de ella, cuando lo que abunda en ocasiones son los veletas, que unas veces dicen una cosa, y luego, otra. Él siguió una línea y ahora nos toca a los demás recoger ese legado.

-¿A qué se refiere al decir que hay gente que practica pero no cree?
-Creer en Dios no sólo exige decirlo con la boca, sino demostrarlo con la vida, con los hechos. Ya lo dijo el apóstol Santiago: creer en Dios y maltratar al prójimo no es creer en Dios. Creer en Dios exige llevar una vida acorde con el Evangelio.

-¿Cómo debe ser su sucesor?
-No lo sé. ¡En la historia de la Iglesia han pasado cosas tan curiosas! Cuando murió Pío XII, se daba por seguro como papable a un cardenal armenio, y todo el mundo quedó sorprendido porque resultó elegido Juan XXIII. Era un hombre viejo, pero transformó la Iglesia. Y cuando murió Pablo VI, se daba por seguro que saldría elegido el cardenal Benelli, y sin embargo fue proclamado Juan Pablo I. Y cuando poco después falleció Juan Pablo I, en Roma se decía: "Ahora es la hora de Benelli". Pues tampoco fue así, porque salió Juan Pablo II. Después de haber estado 17 años en el Vaticano, yo sí creo en el Espíritu Santo. De no ser así, los hombres hubiésemos deshecho la Iglesia hace muchos siglos. Si la Iglesia existe es porque el Espíritu Santo actúa. Ahora mismo, 117 personas, los cardenales electores, que tienen orígenes, formación, caracteres e idiomas distintos, y que apenas se conocen superficialmente, deberán ponerse de acuerdo para elegir al nuevo Papa, y eso no es fácil. No sabemos cómo, pero es un hecho que el Espíritu Santo actúa. A la gente le gusta hacer quinielas sobre los papables. Yo me río de esto. En Roma se dice que el que entra Papa en el cónclave, sale cardenal. Hay quien dice, como Luiz Inacio "Lula" da Silva, que debe ser hispanoamericano. A mí no me sorprendería que tengamos una sorpresa. Quienes estábamos en la plaza de San Pedro esperando la fumata blanca en 1978, cuando nos dijeron que el papa era polaco, no nos lo creíamos. La primera reacción fue preguntarnos quién era Carol Wojtyla. Luego, haciendo memoria, ya nos dimos cuenta. Pero fue una sorpresa total para todos.

-Se ha dicho que Juan Pablo II era un gran comunicador, incluso que era un Papa mediático. ¿Ha pasado a ser ésta una condición necesaria?
-Ser un buen comunicador es un don natural, y hay quien lo tienen y quien no. Se ha dicho que Juan Pablo II era un buen actor. Es cierto que él hizo teatro en la juventud y que sabía comunicar, mientras que hay gente que es un pozo de ciencia y sin embargo se expresa de forma aburrida. Este Papa tenía esta facilidad porque era un don natural, pero ¿pueden saber los cardenales reunidos en cónclave cuál de ellos tiene esa capacidad?. En dos días de cónclave eso no se puede saber.

-¿Se necesita un sucesor conservador o progresista?
-Esas distinciones son ¡tan curiosas! Un día le pregunté al abad primado de los benedictinos, que conocía todos los monasterios de la orden en el mundo, cuáles tenían futuro. Y me contestó: "No los monasterios grandes, ni los pequeños; no los progresistas, ni los conservadores; no los observantes, ni los relajados, sino los que hagan todo lo que dicen y que digan todo lo que hacen". La distinción entre conservadurismo y progresismo es fácil de hacer desde fuera, pero desde dentro de la Iglesia son etiquetas que difícilmente responden a la realidad. Juan XXIII, que personalmente era un gran conservador, fue el gran renovador de la Iglesia porque vio la necesidad y convocó el Concilio Vaticano II.

-¿Le sorprendió la reacción popular?
-Mucho. Yo lo interpreto como una respuesta del pueblo al mensaje del Papa como hombre de fe.

-También ocurrió tras la muerte de Juan XXIII.
-Sí, pero ni de lejos tuvo estas proporciones.

Benedicto XVI, el Papa mártir

Sinceramente, conozco a muchos que acertaron quien iba a ser el sucesor de Pedro, pero ese no fue mi caso. Yo apostaba por un Papa venido de África o de Asia, un Papa de la Iglesia perseguida, un Papa que hubiese sufrido tanto, que nadie se atreviese públicamente a negarle su derecho a ser amado. Pero el Espíritu Santo siempre nos supera.

Benedicto XVI aportará una gran seguridad doctrinal en sus planteamientos y en sus decisiones. Curiosamente, esto asegura su enfrenamiento con el mundo. ¿Y acaso podría ser acaso de otra manera?No es que Ratzinger sea de una dureza intratable o que esté falto de piedad hacia el prójimo, que es lo que los enemigos de Cristo van a repetirnos hasta la saciedad. Lo que pasa es que el Papa Ratzinger es sabio y humilde.

Sabiduría y humildad, una combinación insoportable para los defensores del relativismo, del laicismo, para los defensores de la New Age o para los de la “Cultura de la Muerte”. ¿Por qué? Porque ante la humildad de Ratzinger, al que reconocen que ama y que es sabio, ellos se sienten banales e ignorantes, imbuidos de un engreimiento absurdo.

Ese engreimiento “insultado” por la humilde exposición de la Verdad, les llevará a responder con odio y con falso desprecio. Desprecio que se diluirá ante la aviesa necesidad de destruirle, pues en esa angustia por anular su mensaje, atacarán a Ratzinger, e implícitamente, necesariamente, y muy a su pesar, con ello le estarán reconociéndolo como poseedor de esa Verdad de la que ellos carecen.

Y llegamos así otra vez al principio, ¿un Papa digno de amor, por haber sufrido persecución por su fe en Cristo? Bueno, Ratzinger ya ha sufrido persecución intelectual y moral, pero ¿existe el pasado a los ojos de Dios? ¿Por qué Dios debería limitarse al pasado y ponérnoslo fácil?
Todos aquellos que amáis a Cristo ¡¡preparaos a amar y a sufrir por Él en la persona del Papa!!

Benedicto XVI ya nos ha enseñado sus armas. El amor, la sabiduría y la humildad. Los enemigos de la Iglesia las han reconocido e intentarán negarlas y que el pueblo de Dios las ignore. Benedicto, el guardián de la fe, cargará con nuestras debilidades y, por amor a Cristo y al hombre, se enfrentará al Mundo con la fuerza de la Verdad y con la suavidad de la humildad. Y por ello, ya es odiado.
¿Queríamos un Papa digno de ser tan amado como Juan Pablo II? Me temo que vamos a ver a un Papa espiritualmente martirizado por los enemigos de la Iglesia. ¡¡Vamos a ver día a día el martirio espiritual de Benedicto XVI!!
Y para colmarle de dolor, en su humildad siempre creerá insuficiente todo cuanto sufra por nosotros, y muy escaso todo cuanto se entregue a Cristo. ¡Nos vamos a extasiar de tanto amarle!

Benedicto XVI nos necesita. Necesitará día a día sentir nuestras oraciones, de nuestro amor filial y de nuestro acercamiento a Cristo. Si así lo hacemos, además de un papa mártir, tendremos un Papa inmensamente feliz.

Efrén Pablos

miércoles, abril 20, 2005

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Reflexiones de un buen amigo

Estamos viviendo la continuidad de un gran capítulo de la Historia de la Iglesia que se abrió con el Vaticano II, que explicitó Juan Pablo II en su intenso y gran Pontificado y que ahora puede completar y coronar el Papa Benedicto con el suyo.

Y propongo estemos muy alertas para neutralizar las arremetidas contra el Papa, haciendo resaltar en cada momento sus cualidades y virtudes como gran teólgo, pastor y hombre de Iglesia.

Ha sido, sin duda, la personalidad más eminente que entró en el cónclave del que ha salido elegido. Rara vez se contradice esa sentencia romana que predice que el que entra papa en el cónclave, sale de él cardenal... Pero ha ocurrido lo que con Pacelli en el 39: que entró Papa en el Cónclave y salió Pio XII, como Ratzinger entró y ha sido proclamado Benedicto XVI. Sólo con personalidades de esa talla y en cónclaves con gran conciencia de su trascendencia y oportunidad histórica, se suelen dar estas coyunturas tan significativas.

Nadie medianamente informado puede dudar de la manifiesta personalidad del Papa electo, uno de los grandes teólogos del siglo XX, con una preclara trayectoria de fidelidad y cumplida entrega a la Iglesia.

Sin duda que la elección le ha supuesto la abnegación personal de entregarse al muy alto pero muy sacrificado Ministerio Papal, a él, que en todos sus años de servicio a la Iglesia como Prefecto de la SgdªCongregación para la Doctrina de la Fe, ha dado muestras de una exquisita discreción.

Su fama y presencia en los medios, ha sido consecuencia de sus significativas, acertadas y valientes intervenciones en defensa y clarificación de la Fe y el Dogma Cristiano. Jamás ha buscado el aplauso, el facil reconocimiento o la popularidad vana. Al contrario, se ha reafirmado como uno de los hombres más sólidos en la comprensión y la explicitación pastoral y teológica de la gran obra del Vaticano II.

Teólogo del Vaticano II y su gran valedor y promotor doctrinal durante los años de Juan Pablo II, nadie en la Iglesia actual cuenta con las capacidades y referencias del nuevo Papa Benedicto XVI para perfeccionar la obra de aquel Concilio y del pontificado de Juan Pablo Magno.

Es momento de conjuntar entusiasmos y esfuerzos, para que el don que su elección ha supuesto quede confirmado con la adhesión responsable de todos los que somos conscientes del valor de tan feliz elección a la Suprema Cátedra.

Pretendo animar a la cordial cooperación con Benedicto XVI desde el más personal y convencido entusiasmo. Es la causa por la Fe en unión de estrecha labor con el Pastor que el Señor se ha escogido para defenderla y propagarla en el Milenio recién estrenado.

Mi album

primer mensaje del Papa Benedicto XVI

BENEDICTO XVI: UN PAPA DE COMUNION Y COLEGIALIDAD

CIUDAD DEL VATICANO, 20 ABR 2005 (VIS).-Ofrecemos a continuación el texto del primer mensaje del Papa Benedicto XVI, que leyó en latín al final de la concelebración eucarística presidida esta mañana en la Capilla Sixtina con los miembros del colegio cardenalicio. El cardenal Joseph Ratzinger fue elegido ayer por la tarde 264 sucesor de San Pedro.

"¡Gracias y paz en abundancia para vosotros! En mi alma conviven en estas horas dos sentimientos contrastantes. Por una parte, un sentido de inadecuación y de turbación humana por la responsabilidad que me han confiado ayer de cara a la Iglesia universal, como sucesor del apóstol Pedro en esta sede de Roma. Por otra parte, siento viva en mí una gratitud profunda a Dios que, como nos hace cantar la liturgia, no abandona su rebaño, sino que lo conduce a través de los tiempos bajo la guía de aquellos que El mismo ha elegido vicarios de su Hijo y ha constituido pastores.

Queridísimos, este agradecimiento íntimo por un don de la misericordia divina prevalece en mi corazón a pesar de todo. Y considero este hecho una gracia especial que me ha concedido mi venerado predecesor Juan Pablo II. Me parece sentir su mano fuerte que estrecha la mía, me parece ver sus ojos sonrientes y escuchar sus palabras, dirigidas, en este momento, particularmente a mí: "¡No tengas miedo!".

La muerte del Santo Padre Juan Pablo II y los días siguientes, han sido para la Iglesia y para el mundo entero un tiempo extraordinario de gracia. El gran dolor por su desaparición y el sentido de vacío que ha dejado en todos se han templado con la acción de Cristo resucitado, que se ha manifestado durante largos días en la oleada coral de fe, de amor y de solidaridad espiritual, culminada en sus exequias solemnes.

Podemos decirlo: los funerales de Juan Pablo II han sido una experiencia verdaderamente extraordinaria en la que se ha percibido de alguna forma la potencia de Dios que, a través de su Iglesia, quiere formar con todos los pueblos una gran familia, mediante la fuerza unificadora de la Verdad y del Amor. En la hora de la muerte, conformado con su Maestro y Señor, Juan Pablo II coronó su largo y fecundo pontificado, confirmando en la fe al pueblo cristiano, reuniéndolo en torno a sí y haciendo sentirse más unida a la entera familia humana. ¿Cómo no sentirse sostenidos por este testimonio? ¿Cómo no advertir el aliento que procede de este acontecimiento de gracia?

Sorprendiendo toda previsión mía, la Providencia divina, a través del voto de los venerados padres cardenales, me ha llamado a suceder a este gran Papa. Vuelvo a pensar en estas horas en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años. Me parece escuchar las palabras de Pedro:"Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo" y la solemne afirmación del Señor: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia (...) Te daré las llaves del reino de los cielos".

¡Tu eres Cristo! ¡Tu eres Pedro! Me parece revivir la misma escena evangélica; yo, sucesor de Pedro, repito con trepidación las palabras trepidantes del pescador de Galilea y vuelvo a escuchar con emoción íntima la consoladora promesa del divino Maestro. Si es enorme el peso de la responsabilidad que cae sobre mis pobres hombros, es ciertamente desmesurada la potencia divina sobre la que puedo contar: "Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Al elegirme como obispo de Roma, el Señor me ha querido vicario suyo, me ha querido "piedra" en la que todos puedan apoyarse con seguridad. A El pido que supla a la pobreza de mis fuerzas, para que sea valiente y fiel
pastor de su rebaño, siempre dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo.

Me dispongo a emprender este ministerio peculiar, el ministerio "petrino" al servicio de la Iglesia universal, con humilde abandono en las manos de la Providencia de Dios. Es a Cristo en primer lugar a quien renuevo mi adhesión total y confiada: "In Te, Domine, speravi; non confundar in aeternum!".

A vosotros, señores cardenales, con ánimo grato por la confianza que me habéis demostrado, os pido que me sostengáis con la oración y con la colaboración, constante, sapiente y activa. Pido también a todos los hermanos en el episcopado que estén a mi lado con la oración y con el consejo, para que pueda ser verdaderamente el "Servus Servorum Dei". Como Pedro y los otros apóstoles constituyeron por voluntad del Señor un único colegio apostólico, del mismo modo el sucesor de Pedro y los obispos, sucesores de los apóstoles -el Concilio lo ha reafirmado con fuerza- deben estar estrechamente unidos entre ellos. Esta comunión colegial, si bien en la diversidad de roles y de funciones del romano pontífice y de los obispos, está al servicio de la Iglesia y de la unidad de la fe, de la que depende de manera notable la eficacia de la acción evangelizadora en el mundo contemporáneo. Por lo tanto, sobre este sendero en que han avanzado mis venerados predecesores, quiero proseguir preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo.

Frente a mí está, en particular, el testimonio de Juan Pablo II. El deja una Iglesia más valiente, más libre, más joven. Una Iglesia que, según su enseñanza y su ejemplo, mira con serenidad al pasado y no tiene miedo del futuro. Con el Gran Jubileo se ha introducido en el nuevo milenio, llevando en las manos el Evangelio, aplicado al mundo actual a través de la autorizada re-lectura del Concilio Vaticano II. Justamente el Papa Juan Pablo II indicó ese concilio como "brújula" con la que orientarse en el vasto océano del tercer milenio. También en su testamento espiritual escribía: "Estoy convencido de que las nuevas generaciones podrán servirse todavía durante mucho tiempo de las riquezas proporcionadas por este Concilio del siglo XX".

Por lo tanto, yo también, cuando me preparo al servicio que es propio del sucesor de Pedro, quiero reafirmar con fuerza la voluntad decidida de proseguir en el compromiso de realización del Concilio Vaticano II, siguiendo a mis predecesores y en continuidad fiel con la tradición bimilenaria de la Iglesia. Este año cae el 40 aniversario de la conclusión de la asamblea conciliar (8 de diciembre de 1965). Con el pasar de los años los documentos conciliares no han perdido actualidad; por el contrario, sus enseñanzas se revelan particularmente pertinentes en relación con las nuevas instancias de la Iglesia y de la sociedad actual globalizada.

De manera muy significativa, mi pontificado inicia mientras la Iglesia vive el año especial dedicado a la Eucaristía. ¿Cómo no ver en esta coincidencia providencial un elemento que debe caracterizar el ministerio al que estoy llamado? La Eucaristía, corazón de la vida cristiana y fuente de la misión evangelizadora de la Iglesia, no puede dejar de constituir el centro permanente y la fuente del servicio petrino que me ha sido confiado.

La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que sigue entregándose a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. De la comunión plena con El, brota cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia, en primer lugar la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y testimonio del Evangelio, el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños.

En este año, por lo tanto, se tendrá que celebrar con relieve particular la solemnidad del Corpus Christi. La Eucaristía constituirá el centro de la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia y en octubre, de la Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, cuyo tema será: "La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia".

Pido a todos que intensifiquen en los próximos meses el amor y la devoción a Jesús Eucaristía y que expresen con valentía y claridad la fe en la esperanza real del Señor, sobre todo mediante la solemnidad y la dignidad de las celebraciones.

Lo pido de modo especial a los sacerdotes, en los que pienso en este momento con gran afecto. El sacerdocio ministerial nació en el Cenáculo, junto con la Eucaristía, como tantas veces subrayó mi venerado predecesor Juan Pablo II. "La existencia sacerdotal ha de tener, por un título especial, 'forma eucarística', escribió en su última carta para el Jueves Santo. A este fin contribuye sobre todo la devota celebración cotidiana de la Santa Misa, centro de la vida y de la misión del cada sacerdote.

Alimentados y sostenidos por la Eucaristía, los católicos no pueden dejar de sentirse estimulados a tender a aquella plena unidad que Cristo deseó ardientemente en el Cenáculo. El Sucesor de Pedro sabe que tiene que hacerse cargo de modo muy particular de este supremo deseo del Maestro divino. A El se le ha confiado la tarea de confirmar a los hermanos.

Plenamente consciente, por tanto, al inicio de su ministerio en la Iglesia de Roma que Pedro ha regado con su sangre, su actual sucesor asume como compromiso prioritario trabajar sin ahorrar energías en la reconstitución de la unidad plena y visible de todos los seguidores de Cristo. Esta es su ambición, este es su acuciante deber. Es consciente de que para ello no bastan las manifestaciones de buenos sentimientos. Son precisos gestos concretos que entren en los ánimos y remuevan las conciencias, llevando a cada uno a aquella conversión interior que es el presupuesto de todo progreso en el camino del ecumenismo.

El diálogo teológico es necesario. También es indispensable profundizar en la motivaciones históricas de decisiones tomadas en el pasado. Pero lo que más urge es aquella "purificación de la memoria", tantas veces evocada por Juan Pablo II, que únicamente puede preparar los ánimos a acoger la plena verdad de Cristo. Cada uno debe presentarse ante Dios, Juez supremo de todo ser vivo, consciente del deber de rendirle cuentas un día de lo que ha hecho o no ha hecho por el gran bien de la unidad plena y visible de todos sus discípulos.

El actual Sucesor de Pedro se deja interpelar en primera persona por esta pregunta y está dispuesto a hacer todo lo posible para promover la fundamental causa del ecumenismo. Siguiendo a sus predecesores, está plenamente determinado a cultivar todas las iniciativas que puedan ser oportunas para promover los contactos y el entendimiento con los representantes de las diversas iglesias y comunidades eclesiales. A ellos, envía también en esta ocasión, el saludo más cordial en Cristo, único Señor de todos.

Vuelvo con la memoria en este momento a la inolvidable experiencia que hemos vivido todos con ocasión de la muerte y del funeral por el llorado Juan Pablo II. Junto a sus restos mortales, colocados en la tierra, se recogieron los jefes de las naciones, personas de todas las clases sociales, y especialmente jóvenes, en un inolvidable abrazo de afecto y admiración. El mundo entero clavó su mirada en él con confianza. A muchos les pareció que aquella intensa participación, amplificada hasta los confines del planeta por los medios de comunicación social, fuese como una petición común de ayuda dirigida al Papa por parte de la humanidad, que turbada por incertidumbres y temores, se interroga sobre su futuro.

La Iglesia de hoy debe reavivar en sí misma la conciencia de la tarea de volver a proponer al mundo la voz de Aquel que ha dicho: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida". Al emprender su ministerio, el nuevo Papa sabe que su deber es hacer que resplandezca ante los hombres y mujeres de hoy la luz de Cristo: no la propia luz, sino la de Cristo.

Con esta conciencia me dirijo a todos, también a aquellos que siguen otras religiones o que simplemente buscan una respuesta a las preguntas fundamentales de la existencia y todavía no la han encontrado. Me dirijo a todos con sencillez y afecto, para asegurar que la Iglesia quiere seguir manteniendo con ellos un diálogo abierto y sincero, la búsqueda del verdadero bien del ser humano y de la sociedad.

Invoco de Dios la unidad y la paz para la familia humana y declaro la disponibilidad de todos los católicos a cooperar en un auténtico desarrollo social, respetuoso de la dignidad de todos los seres humanos.

No ahorraré esfuerzos y sacrificio para proseguir el prometedor diálogo iniciado por mis venerados predecesores, con las diversas civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos.

Pienso en particular en los jóvenes. A ellos, interlocutores privilegiados del Papa Juan Pablo II, dirijo mi afectuoso abrazo en espera -si Dios quiere-, de encontrarles en Colonia, con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Queridos jóvenes, futuro y esperanza de la Iglesia y de la humanidad, seguiré dialogando y escuchando vuestras esperanzas para ayudaros a encontrar cada vez con mayor profundidad a Cristo viviente, el eternamente joven.

Mane nobiscum, Domine! ¡Señor, quédate con nosotros! Esta invocación, que es el tema dominante de la carta apostólica de Juan Pablo II para el Año de la Eucaristía, es la oración que brota de modo espontáneo de mi corazón, mientras me dispongo a iniciar el ministerio al que me ha llamado Cristo. Como Pedro, también yo renuevo a Dios mi promesa de fidelidad incondicional. Quiero servir solo a El, dedicándome totalmente al servicio de su Iglesia.

Invoco la materna intercesión de María Santísima para que sostenga esta promesa. En sus manos pongo el presente y el futuro de mi persona y de la Iglesia. Que intercedan también los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos.

Con estos sentimientos imparto a vosotros, venerados hermanos cardenales, a quienes participan en este rito y a cuantos lo siguen mediante la radio y la televisión una especial y afectuosa bendición".
MESS/PRIMERA MISA:BENEDICTO XVI VIS 050420 (2320)

Última homilía del cardenal Ratzinger: Pro eligendo pontifice

martes, abril 19, 2005

BENEDICTO XVI ELEGIDO NUEVO PAPA



Joseph Ratzniger ya convertido en Benedicto XVI ha saludado y bendecido a los miles de fieles





“Habemus Papam”. Poco antes de las seis de la tarde, una hora antes de lo previsto el humo blanco ha salido de la chimenea de la Capilla Sixtina. Los 115 cardenales reunidos en cónclave han elegido al nuevo Papa, el 265 de la historia de la Iglesia, y ha sido anunciado al mundo con la tradicional fumata blanca y por primera vez en la historia con el repique de campanas. Un cuarto de hora más tarde comenzaron a repicar las seis campanas de la basílica de San Pedro, señal también, según había advertido el Vaticano antes del cónclave, de que había sido elegido nuevo Papa.

Mientras, miles de personas que aguardaban expectantes en la Plaza de San Pedro muestran su alegría tras conocer que tenemos Papa. Tras la fumata, y pasadas las seis y media de la tarde, el cardenal protodiácono de la Iglesia de Roma, el chileno Jorge Arturo Medina Estévez, ha anunciado a Roma y al mundo entero el nombre del nuevo Papa. Instantes después, el cardenal alemán Joseph Ratzniger ya convertido en Benedicto XVI ha saludado y bendecido a los miles de fieles. Benedicto XVI ha recordado a Juan Pablo II y ha mostrado su confianza “en las oraciones de los fieles” además, ha dicho que “es un humilde trabajador de la viña del Señor”. Inmediatamente después ha iniciado la primera bendición a los fieles que abarrotan la plaza de San Pedro que han coreado el nombre del nuevo Papa.


TE DEUM laudamus: te Dominum confitemur.
Te aeternum Patrem omnis terra veneratur.
Tibi omnes Angeli; tibi Caeli et universae Potestates;
Tibi Cherubim et Seraphim incessabili voce proclamant:
Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus Sabaoth.
Pleni sunt caeli et terra maiestatis gloriae tuae.
Te gloriosus Apostolorum chorus,
Te Prophetarum laudabilis numerus,
Te Martyrum candidatus laudat exercitus.
Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia,
Patrem immensae maiestatis:
Venerandum tuum verum et unicum Filium;
Sanctum quoque Paraclitum Spiritum.
Tu Rex gloriae, Christe.
Tu Patris sempiternus es Filius.
Tu ad liberandum suscepturus hominem, non horruisti Virginis uterum.
Tu, devicto mortis aculeo, aperuisti credentibus regna caelorum.
Tu ad dexteram Dei sedes, in gloria Patris.
Iudex crederis esse venturus.
Te ergo quaesumus, tuis famulis subveni: quos pretioso sanguine redemisti.
Aeterna fac cum sanctis tuis in gloria numerari.
V. Salvum fac populum tuum, Domine, et benedic hereditati tuae.




sábado, abril 16, 2005

Dos milagros y una anécdota

Los cuenta y Pilar y me da su permiso para ponerlos
Dos milagros... en vida.
Un sacertote americano, en un barrio marginal de New york, está haciendo una labor Pastoral impresionante entre drogadictos. Tiene mucha garra, y lleva a Cristo a mucha gente. Un día le esperan un grupo de camellos y le dan una paliza que le deja maltrecho y ciego, por que le patean con saña la cabeza. Se entera el Papa, y cuando ya se ha recuperado de las heridas, le pide que vaya a Roma. Mientras espera en la Capilla, se le acerca D. Stanislao Dziwisz,y le dice, que el Papa, quiere Concelebrar con el. "Su Santidad va a pedir a Dios por Ud. Cuando empiece a ver ¡dígalo!" Empieza la Santa Misa, y al llegar al Ofertorio, se oye la voz conmovida del sacerdote que dice: Estoy empezando a ver.... Al termino de la Misa, veía perfectamente.

El otro es de una joven madre Polaca. Tiene un niño pequeño muy enfermo. Incurable. Le ofrecen la posibilidad de ir a Roma, a una audiencia con el Papa. No sabe como lo va a hacer, pero en su mente solo hay un grito de esperanza... si pudera estar cerca, le hablaría al Papa, le pediría por mi hijo. De todas formas, se lleva una camisetita del niño, por si pudiera acercársela, que el Papa la coja en sus manos. Una vez en Roma, como es Polaca, le hacen sitio, y está en primera fila. No desaprovecha la ocasión al pasar el Papa, y le habla, a la vez que le acerca la camiseta. El Papa la coge, y la consuela. Al llegar a casa le pone al niño la camiseta, llena de fe en que se va a curar. Y se cura. Cuando le escribe a Monseñor Dziwisz, contandole el milagro, lo que mas le sorprende, es que su secretario "no se sorprenda".
La anécdota
Es de Joaquín Navarro Valls. Un día acudió al despacho del Papa a consultar unas cosas de trabajo , y se encontró que no estaba. Le preguntó a D. Stanislao donde podría encontrarlo. ¡¡Pues en la Capilla!! Cuando abrió la puerta se encontro al Papa, intentando rodeara con los brazos el Sagrario (abrazarlo) y la cabeza inclinada hacia un lado, como apoyada en él. Desde donde observaba, oyó que el Papa estaba cantando algo en Polaco. Como era evidente, no eran momentos de consultas y se fué sin hacer ruido. Mucho rato despues volvió al despacho, y si estaba ésta vez el Santo Padre. El, con toda sencillez y confianza le contó lo que había visto, y el Papa le contestó que estaba consolando a Dios.
--Santidad, pero le estaba cantando algo que yo no he entendido...
--Si, le cantaba la canción que me cantaba a mi mi madre cuando era pequeño, y estaba asustado, o tenía miedo...

jueves, abril 14, 2005

La apuesta imposible

Me lo pasó Noemí:
En 1978, el Espíritu Santo se reunió con sus cuatro arcángeles para ver quién proponía el mejor "currículum" para un "Pontífice 10". Reunieron todas las condiciones y salío Wojtyla.

Cuentan que, en 1978, a la muerte de Juan Pablo I, el Espíritu Santo se reunió con sus cuatro arcángeles y les propuso una apuesta: debía proponer, lo más detalladamente posible, un "currículum" para el nuevo Papa. Se trataba de crear un perfil imposible, con todas las características exigibles de un Pontífice 10.

Después de desgranar una interminable retahíla de virtudes cardinales y teologales, llegó el momento más difícil para los ángeles, ponerse en la piel de un mortal y concretar aún más el perfil, la biografía.

"Muchos en el mundo ven el Vaticano como un mundo cerrado, un 'coto' para italianos" -dijo Gabriel- ¿Que tal si fuera de otro país?". "¡Sí!" - terció Rafael- Y, ya puestos, que venga de un país sometido a una dictadura, que sepa lo que es la opresión. "¿Que os parece un país del Este?". "¡Polonia, la nación mártir!- zanjó Miguel- Así no habrá vivido no uno, sino dos regímenes totalitarios: el nazi y el comunista". "Buena idea, así podrá hablar a los oprimidos en su mismo idioma. Y, ya que estamos, que haya sido obrero, que haya trabajado con sus manos en una fábrica, o una mina o algo así", intervino Uriel. "Bueno, vale, pero también tendrá que ser un intelectual de primera fila, o las inteligencias del mundo ni siquiera le escucharán...", advirtió Miguel. "Obrero e intelectual de altura..." Uf. Pero como su Divina Majestad nos ha pedido un perfil imposible, quizá además de filósofo y obrero podría ser.... ¿artista de algún tipo?", propuso Rafael
"¡Escritor!"- saltó Uriel
"¡Poeta!" - dijo Miguel
"¡Actor!" - eligió Gabriel
"¿Por qué no las tres cosas?" - preguntó Rafael- "Ya puestos..."
"Sea".

"Su Divina Majestad sabe pintar obras maestras con la pata de una mesa, como dicen. Pero ya que nos es dado pedir, hagamoa al Pastor cercano a sus ovejas en todo lo posible; que tenga eso que llaman 'carisma', encanto personal", rogó Uriel.

"Y que hable dos o tres idiomas", añadió Rafael.
"Más", terció Miguel. "Varios. Y que viaje, que viaje mucho y pueda visitar en persona a los fieles".

"No puede faltar la persecución", recordó Gabriel. "Cruces, tendrá muchas, dirán de él las peores cosas y además... ¿que se os ocurre?".

"¿Lo matan?", aventuró Uriel.

"No, espera: lo intentan matar y sobrevive", sugirió Miguel. "Pero gravemente herido, con secuelas de esas que duran toda la vida".

"Si, mejor: así tendrá ocasión de perdonar a su asesino..", dijo Rafael.

"Si place a su Divina Majestad que sigamos con esta biografía improbable - intervino de nuevo Miguel-, ¿seria mucho pedir que fuera un buen ejemplar de ser humano?. En lo físico, digo".

"Eso, un atleta".
"Y guapo, ya que estamos".
"Y con buenos genes: que nos dure muchos años".

El Espíritu Santo eligió un polaco escritor, actor, poeta, atleta, profesor, políglota, lleno de carisma y ... hasta guapo.

miércoles, abril 13, 2005

Qué bien escribe Pili

Tolerancia y derechos de los otros

María Pilar Lázaro Torres

Hace unos días leí en este diario un escrito de Pilar Salarrullana, apoyando el 'hijo medicamento'. Comprendo que la pérdida de un hijo es algo muy doloroso y, quizás por ello se ha posicionado y desea convencer de su postura. Pero en estos momentos que están justificándose muchas cosas basándose en los sentimientos, creo prudente recordar que por encima de éstos está la razón. No entro en sus apreciaciones sobre suplantar a Dios, los testigos de Jehová, los nuevos Mengeles, lo que es la vida y la postura ante ella, etc.

Afirma que ese nuevo hijo, que salvaría la vida de su hermano, iba a ser el más deseado y querido. No estoy de acuerdo. Precisamente es en la familia donde se ama a las personas por lo que son. Ese niño enfermo es querido, y mas aún, por el hecho de estar enfermo. El hermanito que se engendraría, tendría una finalidad práctica, no sería querido por sí mismo, sino porque iba a ser «la medicina para su hermano». Y esto es muy triste. Cuando él conozca el motivo por el que vino a la vida, comprenderá que no era querido "por" sí mismo sino "para" la vida de su hermano. Dudo que disfrute cuando lo sepa, porque su vida ha sido tratada como una costosa mercancía, se le ha utilizado y se le someterá a una operación que no necesitaba. ¿Dónde está la dignidad y el respeto por cada ser humano? La tolerancia que atropella los derechos de los otros, no es tolerancia.

lunes, abril 11, 2005

La herencia filosófica de Karol Wojtyla y de Antonio Millán-Puelles


Entrevista al filósofo Jesús Villagrasa

ROMA, lunes, 11 abril 2005 (ZENIT.org).- En la madrugada del pasado 22 de marzo fallecía en Madrid a la edad de 84 años, Antonio Millán-Puelles, uno de los mejores filósofos españoles del siglo XX. Pocos días después, el 2 de abril, Karol Wojtyla, a la misma edad, moría en Roma.

Zenit ha entrevistado al filósofo Jesús Villagrasa, profesor de Metafísica en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma, autor de una tesis doctoral sobre la obra «Teoría del objeto puro» de Millán-Puelles y de un libro, «La fundación metafísica de una ética realista» («La fondazione metafisica di un’etica realista (Ateneo Pontificio Regina Apostolorum 2005), donde presenta el pensamiento de K. Wojtyla y de A. Millán-Puelles sobre ese argumento.

--¿Hay algo que acomune a estos dos filósofos?

--Villagrasa: En apariencia, poco. La historia de K. Wojtyla es conocida: polaco, seminarista clandestino, sacerdote, profesor universitario, obispo, Papa. Millán-Puelles era español, padre de una familia numerosa, filósofo de profesión, catedrático de universidad por oposición con sólo treinta años, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas a la edad de cuarenta. En realidad hay muchas semejanzas. Los dos han sido grandes filósofos, que han recogido la tradición aristotélico tomista y fenomenológica y la han renovado en diálogo con la modernidad. Se conocieron en vida durante un simposio celebrado en Roma y que Millán-Puelles amaba recordar. En esa ocasión, mientras intercambiaban unas palabras, el entonces arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla, sacó de su maletín la traducción italiana del libro «La estructura de la subjetividad» de Millán-Puelles, publicada por Marietti, y manifestó al filósofo español que ambos habían seguido caminos filosóficos muy similares.

--Antonio Millán-Puelles es menos conocido ¿Qué recuerdo tiene de él?

--Villagrasa: Recuerdo sobre todo al hombre, al amigo. Era un hombre noble, un caballero, leal, amigo de la verdad, de fino sentido del humor, de profunda espiritualidad católica. Amaba mucho a su esposa María Josefa, a sus hijos y nietos. La última vez que conversé con él en su casa, el pasado mes de noviembre, lo encontré enfermo, en cama. Aun entre fuertes dolores, conservaba su característico sentido del humor. Barruntaba su próxima muerte, me dijo, porque «el único apetito natural que me queda es dormir». Amaba conversar de filosofía. En esta ocasión me desarrolló el esquema de una obra sobre la inmortalidad del alma que ha dejado incompleta.

--¿Qué recuerdo tiene de Antonio Millán-Puelles como filósofo?

--Villagrasa: Su humildad. Siempre disponible para acoger críticas, me animó a introducir en la tesis los eventuales puntos de disenso que le planteaba, que no eran muchos. Se prodigaba en las explicaciones. No hacía alarde de la erudición que poseía. Sólo quien tiene familiaridad con autores y sistemas puede desarrollar los temas filosóficos con la agilidad, soltura y profundidad con que él lo hacía. Tampoco hacía alarde de original, aunque lo sea en muchas de sus páginas.

--¿Qué considera más representativo de este filósofo?

--Villagrasa: Su modo de hacer filosofía. Era un pensador serio. Pensaba a fondo lo que decía o escribía y trataba de exponerlo con claridad y rigor, tanto en las obras de alta especulación como en las de divulgación. La claridad era, para Millán-Puelles, una exigencia misma de la filosofía, porque ella misma es una aclaración. Cuidaba la claridad estilística, pero sobre todo el rigor o claridad intelectual: es decir, la precisión, claridad y distinción del concepto y el orden y la brevedad del discurso. Millán-Puelles es un autor claro, pero no fácil. Se expresa en un lenguaje denso y apretado sin concesiones a excesos literarios. La profundidad hermanada con la claridad no ahorran al estudioso la fatiga en los temas difíciles. La frase es ajustada, fácil o difícil según la idea misma que expresa. No elude la construcción compleja ni el periodo largo. Con fines pedagógicos recurre a juegos de palabras para apretar en una frase un amplio argumento. Su estilo ha sido comparado al del orfebre, por la densidad, minuciosidad, cuidado y pulcritud del trabajo.

--¿Dónde encuadraría la filosofía de Antonio Millán-Puelles?

--Villagrasa: Es un metafísico, no sólo por haber sido catedrático de esta materia sino porque concibe la filosofía como metafísica. Ha incursionado en todos los sectores de la filosofía pero siempre como metafísico. Los títulos de sus publicaciones manifiestan una gran variedad temática, cosa sorprendente en este tiempo de especialización. La inteligencia de Millán-Puelles, de gran finura analítica, al estar abierta a un amplio espectro de intereses, se ha librado de la excesiva fragmentación del saber filosófico y de imponer puntos de vista pasajeros o unilaterales. Esta apertura temática no era en él una opción arbitraria, sino el estilo mismo de la auténtica filosofía.

--¿Y dónde encuadraría la filosofía de Karol Wojtyla?

--Villagrasa: Fue profesor de ética filosófica. Pero también es, sin duda, un metafísico. Su primer encuentro con la metafísica fue duro. En un encuentro con estudiantes romanos que abarrotaban el aula Pablo VI, en el mes de marzo de 2003, hablando sin papeles, les dijo que mientras trabajaba como obrero había estudiado la metafísica, por su cuenta, sin profesores, y que trataba de entender esas categorías, y que al final, logró entenderlas. Y concluyó: «he constatado que esta metafísica, esta filosofía cristiana me da una nueva visión del mundo, una más profunda penetración de la realidad. Antes tenía estudios más bien humanistas, ligados a la literatura y a la lengua y aquí, con esta metafísica y con la filosofía en general, he encontrado la clave para una comprensión y penetración intelectual del mundo más profunda y, diría, ultima».

--¿En qué corriente o escuela filosófica incluiría a estos filósofos?

--Villagrasa: Con reservas en los dos casos, diría que son aristotélico-tomistas y fenomenólogos, abiertos a las aportaciones válidas de la filosofía moderna y contemporánea. Los principios de la metafísica aristotélica, «repensados», estructuran sus obras. Millán-Puelles se interesó de la fenomenología de Husserl desde su tesis doctoral titulada «El problema del ente ideal. Un examen a través de E. Husserl y N. Hartmann». En sus investigaciones posteriores no abandonó el método fenomenológico. Lo han considerado un pionero de la fenomenología en el mundo de habla hispana. La tesis en filosofía de K. Wojtyla es sobre un fenomenólogo y se titula «Valoración de la posibilidad de fundar una ética católica sobre la base del sistema ético de Max Scheler». El fenomenólogo realista con quien más sintoniza K. Wojtyla es el polaco Roman Ingarden. Un buen conocimiento de la historia de la filosofía y un talante especulativo libran a Wojtyla y a Millán-Puelles de las estrecheces de escuela.

--¿Lograron una síntesis entre la escolástica aristotélico-tomista y la fenomenología?

--Villagrasa: No lo pretendieron. No corresponde al estilo de Millán-Puelles. Era poco amigo de trasposiciones, falsos irenismos o fáciles paralelismos. No le convencen las fusiones, síntesis o mezclas inestables de sistemas filosóficos o autores. Prefiere la confrontación clara, distinguir para unir, perfilar fronteras nítidas cuando las hay y reconocer, al mismo tiempo, semejanzas y elementos comunes. La contraposición entre sistemas, autores e ideas es una constante en su modo de hacer filosofía. K. Wojtyla es un filósofo muy creativo. En sus análisis, aprovecha las tradiciones que mejor conoce, sin pretender elaborar un sistema.

--¿Podría señalarse algún tema principal en estos autores?

--Villagrasa: El tema que absorbe la atención de K. Wojtyla desde el inicio de su carrera académica es la acción humana. Busca una ontología del espíritu que sirva de fundamento a la ética. Sus dos obras principales «Amor y responsabilidad» y «Persona y acción» se colocan en este contexto. La atención de su filosofía está dirigida sobre todo al hombre como sujeto inteligente y libre que actúa en comunidad. La subjetividad del hombre emerge cuando cada persona se experimenta como responsable de las propias acciones. El acto revela al hombre como persona. Gracias a la acción, al amor, al don sincero de si, el hombre llega a realizarse.

Millán-Puelles, en toda su obra –también en un libro tan abstracto y aparentemente alejado de la realidad como «Teoría del objeto puro», que trata de lo irreal– va del conocimiento objetivo a la acción moral pasando por la metafísica del ser. En alguna ocasión dijo que el problema que más le interesaba era comprender cómo es posible que el hombre haga mal uso de su libertad, cómo salvar la libertad de un ejercicio autodestructivo. «Teoría del objeto puro» (1990) es un análisis de la irrealidad e, indirectamente, un estudio sobre el hombre, que es un «animal de irrealidades» porque se representa muchas «cosas» que no existen. Pues bien, el libro se cierra con esta frase: «En todo uso de la libertad –también en el uso práctico– lo irreal es imprescindible para la realidad de nuestro ser».

A. Millán-Puelles y K. Wojtyla son filósofos realistas. La conexión entre realismo y ética, presente en ambos, está expresada en el título de una de sus obras más representativas de Millán-Puelles «La libre afirmación de nuestro ser. Fundación de una ética realista» (1994).

--¿Cuál es la herencia que dejan estos filósofos?

--Villagrasa: El contenido de sus obras y un ejemplar modo de hacer filosofía. Espero que los filósofos sepan apreciar, acoger, divulgar y hacer fructificar este legado.

domingo, abril 10, 2005

El matrimonio

Linda carta de María Luisa, amiga y madre de amigas.


Hay un tema que se repite un día y otro en la Prensa, sobre el que la población en general no está de acuerdo: se trata de que va a llamarse matrimonio a la unión de dos personas del mismo sexo. El matrimonio es la unión de un hombre con una mujer; todo lo demás será convivencia, pareja de hecho, o lo que se le quiera llamar, pero no matrimonio. Por otra parte hay que dar una gran importancia a la cuestión de la adopción de niños por una pareja homosexual. Un niño tiene que el derecho a criarse con un padre y una madre, no con dos papás, o dos mamás.

Ahora que está al descubierto la triste realidad de la violencia en las aulas, es bueno recordar que los niños, a veces, son muy crueles, y a los adoptados por este tipo de parejas les pueden hacer la vida imposible.

Los niños son seres muy frágiles, y su educación y preparación para la vida debe hacerse en las mejores condiciones posibles. Tanto hablar de derechos humanos, ¿se están teniendo en cuenta los derechos del niño?

Por otra parte, si miramos a Estados Unidos, el paraíso de las libertades, se pueden contar con los dedos de una mano los Estados que apoyan esta postura que ahora se nos quiere imponer.

Toda persona tiene derecho a que se le mire con respeto, con independencia de cuál es su modo de pensar, su orientación sexual, etc.; pero de eso a dar como natural algo que es contra natura va un abismo; pues vaciaría de contenido la inmensa mayoría de los matrimonios españoles y el poder adoptar niños sería una irresponsabilidad por parte de los poderes públicos, al no entregarlos a familias menos originales.
María Luisa Duñabeitia

luto en roma


La tristeza de las fieras
«La lluvia ha empezado a remitir, cansada quizá de su propia monotonía; sobre el cielo del Vaticano, un lepanto de nubes entran en batalla y después se dispersan, como empujadas por una brújula que discrepa del norte»

El viento que soplaba la tarde del viernes sobre Roma trajo al fin la lluvia, una lluvia sin dramaturgias ni estrépito, paciente y cursiva como la caligrafía de un amanuense. Después de escribir la crónica para ABC, salí a la calle a comprar tabaco. Roma tenía ese aspecto desolado y clandestino de las arquitecturas soñadas por De Chirico. Dirigí mis pasos hacia Villa Borghese, un bosque enjaulado que la oscuridad erizaba de miedos; detrás de sus tapias, la fronda amortiguaba la lluvia, exhalando un olor pútrido y dulcísimo. Me pareció oír, de repente, elevándose sobre las copas de los árboles, una algarabía en la que creí distinguir el barritar de un elefante, tal vez también el rugido de un tigre, que como cualquier borgiano sabe esconde en su piel la escritura de Dios. Asalté a un romano que avanzaba por la acera con las manos resguardadas en los bolsillos, fugitivo de la lluvia como yo mismo, y le pedí que se detuviera un instante, para escuchar aquel rumor en el que se congregaba el vertiginoso atlas: «Son las fieras del zoológico», me tranquilizó, antes de proseguir su camino. Durante unos minutos permanecí quieto, tratando de descifrar aquel lenguaje confuso que convertía Villa Borghese en una nueva arca de Noé: en su música subyacía un estribillo lúgubre, con algo de réquiem desorganizado y algo de responso bronco.

Como las fieras del zoo, yo tampoco logré conciliar el sueño. A la mañana siguiente volví a Villa Borghese; la lluvia que no había cesado de arañar las ventanas de mi cuarto seguía descendiendo sobre Roma, litúrgica como un hisopo. En el Giardino Zoologico, los cuidadores de las fieras no salían de su estupor. Giuseppe, un veterinario de melena recogida en una coleta y brazos membrudos, seguramente ejercitados en el forcejeo con los gorilas, me habla con una voz apabullada por el asombro: «No han pegado ojo en toda la noche. Pero no estaban encabritados, ni siquiera intranquilos. Tan sólo tristes, como si hubieran enviudado de repente».
Frente a nosotros, un par de jirafas se acuclillan en el suelo, como avergonzadas de su cuello fisgón, que quizá les permita otear desde aquí la cúpula de San Pedro; más allá, los chimpancés se hallan reunidos en un corro silencioso, tapándose pudorosamente el rostro, como asistentes a un velatorio que prefieren mantener incógnitas sus facciones, para que nadie espíe el curso de sus lágrimas; el pelaje rayado de las cebras tiene una tonalidad mustia, grisácea, casi presidiaria; la mirada de las gacelas ha extraviado su barniz y su vivacidad; los búfalos mugen y escarban la tierra con sus pezuñas, con los cuernos a media asta; las aves han olvidado su canto ecuménico bajo el ala; los elefantes, que anoche dirigían el concierto quejumbroso, bambolean la trompa a izquierda y derecha, como si quisieran tañer una campana, y contemplan a los escasos visitantes con infinita lástima. «Llevo quince años trabajando con ellos y jamás había visto nada parecido», me asegura Giuseppe. Pero no se atreve a explicar con argumentos sobrenaturales la razón de tanta tristeza.

Aleteo de palomas
Dejo atrás el silencio funeral de Villa Borghese y emprendo una larga caminata de casi dos horas hasta San Pedro. Roma se agrieta con la lluvia, Roma «mata a sus habitantes cuando llueve» escribió Rafael Alberti, en alguno de aquellos poemas que escribió en su casa de Montserrato, 20. La ciudad tiene ese aire devastado de los caserones acribillados de goteras; las fachadas de los palacios, de un color de canela herrumbrosa, parecen a punto de desmigajarse. Busco las callejuelas más recoletas, huyendo de los coches que me bautizan con el agua de los charcos, para mejor disfrutar de mi soledad; en una de estas callejuelas me tropiezo con media docena de monjas polacas, Siervas del Sagrado Corazón de Jesús, la misma congregación de Sor Tobiana Sobodka y de las otras cuatro hermanas que acompañaron al Papa en su agonía. Visten hábitos negros, que se alzan levemente para evitar que se mojen; de sus tocas sobresalen unos plastrones almidonados, deliciosamente anacrónicos, que acompañan su carrera con un aleteo de palomas despavoridas. A fuerza de insistirles, consigo que se detengan cuando ya estoy a punto de echar los bofes; todas ellas son muy jóvenes, más jóvenes –o menos gordas— desde luego que yo, a juzgar por sus condiciones atléticas. La que parece capitanear el grupo se llama sor Faustina, en honor de la mística Faustina Kowalska, predilecta de Juan Pablo II e impulsora de la devoción a la Divina Misericordia. Sor Faustina aún no habrá alcanzado la treintena; tiene las mejillas sonrosadotas, la sonrisa pizpireta y unos ojillos de azogue, inquietos y de un color que no acierto discernir, entre el azul veronés y el siena.

En la cima del monte Terminillo
Habla un inglés un poco comanche, pero compatible en cualquier caso con mi inglés arapajoe: «Ayer estuvimos con la madre Tobiana, que nos ha entregado una carta para nuestra comunidad de Cracovia —me secretea—. Sor Tobiana está muy afectada por la muerte del Santo Padre, pero encuentra alivio recordando sus anécdotas. Al Papa le gustaba improvisar excursiones, cuando sus obligaciones se lo permitían; y Sor Tobiana tenía que correr detrás de él con el maletín de los medicamentos. En cierta ocasión lo estuvo buscando durante horas por las dependencias de Castelgandolfo, adonde se suponía que tendría que haber regresado, una vez concluida una audiencia general en el Vaticano; pero llegó la noche y el Santo Padre no aparecía. Luego supieron que había hecho desviar su helicóptero hasta la cima del monte Terminillo, porque deseaba sentir el crujido de la nieve en las plantas de los pies. A la mañana siguiente, Sor Tobiana no se privó de soltarle una reprimenda; y el Santo Padre, cabeceaba en señal de arrepentimiento». Las compañeras de Sor Faustina estallan en una risa que calificaría de picarona si no fuese epíteto un tanto profano; juntos nos hemos refugiado en un portalón, para que la lluvia no les desgracie el almidón de las tocas. Sor Teresa, otra monja del grupo, toma entonces la palabra: es la más bella de todas, con unos pómulos patricios y unas pestañas que conmueven el aire cuando parpadea; al contrario que Sor Faustina, mantiene la mirada clavada en su interlocutor, una mirada de un azul aún más puro que el aire que se respira en la cima del Terminillo. Presume de ser amiga de Sor Fernanda, la encargada de aprovisionar la despensa papal y también de servir su mesa: «Él quería a toda costa que le preparasen los platos típicos de la cocina polaca, incluso cuando los médicos le empezaron a recomendar una dieta más estricta. A veces se tropezaba con Sor Fernanda en los pasillos de su residencia, cuando ella regresaba de hacer la compra, y le pedía que le mostrara la cesta. Cuando se tropezaba con las viandas que le recomendaban los médicos, el Papa fruncía la boca con un mohín de desagrado».

Peregrinos supervivientes
Las veo marchar desde el portalón, tentado de acompañarlas en su paseo premioso, tentado de seguir reflejado en los ojos de Sor Teresa, que aún se vuelve para despedirse de mí, sosteniéndose la toca con unas manos ojivales. Sigo mi caminata hasta San Pedro, donde las hordas de turistas empiezan a causar estragos; en algunos descubro ese gesto ahíto y un poco soplapollas que se les queda a los lectores más crédulos de Dan Brown, tras digerir su hartazgo de paparruchas.

Entre los peregrinos supervivientes, descubro un grupo de kikos gaditanos que esta noche tomarán el autobús de regreso a casa: ni siquiera ellos, que son unos atletas del entusiasmo, logran sustraerse a una tristeza que ablanda sus facciones y desvencija sus andares y lastima su voz, erosionada de tantas vigilias; tendrán tiempo suficiente para reponerse antes de volver al tajo en Ámsterdam, donde el nuevo Papa se reunirá con la juventud, tomando el testigo de Juan Pablo II.

La lluvia ha empezado a remitir, cansada quizá de su propia monotonía; sobre el cielo del Vaticano, un lepanto de nubes entran en batalla y después se dispersan, como empujadas por una brújula que discrepa del norte. Me recuesto sobre el obelisco de la plaza y siento ganas, como los tigres de Villa Borghese, de lanzar un rugido lastimero, suplicando al cielo que me conceda el don de descifrar la escritura de Dios. Pero hoy el mundo es un borrón de tinta desleída que no acierto a leer. No estoy encabritado, ni siquiera intranquilo. Tan sólo triste, como si hubiese enviudado de repente.